Gracias a sus animales conservados en formol y sus pinturas de círculos de colores producidas en serie, Damien Hirst se convirtió en el artista más rico y famoso de su generación. Pocos han tenido tan claro como él cómo funciona el negocio del arte. Él mismo nos lo explica en seis claves. Con el descaro que acostumbra. Por Mick Brown / Foto: Philip Sindon

Hace unas semanas, Damien Hirst estaba sentado en la galería artística londinense de la que es propietario, preguntándose cómo había llegado a ser dueño de tres mil obras de arte y qué demonios iba a hacer con ellas.

«Tengo una personalidad adicta -explica-. Hubo un momento en que me di cuenta de que estaba ganando mucho dinero y de que, si no me andaba con ojo, era muy capaz de fundirme toda esa pasta apostando en los casinos. Tomé la decisión de dejarme llevar por adicciones más constructivas. La compra de obras de arte, por ejemplo».

Hoy Damien Hirst es dueño de la, seguramente, mayor colección artística privada de Gran Bretaña. Muchas de sus obras se exponen en su propia galería, la Newport Street Gallery, inaugurada en 2015, donde tiene lugar la entrevista. Hirst, de 54 años, hace gala de un encanto algo áspero y rebosa de energía.

Damien Hirst: "Yo no fui detrás del dinero, el dinero vino detrás de mí" 4

Hirst posa delante de una de sus obras en el Yorkshire Sculpture Park, una galería al aire libre en West Bretton (Inglaterra)

Cada vez que se habla de Damien Hirst -de sus tiburones, mariposas, topos de colores, de su faceta de showman descarado y efervescente-, es casi obligatorio hablar de dinero. Ningún otro artista ha revitalizado tanto el viejo debate sobre qué es el arte. La respuesta de Hirst a la inevitable pregunta «¿y esto es arte?» siempre ha sido jocosa: «Pues claro. Por algo está en una galería, ¿no?».

Hirst ya hacía la misma ‘broma’ cuando era niño. «Me acuerdo de las clases en el colegio; nos daban pinturas y papel… Yo metía los dedos en los frascos y lo ponía todo perdido de manchurrones. Me preguntaban: ‘¿Y eso qué es?’. Mi respuesta: ‘Arte moderno a tope’. Y nos hinchábamos a reír. Ya empezaba a tomarme el arte contemporáneo a cachondeo».

I. QUE MATAR MOSCAS RESULTE UNA GENIALIDAD

Hirst vivía de niño en Headingley, un barrio obrero de Leeds. Nunca llegó a conocer a su padre. Su madre, Mary, volvió a casarse cuando Damien tenía dos años; se divorció una década más tarde. Luego se mudaron a una casa con jardín en Roundhay, vecindario algo más ‘aparente’, pero que, según él, era un barrio peor. A los 12 años, Hirst esnifaba pegamento y se iniciaba en la pequeña delincuencia. Al acabar el bachillerato, se marchó a vivir a Londres, donde trabajó en la construcción durante un par de años. Pero el arte siempre estuvo ahí.

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La obra que lo dio a conocer en 1992. Se titula ‘La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo’ y se vendió por 50.000 libras. En 2004, un especulador financiero pagó 9,5 millones de euros por él.

Estudió en Goldsmiths, una escuela artística, y en 1988 montó una exposición en un almacén abandonado. Una escultura hecha con cajas de cartón y dos murales con puntos en la pared llamaron la atención del magnate de la publicidad Charles Saatchi, que se ofreció a patrocinar las siguientes obras de Hirst. El resultado fue el famoso tiburón conservado en formol, expuesto en 1992 en la Galería Saatchi, y Mil años, una cámara acristalada dividida en dos: en la primera había una cabeza de una vaca en putrefacción, con unas moscas pegándose el festín y reproduciéndose sin cesar; en la segunda, las moscas fenecían por obra de un matainsectos eléctrico.

“Si unas personas ‘forradas’ de dinero quieren comprar tu obra, hay que vender al máximo que estén dispuestas a pagar. Mejor un millón que 950.000. Lo entendí enseguida”

«Me sentí angustiado al ver morir las primeras moscas. Había algo doloroso en el espectáculo, pero a la vez tenía cierta belleza indefinible». Damien sigue pensando que es la mejor de sus obras.

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Un millón de libras pagó Saatchi por ‘Himno’. Es la primera obra que lo convierte en referente, no solo por su valor artístico, sino por su precio de venta.

