Charlamos con la escultora vasca sobre los símbolos de sus obra, su visión del mercado artístico o los recortes en política cultura, cuando está a punto de inaugurarse la más importante retrospectiva de su obra en el Museo Nacional Reina Sofía. Por Elena Castelló/ Fotos Antón Goiri

Cristina Iglesias (San Sebastián, 1956) habla con precaución, a veces entre largos silencios. Como si se escondiera entre las frases, tratando de no desvelar nada que perjudique su secreto de artista o su intimidad. Los resguarda como la entrada al estudio de su casa madrileña, rodeada de bambús y escoltada por cuatro esculturas de Juan Muñoz, su marido, fallecido repentinamente en 2001. Decenas de maquetas de su inminente exposición en el Museo Nacional Reina Sofía de Madrid, que se inaugura el 5 de febrero, se vislumbran en la penumbra cuando cruzamos el umbral de la planta baja.

La niña Cristina Iglesias era una lectora compulsiva a la que, además, le encantaba el cine. En segundo de carrera abandonó Químicas, los mismos estudios que había hecho su padre, y se marchó a Barcelona a estudiar cerámica y dibujo. Corría el año 1977. Luego voló a Londres, donde se matriculó en la Chelsea School of Arts. Allí se le abrió el mundo del arte internacional, una generación volcada en la escultura que la fascinó, y conoció al escultor madrileño Juan Muñoz, que se convertiría en su marido y padre de sus dos hijos, Lucía y Diego, hoy dos jóvenes que estudian cine e Ingeniería en los Estados Unidos.

La retrospectiva del Museo Nacional Reina Sofía de Madrid es la mayor que se le ha dedicado hasta la fecha. Cincuenta piezas elaboradas para el ámbito privado y para el público recorren el trabajo de tres décadas. Coincide con la inauguración de dos piezas construidas en Toledo, la Torre del Agua y una intervención en el convento de Santa Clara, que forman parte de la celebración del Año del Greco, que se inaugura oficialmente en abril de 2014. Además, la esperan varias exposiciones en Miami, Londres o Berlín o un proyecto para el nuevo Centro Botín de Arte de Santander.

XLSemanal. ¿Tiene la sensación quizá de que en España se la conoce poco?

Cristina Iglesias. De hecho hay gente que cree que he estado fuera de España prácticamente todos estos años y que entre finales de los ochenta y finales de los noventa no he hecho casi nada. Pero Juan [Muñoz] y yo hemos vivido siempre aquí y seguíamos trabajando. Es cierto que mi carrera es más internacional. Pero no, no me quejo.

XL. Con el tiempo ¿siente un artista una mayor responsabilidad?

C.I. Puede ser. Pero yo siempre la he sentido. Cuando trabajo en una intervención en el espacio público, la siento porque quiero hacer una obra que el ciudadano sienta suya, que no lo incomode, y a la vez que sea significativa. Lo mejor es que ese espectador piense que esa obra ha estado siempre ahí y que incluso pueda tener una relación activa con ella, como puede pasar con las puertas del Prado en Madrid. En este tipo de obras debes tener en cuenta muchísimas cosas. la seguridad, por dónde se acerca la gente Lo cual hace que sean obras, en cierto modo, limitadas. Pero esas limitaciones mismas son las que te provocan cosas interesantes.

XL. Comentaba que le inquieta que este momento tan fecundo de su carrera le dé una visibilidad excesiva

C.I. Son momentos difíciles y hay que considerar a los que no tienen. La cuestión es que voy a tener visibilidad, y la clave es ver cómo la manejo. Se debe tener en cuenta no gastar demasiado, gastar lo que es justo, procurar que el dinero privado también aporte a los lugares públicos

XL. ¿Qué salida le ve a la política de recortes en la cultura?

C.I. La única salida es hacer un buen trabajo, hacer cosas buenas. Hay que poner el listón muy alto y, en la medida en que se pueda, apoyar desde el Estado. Creo que se debe hacer un esfuerzo. Es difícil hablar de estas cosas en un momento en el que hay un paro bestial y gente que no tiene para comer. Se ha de buscar un equilibrio.

XL. ¿Es quizá el momento de desarrollar el mecenazgo?, ¿de que las empresas se impliquen más en proyectos?

C. I. Sí, es que no queda otra. Las empresas deben ayudar y entender que van a obtener un beneficio y se las va a mirar con mejores ojos. Y creo que tiene que haber una reducción de impuestos por parte del Estado para este mecenazgo. No para dar, sin más, sino para dar en el momento oportuno y en lo que es justo. Es un momento de cambio absoluto, una nueva era, y tenemos que aprender a trabajar así.

XL. ¿Cómo nace la vocación de ser escultor?

C.I. Yo nunca pensé quiero ser escultora , sino que me interesaban las ciencias, la arquitectura, el arte, la pintura Pero no me resultaban suficientes. A la escultura me acerqué de una manera muy natural, porque vengo de San Sebastián y allí tenía un peso y una presencia.

XL. Abandonó la carrera de Ciencias Químicas para irse a estudiar cerámica a Barcelona

C.I. Lo que yo buscaba era hacer algo en un terreno en el que pudiese fabricar un lenguaje, y no sabía todavía cuál iba a ser. A mí me interesa la escultura porque tiene una presencia física y produce una experiencia que despierta los sentidos y te cambia en ese instante en el que estás ahí. Solo el hecho de que una pieza te haga pararte y quedarte ahí un rato, y te des cuenta de que te ha cambiado el ritmo Hacer algo que te sorprenda, o que te corte la respiración, o que te la agite.

