Nadie sabe bien cuánto ha defraudado. Entre 70 y 250 millones de dólares, dicen las estimaciones. Esta es la historia de Inigo Philbrick, un joven que hace diez años ascendió de forma meteórica entre los coleccionistas de arte para terminar estafándolos a lo grande. Acaban de detenerlo. Por Fernando Goitia / Fotos: Cordon Press y Getty Images 

La primera obra adquirida por Inigo Philbrick tiene un título premonitorio: ‘Cuando escucho la palabra ‘cultura’ saco mi chequera’. En concreto pagó más de 900.000 dólares por esta pieza de Barbara Kruger valorada en 350.000. Era una tarde de noviembre de 2011 en la sede neoyorquina de Christie’s, la célebre casa de subastas. Nadie allí conocía a aquel británico de 24 años, rojizo pelo rizado, barba incipiente, traje italiano y camisa con dos botones desabrochados. Él, sin embargo, estaba dispuesto a dejar huella.

Cada puja fue un directo a la mandíbula de sus rivales, veteranos curtidos en adquisiciones millonarias. A la de Kruger sumó dos obras de David Hammons, doblando el precio de salida; una escultura de Mona Hatoum, cuatro veces más cara que el martillazo inicial; y, sobre todo, Rhein II, de Andreas Gursky, por 4,3 millones, cantidad jamás desembolsada en una subasta por una fotografía.

Como una supernova, Philbrick irrumpió aquel día en el mundo del arte con un brillo que se mantuvo por una década. Hasta que desapareció, en octubre de 2019, y fue detenido por el FBI este 11 de junio en un remoto archipiélago del Pacífico. La prensa ya lo ha bautizado como el ‘mini Bernie Madoff del mercado del arte’, por el asesor de inversiones que defraudó más de 64.800 millones de dólares.

Inigo Philbrick, el Bernie Madoff del arte

La primera obra adquirida por Inigo Philbrick cono un título premonitorio: ‘Cuando escucho la palabra ‘cultura’ saco mi chequera’

Las cifras de Philbrick son más ‘modestas’, pero, como Madoff, condenado a cadena perpetua, su pequeño émulo se sirvió de «un esquema de Ponzi», asegura Judd Grossman, abogado de varios antiguos clientes de Philbrick. Es decir, vendía una obra más de una vez para obtener fondos con los que pagar otra. El esquema continuaba mientras las obras se apreciaran, pero cuando dejaron de hacerlo, todo se vino abajo.

El caso ha sacado a la luz el opaco funcionamiento del mercado del arte. El detenido creó un esquema Ponzi. Pero cuando las obras dejaron de apreciarse, se vino abajo

El caso ha sacado a la luz el modo en que funciona un mercado que crece a un ritmo anual que ronda los 70.000 millones de dólares. Philbrick, por ejemplo, adquiría obras mediante complejos acuerdos de financiamiento avalados por obras que no poseía y a través de asociaciones con entidades offshore y corporaciones fantasmas, cuyos fundadores buscaban grandes y rápidas ganancias.

Dicho de otro modo, en el mercado donde prosperó Philbrick el valor de la obra en sí misma es irrelevante; lo importante es lo que alguien está dispuesto a pagar por ella. A muchos inversores no les preocupa lo que compran, sino los fabulosos márgenes que, como quien lo hace con acciones, edificios o empresas, pueden obtener. Es más, ni siquiera llegan a ver su propiedad. Confían en personas como Philbrick, individuos que saben qué artistas despuntan -ellos mismos los lanzan al estrellato-, dónde están las obras, quién quiere comprar y quién quiere vender. Para esto último, recurren a la infalible regla de las tres D: death, debt or divorce (muerte, deuda o divorcio). En resumen, son ellos quienes dictan hoy tendencias y establecen gustos en este mundo ultrasecreto y opaco donde los registros de propiedad y los organismos reguladores brillan por su ausencia.

El club de los estafadores

De hecho, Philbrick es solo el último estafador cazado de una lista que incluye al francés Michel Cohen, desaparecido en 2000 tras defraudar 55 millones de dólares; al norteamericano Ezra Chowaiki, sentenciado a 18 meses y a devolver 16,6 millones y más de 20 cuadros de Picasso, Degas, Chagall…; a su compatriota Larry Salander, que robó 120 millones a más de 30 distribuidores, coleccionistas e inversores; al británico Timothy Sammons, condenado a cuatro años de cárcel por una estafa de 30 millones… Y sigue.

