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ENTREVISTA - JOAQUÍN ARAUJO

La voz (verde) de nuestra conciencia

Cuando nadie quería escuchar a los ecologistas, él ya predicaba sobre la mala salud del planeta. Ahora, el naturalista y escritor español advierte que necesitaremos una economía de guerra si queremos combatir la crisis climática.

ENTREVISTA - JOAQUÍN ARAUJO La voz (verde) de nuestra conciencia

Cuando nadie quería escuchar a los ecologistas, él ya predicaba sobre la mala salud del planeta. Ahora, el naturalista y escritor español advierte que necesitaremos una economía de guerra si queremos combatir la crisis climática.

Ixone Díaz Landaluce

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Sus manos han plantado más de 25.000 árboles. También han escrito 116 libros sobre naturaleza y centenares de poemas, artículos de divulgación y guiones de documentales. Además, siguen sembrando las tierras y dando de comer a los animales de su finca de 400 hectáreas en la comarca extremeña de Las Villuercas, donde vive desde hace casi medio siglo. Joaquín Araujo (Madrid, 1947), militante del movimiento medioambiental desde los años 70 y antiguo colaborador de Félix Rodríguez de la Fuente, no es solo un símbolo y un referente del ecologismo español, también es la voz de nuestra conciencia. Defensor a ultranza de la cultural rural y enemigo acérrimo de la energía nuclear, su incasable trabajo de divulgación y preservación de la naturaleza ha sido premiado por la ONU, pero también por la Fundación BBVA. Se expresa con la delicadeza del poeta y el rigor del científico y escucharle no es, simplemente, un placer. En estos tiempos de crisis climática, es prácticamente una obligación.

Es usted activista, poeta, filósofo, guionista… Pero, sobre todo, se considera un agricultor. ¿Por qué?

Prefiero la palabra campesino. Es mi forma de combatir la extraordinaria torpeza de esta civilización que vive de espaldas a lo que le permite vivir. El mundo en el que se toman todas las decisiones, desde las económicas a las culturales, no deja de ser subsidiario, prácticamente un parásito, del mundo de los agricultores y los ganaderos, al mismo tiempo que les condena a la indiferencia, cuando no al desprecio. Para mí es una reivindicación, una pancarta de protesta.

También se autodefine como “fundador de bosques”. ¿Por qué planta árboles?

Tengo que contestar casi con un poema. Planto árboles para que el verdor sea posible, para que respiremos la transparencia que fabrican, para que siga habiendo canciones en los bosques, para que sean viables los nietos de mis nietos… Planto árboles para que sea menos mortal la muerte. Para saber que detrás de ti has dejado miles de seres vivos que van a trabajar por el conjunto de la vida. Es una enorme satisfacción haber plantado un árbol por cada día que he vivido.

Nuestro modelo energético es un psicópata

Por cierto, ¿cómo descubrió su amor por la naturaleza?

Vengo de una familia de cinco o seis generaciones de militares. Eran gente de ciudad y de cuartel. Yo debo tener un gen escondido en lo más recóndito de mi ADN vinculado a la fascinación por la naturaleza. Porque la naturaleza fabrica belleza y la belleza fabrica arte. Desde niño me llamaba la atención el mundo de los agricultores y los ganaderos. De hecho, intenté fundar una comuna agraria, una locura que mezclaba ecologistas y hippies.

Dice que no hay mejor experiencia que estar solo en la naturaleza. ¿Qué le ha enseñado?

La soledad es una de las condiciones más hermosas de la vida, es una amante de extraordinariamente bella. Vivimos aturdidos por el discurso del ruido, que es fruto del exceso de compañía. Yo no soy ni un misántropo ni un antisocial, pero he pasado miles de días en completa soledad en mitad del campo. Y en ese momento, se pone a hablar el silencio, que es un gran filósofo, un gran maestro. Es una recarga absoluta de paz y sosiego. Porque el gran producto de la soledad es la calma y la libertad. Y nadie es del todo libre si no sabe estar solo.