Poco después «Frank Dunphy, por entonces mi agente, me dijo un día: ‘Saatchi quiere comprar Himno. Le he dicho que cuesta un millón’. ¡Un millón de libras! No podía creerlo… Frank me explicó: ‘Los hermanos Saatchi ofrecen 950.000 libras; he respondido que no’. Me puse hecho una furia. ‘Vamos a ver, Frank. ¿Cómo puedes decir que no a una oferta de 950.000?’. Frank dijo: ‘Es cuestión de principios. Nos interesa ser los primeros en vender una obra por un millón’. La cabeza me daba vueltas, pero Frank lo tenía claro: ‘Si dos personas ‘forradas’ de dinero quieren comprar una de tus obras, hay que vender por el máximo que estén dispuestas a pagar’. Lo entendí enseguida. Así de simple. Vendió la escultura por un millón, y con el tiempo encontré normal que me pagaran semejantes fortunas».

II. FABRICAR EN SERIE PARA VENDER COMO CHURROS

Artista con una imaginación fértil y de prolífica producción, Damien Hirst fue uno de los que mayor provecho sacó al creciente interés global en el arte contemporáneo entre 1980 y 2000.

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Su estudio ha producido 1473 pinturas con topos. Hirst pintó personal-mente solo una treintena; el resto fue producido por sus colaboradores. Su precio fluctúa mucho, pero se venden por más de un millón de dólares la unidad.

Su serie de pinturas con topos quizá no fue concebida como una máquina de hacer dinero, pero en eso se convirtió con el paso del tiempo. Su estudio ha producido 1473 cuadros de este tipo hasta la fecha. «Me embarqué en un montón de series distintas, interminables. Y cuando se produjo el boom, me encontré en una situación inmejorable, con el producto perfecto con el que hacerme rico. De la noche a la mañana estaba vendiendo cuadros como churros. Pero nunca fui detrás del dinero; el dinero vino detrás de mí. Mucho dinero, desde luego».

III. QUE HABLEN DE TI, AUNQUE SEA BIEN

Hirst cuenta que el éxito es una espada de doble filo. «Había días en que ya ni sabía quién era yo. La gente que me rodeaba era incapaz de entenderlo. Y terminas por alejarte de muchas personas. Lo siguiente que pasa es que haces nuevos amigos… Ni te das cuenta, y de repente has perdido a los colegas de toda la vida y tan solo te relacionas con gente famosa. Se supone que las cosas no pueden ir mejor. No puedes quejarte, pero te dejas llevar, andas sin rumbo, sobre todo cuando empiezas a beber y a drogarte».

Durante su época de estudiante, el artista al que veneraba era Francis Bacon. Hoy tiene cuatro cuadros de Bacon; entre ellos, Figuras al pie de la crucifixión. «Lo tengo en una pared de mi casa y sigo flipando al mirarlo».

“Tenía resacones que duraban cinco días. No era forma de vivir. Pero, la verdad sea dicha, no me arrepiento de nada”

Recién llegado a Londres, Hirst solía ver a Bacon deambulando por el Soho. Demasiado tímido, nunca osó acercarse a saludar al maestro. Con el tiempo se hizo buen amigo del mejor amigo de Bacon, John Edwards, quien lo heredó todo tras la muerte del genio, en 1992. Consumían alcohol y drogas juntos, siguiendo los pasos de Bacon.

«Cuando me invitaban a una inauguración, lo mismo podía presentarme trajeado e impecable que borracho y tambaleante. Me di cuenta de que el ir de un extremo al otro facilitaba que la gente siempre estuviera hablando de mí, lo que nunca venía mal: hacía que mi nombre saliera en los periódicos».

Dejó el alcohol y las drogas en 2006. ¿Echa de menos aquella época? «No, ya no. Me lo pasé en grande durante veinte años, pero el organismo acaba por resentirse. Al final tenía unos resacones que me duraban cinco días seguidos; estaba hecho polvo, y tan solo la bebida conseguía sacarme de aquellos pozos negros. No era forma de vivir. Pero, la verdad sea dicha, no me arrepiento de nada».

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Durante 20 años, Hirst convivió con la diseñadora Maia Norman (izda.), con la que tiene tres hijos. Se separaron en 2012, y en los dos últimos años ha estado saliendo con Sophie Cannell, una bailarina de 25 años

Hirst tiene mucha gracia al rememorar sus días de desfase. Hace una pausa. «A veces me entran escalofríos al pensar en la persona que yo era entonces».