Pero centrémonos en Philbrick. De él se puede decir que lo hizo todo por amor al arte… O algo parecido. Su padre, Harry Philbrick, dirigió museos de primer nivel en Connecticut, Pensilvania y Philadelphia. Su madre, Jane Philbrick, crea instalaciones y esculturas a gran escala con ultrasonidos o levitación magnética combinando ingeniería, arquitectura, música, finanzas, moda y performance. No es extraño que enviaran a su hijo a la Escuela de Arte Goldsmiths, plataforma de iconos británicos como Damien Hirst, Lucian Freud, Bridget Riley o el cineasta Steve McQueen. Más que crear arte, sin embargo, aspiraba a hacerse rico con él.

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Philbrick fue amigo íntimo de Kenny Schachter, influyente columnista en ‘Artnet’. Con sus críticas favorables, impulsó la carrera de su amigo, iban a subastas juntos, de vacaciones, hacían negocios… Asegura ahora que seguir los consejos de Philbrick le hizo perder 1,7 millones de dólares.

Recién graduado, en 2010, se convirtió en becario de la galería White Cube, de Jay Jopling, nombre capital del arte contemporáneo entre cuyos protegidos figuran el propio Hirst, Tracey Emin o Antony Gormley. Y ahí estaba Philbrick, con 23 años, convertido pronto en jefe de ventas de la galería más importante de Londres en el mercado secundario, el que se encarga de la compra y venta de obras de segunda mano’ (el primario, vende directamente del artista).

Comenzó explorando las lucrativas posibilidades de las subastas. Como mano derecha de Jopling, entró al selecto grupo con licencia para pujar en lugares como Christie’s, Sotheby’s o Philips. Joven y desconocido en un sector donde la veteranía es un grado, golpeó fuerte, impulsando el valor de determinados artistas. Compró, por ejemplo, una pintura valorada en 150.000 dólares por 509.000, estableció así un récord de ese artista y, meses después, le organizó una exitosa exposición en la galería de Jopling. Estrategia que pronto le llevó a codearse con celebridades en restaurantes como el C London, viajar en avión privado o lucir relojes de 60.000 dólares y ordenar vinos de precios desorbitados entre los coleccionistas que frecuentan el hotel Three Kings de Basilea durante su prestigiosa feria de arte.

Pero el problema, como dicen, no es llegar, sino mantenerse. Para ello abrió su propia galería en el exclusivo distrito londinense de Mayfair, donde todos sabían que contaba con el respaldo de Jopling. Desde allí impulsó a artistas de vanguardia cuyo valor comercial multiplicó rápidamente. Su influencia y su cartera de contactos y clientes se disparó. Para conseguirlo, comenzó por proporcionarles beneficios rápidos y pagarles sin demoras, cimentando así una buena reputación. Por eso, durante años, los principales agentes aplaudieron sus tácticas agresivas. Sus colegas lo describen hoy como intenso y arrogante, pero con buen ojo, brillante y sofisticado, que recitaba datos de memoria. El cebo perfecto para atraer a peces cada vez más gordos… O con ganas de engordar.

Inigo Philbrick, el Bernie Madoff del arte que timó a las coleccionistas 1

‘Fool’, obra de Christopher Wool, uno de los artistas cuya obra manejó.

La mayoría de sus clientes eran inversionistas’ (especuladores, para los no iniciados) en busca de obras que comprar para, sin tomar siquiera posesión de ellas, venderlas y obtener jugosas ganancias. Philbrick compartía parte del riesgo y los beneficios con sus socios, quienes, muchas veces, adquirían solo una parte de la pieza. Él prometía márgenes elevados y en cada contrato se especificaba el precio de adquisición y el que aspiraban a alcanzar. Mientras tanto, él guardaba las obras.

Su ascenso se tradujo, en 2018, en la apertura en Miami de su segunda galería en un local de 30.000 dólares al mes. Inauguró a lo grande, coincidiendo con la feria Art Basel y de la mano de Yayoi Kusama, artista japonesa de 91 años célebre por sus psicodélicas instalaciones inmersivas. Las colas dieron la vuelta a la manzana. Bajo las apariencias, sin embargo, el tinglado comenzaba a desmoronarse.