Los ecologistas llevan 40 años hablando del cambio climático. ¿Estamos asistiendo por fin a un cambio de conciencia?

No cabe la menor duda. En la primera manifestación contra el cambio climático estábamos cien personas. Todos adultos. En septiembre, hubo más de 50.000 personas en las calles. Y el hecho de que el 80 por ciento fueran gente joven es esperanzador. Los jóvenes están empezando a ganarse su futuro y eso se hace protestando.

¿Y qué les dice a quienes durante décadas les han tachado de pesimistas, quejicas y cenizos?

Si fuéramos capaces de transmitir a la sociedad toda la información que nos proporciona la comunidad científica, se darían cuenta de que somos gente tranquila y moderada. Yo llevo 50 años trabajando en el mundo de la comunicación y el daño ambiental se ha disfrazado de tal forma, ha habido tanta autocensura, que el grado de protesta es una menudencia. A menudo, se nos dice que nuestro mensaje es utópico e inviable. Pero es todo lo contrario. Hemos demostrado mil veces que se puede vivir sin destruir.

Dice que uno de nuestros problemas es que somos demasiados y demasiado ignorantes…

Hace 50 años éramos la mitad y el mundo tenía el doble de vida. Ahora, el 97 por ciento de los mamíferos del planeta son humanos o ganado de los humanos. Solo el tres por ciento es vida salvaje que, por cierto, cumple funciones imprescindibles. Eso es ser demasiados. Si el común de los mortales tuviéramos al menos un poco de los grandes pensadores, como Emily Dickinson, podríamos ser muchos miles de millones más. Pero no tenemos ni la sensibilidad ni la sabiduría ni la decencia para no manejarnos por un apetito insaciable. La condición humana ha elegido la peor faceta de sí misma, porque podemos ser absolutamente codiciosos o absolutamente generosos. Somos demasiado ignorantes porque nos regimos por lo peor de nosotros mismos.

¿Estamos preparados para afrontar los cambios que requiere la emergencia climática?

Estamos poco preparados. Y nuestro narcisismo es una de las razones. Que estemos tan satisfechos de la condición humana, por el hecho de que hablamos, pensamos o recordamos, es de una ignorancia soberana. Todo eso viene del proceso evolutivo, emana de la historia de la vida. No nos percatamos de que somos agua que piensa. El 93 por ciento del cerebro es agua. Y el agua procede de una enorme cantidad de circunstancias fascinantes. Para que nosotros pensemos, el agua tiene que haber circulado durante millones de años. La inteligencia es pensar qué hace posible la inteligencia, de dónde procede. Y procede de la naturaleza. Por eso somos tan ignorantes, porque no sabemos ni si quiera de dónde venimos. Y por eso la destruimos.

¿Por qué dice que la inteligencia nos está apartando de la vida?

La inteligencia es la delicia y el tormento, ha inventado lo mejor, que es la compasión, y lo peor, la crueldad. Como decía don Miguel de Unamuno: “Hay que estar inteligentemente enamorado y amar racionalmente”. Buscar siempre lo práctico, lo eficaz, es una maldición. Igual que depender solo de lo emocional. El asunto es el empate.

¿Qué quiere decir con eso?

Vivimos en una sociedad en la que desde pequeñitos se nos enseña que lo importante es ganar, pero la vida funciona porque los ciclos, los elementos básicos, empatan entre sí. Pero el ser humano quiere prevalecer sobre todas las cosas. Para evitar esta catástrofe hay que empatar con el aire, con las aguas, con la arboleda, con otros animales, con la vida. Ese debería ser nuestro proyecto. Y también el proyecto político de los estados.

Si la política medioambiental estuviera en su mano, ¿cuál sería la primera medida que adoptaría?