IV. SER TEMERARIO Y ‘REVENTAR’ EL MERCADO

En los años inmediatamente anteriores y posteriores al cambio de milenio, Hirst se convirtió en el barómetro humano del mercado de arte contemporáneo. Se atenía al modelo convencional de negocio y vendía sus nuevas obras a través de dos galerías: White Cube y Gagosian. Entre las galerías y las casas de subastas existía un pacto no escrito: los subastadores se comprometían a no trastocar los precios de mercado evitando sacar a subasta obras con menos de cinco años de antigüedad. En 2008, Hirst lo puso todo patas arriba al prescindir de las galerías y enviar 223 nuevas obras para su subasta directa en Sotheby’s. La venta, que se saldó con unos beneficios para Hirst estimados en 105 millones de euros, tuvo lugar el 15 de septiembre, el día que el banco estadounidense Lehman Brothers se declaró en quiebra, marcando el comienzo de la crisis financiera. «Fue una temeridad por mi parte -admite el artista-. La organización de la subasta nos llevó casi un año, y el mercado no cesaba de fluctuar. Tenía pesadillas en las que los lotes con mis obras no encontraban pujadores. Pero al final se vendió todo. Tuve muchísima suerte». Y reconoce: «Si la subasta se hubiera celebrado un día o dos después, la habría jodido».

“Quieres hacer algo relevante, pero das palos de ciego. Solo sabes que es arte relevante si la gente se fija en ello”

«Damien es un fuera de serie, un personaje singular que cree que las normas están para saltárselas. Como artista, siempre ha tenido claro la relación entre su obra y la vertiente comercial del arte», asegura Oliver Barker, presidente de Sotheby’s Europe, el organizador de la venta en 2008. «Los periodistas dijeron que suponía un cambio sísmico, que las galerías de arte iban a ser cosa del pasado. No acertaron porque no había otros artistas tan bien situados como Damien para hacer una cosa así». La subasta supuso el momento álgido de la cotización de Hirst, pero los precios de sus obras no han bajado. Su exposición Tesoros del naufragio del Increíble, montada en Venecia en 2017, fue vilipendiada por la crítica, pero generó 330 millones de dólares en ventas.

V. CONVERTIRSE EN PREGUNTA DE CONCURSO

Pregunto al interesado si le deprime verse tan evaluado, no por los méritos de sus obras, sino por sus precios. «Todo eso da lo mismo. Un día me convertí en el artista más caro del mundo, pero unas semanas después pasó a ser Jeff Koons, y luego David Hockney, y ahora vuelve a ser Koons. No significa nada».

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En 2007, su obra ‘Canción de cuna de primavera’, una vitrina con pastillas de farmacia, se vendió por 19,1 millones de dólares. La más cara hasta ese momento.

Lo piensa un momento. «Prefiero otras cosas: ver que mi nombre aparece en un crucigrama del periódico, por ejemplo. O que en un concurso de la tele pregunten por alguna de mis obras. La primera vez que vi que me había convertido en una pregunta de concurso, me sentí muy contento; comprendí que ahora formaba parte de la conciencia de la opinión pública».

«Diría que el miedo es el miedo a ser ignorado. Lo que quieres es ser relevante… o crear arte relevante. Pero das palos de ciego. Tan solo cuentas con tu intuición, no sabes si lo que estás haciendo es relevante o no. Pero cuanta más gente se fija en lo que haces, más probabilidades tienes de ser relevante».

VI. Y REHABILITARSE A TIEMPO

En los últimos tiempos ha vuelto a dedicarse a la pintura. El año pasado expuso una serie de 24 «pinturas con velo», unos cuadros de estilo cercano al puntillismo. Todos se vendieron. Hoy está trabajando en una nueva serie de 85 cuadros «de flores», pintados por él mismo, subraya. «Aunque a veces pido a alguien que me eche una mano, para acelerar un poco la cosa».

“Ser el artista más caro no significa nada. Prefiero ver mi nombre en el crucigrama del periódico”

Quedan muy atrás las cabezas de vaca en putrefacción y los tiburones en formol. ¿El reflejo de que su vida ahora es más serena? Se encoge de hombros. «Supongo. Pero me sigue gustando la compañía de los demás; no suelo pasar mucho tiempo solo. Tengo amigos que han caído en la depresión, a los que no había manera de sacar de ahí. ¡Y mira que lo intentaba! Yo vengo del norte de Inglaterra, y los del norte estamos hechos de otra pasta. La vida es más que interesante, ¡es una puta maravilla! Y en mi obra he puesto muchísima vida».

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