Su fórmula de vender fracciones de obras exigía a menudo disponer de efectivo. Comenzó a pedir prestado y, finalmente, desapareció. Lo han cazado en Australia

La demanda por sus artistas flaqueaba y el Brexit hundía la libra. Su fórmula de vender fracciones de obras exigía a menudo disponer de efectivo, pero los clientes ya no querían adelantarle grandes sumas. Comenzó a pedir préstamos usando obras que no eran suyas como garantía y, de pronto, sus deudas rondaban los 20 millones. La galería en Miami debió ser, de algún modo, una huida hacia adelante.

Inigo Philbrick, el Bernie Madoff del arte que timó a las coleccionistas

Inigo Philbrick y su ex Francisca Mancini, experta en arte a la que dejó al poco de nacer su única hija. Tras su ruptura, comenzó el declive de Philbrick.

Philbrick, cuentan quienes lo tuvieron cerca, se volvió descuidado. La bebida se convirtió en problema y, poco después de que naciera su hija, dejó a su pareja por una estrella de la televisión británica, Victoria Baker-Harber. Decidió, además, probar nuevos caminos, apostando por valores más consolidados. Basquiat, por ejemplo, por una de cuyas obras se acababan de pagar 110,5 millones, o la propia Kusama, que batía récords personales cada vez que una pieza suya asomaba a una subasta. En los enredos finales que brotaron con su huida, hay manejos con obras de ambos artistas de por medio.

Su última carta fue, sin embargo, Rudolf Stingel. En 2016 adquirió una obra del artista italiano -un retrato de Picasso pintado a partir de una fotografía- para la firma alemana Fine Art Partners (FAP) por 7,1 millones. La empresa y el marchante eran socios habituales. Él identificaba obras infravaloradas, las compraba en nombre de FAP, que ponía la mayor parte del dinero, buscaba cómo ‘colocarlas’ (el término propio de los mercaderes del arte) y se repartían las ganancias. Suculentas, mayormente.

El último cartucho

Philbrick llevaba dos años buscando en vano un comprador para el Stingel. En 2017, una obra suya alcanzó los 10,5 millones y el marchante confiaba en que, con la valoración en alza y una inminente retrospectiva en la Fondation Beyeler, en Suiza, la pintura pudiera venderse por 14 millones. En la subasta correspondiente, apenas alcanzó los 5,5.

La demanda por estafa de FAP fue como abrir la espita del gas. Otros dos socios reclamaron la propiedad de esa misma obra y el esquema se repitió con más piezas vendidas a varias personas a un mismo tiempo o por fracciones que juntas sumaban más del 100 por ciento. Se le reclamaban, además, una deuda millonaria y obras y dinero retenidos a clientes.

No está claro si lo tenía todo planeado o, más bien, se dejó llevar por la codicia a medida que crecían sus ganancias. Sus movimientos fueron cada vez más osados y sus apuestas cada vez más elevadas. Hasta que su fórmula de promover a artistas de vanguardia tocó techo. Los precios por sus obras se estancaron. Y esa fue su perdición.

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Philbrick dejó a su pareja por Victoria Baker-Harber, estrella de la televisión británica. En 2018, se mudaron juntos a Miami, donde él abrió una galería y ella una ’boutique’. Cuando todo se destapó, poco después, huyeron juntos a Australia. Allí se separaron.

En septiembre de 2019, el cerco judicial se hizo asfixiante, sus abogados lo abandonaron -«por incumplir sus obligaciones como cliente»- y en octubre desapareció. Entre sus colegas corrieron rumores: que si tenía problemas con oligarcas rusos, que si la mafia, que si los saudíes… Baker-Harber aseguró a una revista que ella y y su exnovio volaron a Australia, donde tiene familia, para separar luego sus caminos. Según el FBI, Philbrick llevaba en Vanuatu desde finales de octubre. Allí lo cazaron sus agentes de la Brigada Contra el Crimen en el Arte para trasladarlo después a Nueva York. Hoy espera juicio, pero los investigadores siguen desenmarañando su red de mentiras para que, a pesar de sus 33 años, no retome nunca su vida entre la jet set. Tendrá tiempo de revisarla a fondo y, quizá, escribir una novela o un guión, entre los muros de una prisión federal.

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