XL. Todos sus hermanos eligieron profesiones artísticas. ¿Cómo era el ambiente familiar?

C.I. Compartíamos lecturas, música, hablábamos durante horas Y luego, a lo largo del tiempo, hemos seguido manteniendo un diálogo rico entre nosotros.

XL. ¿Sus padres no se asustaron cuando les anunció que dejaba su carrera?

C.I. No fue fácil, pero mi padre no se sorprendió. Ya se imaginaba que iba a hacer algo así, y estaba preparado. De hecho, él ha sido muy creativo en el mundtífico y siempre defendió el buscar tu lugar. Para mí, eso ha sido una máxima. Mis padres eran personas sensibles e inteligentes y se daban cuenta de que lo que hacíamos cada uno de nosotros era serio, que no era un capricho.

XL. Luego se marchó a Londres.

C.I. Fue una época fascinante, el ser extranjera, tener esa distancia que me daba la lengua al principio, ya que yo hablaba mejor alemán que inglés. Lo añoro porque compartí un tiempo importante con mi hermano pequeño, Pepe Lu, que murió y el cual estudió cine conmigo en Londres. Y conocí allí al que luego fue mi marido, Juan [Muñoz] Sobre todo fue un encuentro con una generación de artistas en un momento de gran atención al nuevo lenguaje de la escultura.

XL. ¿Cómo es la relación de pareja cuando dos personas se dedican a esa creatividad tan intensa?

C.I. Me imagino que será como la de [los pintores] Jaspers Johns y Rauschenberg. Dos creadores que están juntos y son amigos y conversan, y comparten todo, y eso te conforma como persona y como artista. Fue muy rico.

XL. ¿Le preocupó en algún momento que pesara la figura de Juan Muñoz en la suya, el hecho de ser ‘la viuda de’?

C.I. Pues no, me ha cogido trabajando, como decía aquel [risas]. Simplemente.

XL. Pero hay mucha gente que se acerca a usted para conocer las claves de su trabajo.

C.I. Sí, pero eso es otra cosa. Es que yo también soy la viuda de Juan Muñoz, y no te voy a decir que me encanta porque me gustaría que siguiese vivo, y seguro que hubiese seguido haciendo un arte interesantísimo. Y desde luego ayudo y colaboro para difundir su trabajo, que es inmenso.

XL. Usted siempre ha tratado de que no la clasificaran en un movimiento o en una generación, pero forma parte de esa explosión artística que hubo en España a principios de los ochenta, los primeros años de Arco

C.I. Claro que sí, pero eso es distinto a decir que te ves englobado en un ‘-ismo’ o una generación concreta. Es una pena que de ese momento hayan quedado solo individualidades. Recuerdo ese sentido festivo de aquellos momentos. Fue una explosión, y también el Estado ayudó mucho en algunas manifestaciones como las documentas o las bienales o en exposiciones que fueron muy importantes, históricas. Fue un momento hiperactivo. Además, en la plástica, o en la arquitectura, empezaron a disolverse algunas fronteras, y fue muy enriquecedor.

XL. ¿Cómo ve ahora el mundo del arte?

C.I. Están pasando muchas cosas y algunas no tan buenas, aunque que te enseñan mucho. Antes había más distancia entre el creador y los mercados y ahora eso se ha contaminado, pero también se ha contaminado de inteligencia. Está habiendo una criba, la gente no compra tan alegremente. Es un momento mucho más austero, pero eso provoca que haya mucha gente pensando en nuevas maneras de expresarse sin hacer gastos que antes eran excesivos. Yo soy muy optimista. Bueno, más que optimista, soy constructiva.

XL. ¿No cree que el arte moderno es complicado porque para entenderlo a menudo es necesaria una explicación previa?

C.I. En las mejores piezas, no; absolutamente no. Hay un espectador culto y otro que no lo es, pero como creadora yo construyo pensando tanto en el espectador entrenado como en uno que está despistado y lo enganchas. Pero, además de la educación, es importante querer ver. Hay gente que entra en los sitios y no quiere ver nada.

XL. ¿Cuáles diría que son sus referentes, sus maestros?

C.I. Uf, es que mis referencias son múltiples. No te podría dar una lista de todas. No me coloco al lado de nadie; si acaso, al lado de un cineasta o de un pintor. Me interesan las obras buenas, los autores buenos. No creo que pertenezca a una escuela determinada, no estoy libre de influencias, pero no sé quién quiero ser.

XL. ¿Tiene algún significado en su obra el hecho de ser mujer escultora? ¿Hay algún lenguaje femenino en ella?

C.I. Soy quien soy, claro, porque soy mujer. Seguramente hay un lenguaje femenino en el trabajo que realizo y, de hecho, alguna gente piensa así, pero nunca ha sido intencionado. Solo intento ser yo misma.

XL. ¿Cómo imagina el futuro como artista?

C.I. Primero, ojalá lo pueda vivir, estar aquí con mis hijos. Yo creo que vienen años de esfuerzo, pero también muy dinámicos, de un mundo nuevo, y estoy muy motivada para ser parte de él y para construir en él.

Privadísimo. Decidió estudiar ciencias porque le parecían más serias que el arte. Dejó la carrera de Químicas después de dos años. Todos sus hermanos se dedican a actividades artísticas; entre ellos el compositor Alberto Iglesias. De pequeña era una gran lectora y le encantaba el cine, sobre todo el del director Andrei Tarkovsky.