El modelo energético es un psicópata. Un psicópata que asesina indiscriminadamente. Asesina a las primaveras y los otoños. Es lo primero que hay que cambiar. Deberían empeñarse en ese propósito gran parte de los recursos presupuestarios de los países.

Por cierto, ¿qué hacemos con las nucleares?

La energía nuclear es una de las grandes estupideces que ha cometido el ser humano: recurrir a la tecnología más peligrosa, a la posibilidad de la destrucción total. Que para conseguir una energía relativamente barata y limpia les dejemos a nuestros herederos un problema sin solución para los próximos 25.000 años es el acto más inmoral de la historia de la humanidad. Según los físicos nucleares, Chernobil no podía pasar. Tampoco ninguno de los otros accidentes que han ocurrido en el mundo. Desde un punto de vista ético, la energía nuclear debe desaparecer de la faz del mundo.

Le han tentado alguna vez para entrar en política, pero no se ha dejado convencer…

Después de la energía nuclear, la mayor estupidez que ha inventado el ser humano es el poder. Por cierto, ¿qué es eso de que los servidores de todos acaparen el 80 por ciento de la información, del comentario, de la creación de criterio? Otra inmoralidad. Los políticos ni si quiera deberían salir en los telediarios. Ser poderoso es lo más anti-humano que existe. La ética ecológica empieza por tenerle pavor a tu propio poder, por estar aterrado de lo que puedes llegar a hacer.

Defiende que necesitamos una economía de guerra contra esta crisis. ¿Qué quiere decir?

En todos los conflictos bélicos los recursos de los estados se vuelcan en tapar ese agujero. Se dedica más presupuesto, más creatividad y más inteligencia. Igual que durante la II Guerra Mundial las personas más inteligentes fueron empleadas para descifrar los códigos de comunicación del enemigo, ahora las mejores inteligencias deberían trabajar en buscar otro modelo energético y productivo. Una economía de guerra para buscar la paz con nosotros mismos, con la naturaleza.

La despoblación rural es otro problema acuciante. ¿Dónde está la solución?

Dos cosas sencillas. Primero, no hay nada más digno de respeto que el que te da de comer. ¿Qué es eso de que el signo de prosperidad de los tiempos es que haya pocas personas dedicadas a eso? Es moralmente devastador. Hay que devolverle la dignidad al sector primario. Y luego, ¿cómo es posible que el que nos da de comer reciba el 7 por ciento del precio de venta? ¿Eso se merece? Como mínimo, debería ser el 33 por ciento- Mucha gente podría vivir perfectamente, con dignidad y con respeto, si existiera justicia distributiva y se pagara correctamente un trabajo esencial. Así se acabaría con la despoblación y la España vaciada.

¿Cómo debería estudiarse el cambio climático en las escuelas?

La atmósfera es como la placenta de nuestra madre: nos alimenta y nos protege. Pero le estamos dando patadas. Sé que puede sonar duro, pero es el equivalente a que una madre inyecte venenos y contaminantes en su placenta. Por eso, la primera lección sería: el clima es una placenta, nos ampara de la radiación asesina de la energía solar. ¿Quién se acuerda de que respira 300 millones de veces al año? Eso que estamos arrasando es nuestro primer alimento y protección.

Siempre se despide deseando “atalantamientos”. ¿Qué significa atalantar?

Es la palabra más hermosa de nuestro diccionario. Suena como a campana de pueblo, ya solo por eso… Es polisémica, significa seis o siete cosas, pero la que más me gusta es la que define atalantar como cuidar. También es una palabra de pastor, una expresión de hospitalidad. Toda la crisis ambiental se resolvería si atalantáramos un poco más al planeta y a nosotros mismos. Si fuéramos hospitalarios con quien nos está hospedando. Eso es atalantar. Por eso, gracias y que la vida nos atalante.

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Este contenido ha sido desarrollado por Content Factory, la unidad de contenidos de marca de Vocento, con BBVA. En su elaboración no ha intervenido la redacción de este medio.