Siete meses después del secuestro de 276 estudiantes en Nigeria por los yihadistas de Boko Haram, el puñado de chicas que lograron huir contaron por primera vez su historia. Un testimonio estremecedor que no podrá dejar de leer. Por Sara Topol

Ese lunes de abril, en el instituto público de secundaria Chibok, estaba resultando tan tranquilo como tórrido. Cuarenta grados, el día más caluroso del año. El instituto, a pocos kilómetros del centro de Chibok, es un conjunto de edificios aislados: aulas, dependencias para el profesorado y dormitorios.

La mayoría de las chicas proceden de Whuntaku, una de las barriadas de Chibok, población enclavada en el noreste de Nigeria de la que nadie había oído hablar antes del ‘incidente’. Hace unos años, el instituto femenino fue declarado mixto. Desde entonces, centenares de alumnos varones de la ciudad asistían a clase durante el día. Las chicas, en cambio, se quedaban a dormir en el centro. Las clases llevaban un mes suspendidas por las amenazas del grupo islamista Boko Haram, cuyo nombre viene a significar “la educación occidental es pecaminosa”. El instituto tan solo había sido abierto para que las alumnas de último curso realizaran sus exámenes de ingreso en la universidad. Esa noche había 300 muchachas.

En Chibok no había una sola joven que oyera hablar de Boko Haram sin sentirse aterrada. Raptaban a las adolescentes y las obligaban a casarse, a cocinar y a cuidar de sus campamentos. Si una de las muchachas capturadas tenía un hijo de un guerrillero de Boko Haram -cosa frecuente-, los del grupo la obligaban a cocinar a su propio bebé y a mirar cómo los combatientes se lo comían.

Las jóvenes viven aterradas por Boko Haram. Si se quedan embarazadas tras violarlas, las obligan a cocinar a su propio bebé

Las estudiantes estaban muertas de miedo. Las falsas alarmas eran habituales. Ese mismo lunes, cuando una de las alumnas vio que el subdirector recogía un papel del suelo en el que se avisaba de la llegada de Boko Haram, las chicas empezaron a cuchichear. La administración llamó a las alumnas. Se trataba de una broma -dijeron-, de una broma de mal gusto. Boko Haram no iba a venir; pero los exámenes sí que estaban al caer. Lo que tenían que hacer era mantener la calma y seguir estudiando.

14.00 HORAS. EL AÑO CRUCIAL DE ENDURANCE Y MARY.

Para Endurance era su primer año en el instituto. Ella ya había tenido un encuentro con los hombres de Boko Haram. Irrumpieron en su anterior colegio. Obligaron a las muchachas a tumbarse en el suelo. Endurance no recordaba cuánto tiempo estuvo con los ojos cerrados; pero tenía clavadas sus palabras. “Hoy os dejamos en paz. Pero, si volvemos a ver a otra chica en este lugar, la mataremos”.

Después de aquel episodio, los padres de Endurance la matricularon en Chibok. Parecía más seguro. Su familia vive en Aspira-Ube, a 20 kilómetros de Chibok. Su padre es agricultor. La casa no cuenta con electricidad ni televisión, así que Endurance no lo tenía fácil para aprender inglés, el idioma que se usa en los exámenes de ingreso para la universidad. Sin embargo, sus padres habían puesto grandes esperanzas en ella, la menor de siete hermanos. Endurance quería ser microbióloga. Sus libros de biología eran sus pertenencias más preciadas. Por las noches, los amontonaba hasta formar una almohada con ellos.

En la cama contigua descansaba su mejor amiga: Mary. Endurance la vio el primer día que llegó al instituto. Leía un libro mientras todas las demás perdían el tiempo con tonterías. Las dos jóvenes decidieron que este año iba a ser el más importante de sus vidas.

17.00 HORAS. BLESSED Y HADIZA, AMIGAS PARA SIEMPRE.

Blessed y Hadiza tan solo se separaban durante las oraciones. Blessed es cristiana; Hadiza, musulmana. El año pasado, cuando Hadiza llegó a Chibok, en el dormitorio no quedaban camas libres; Blessed le ofreció la suya. Desde ese día lo compartían todo, hasta el colchón.

Blessed es el tipo de chica a quien todas admiraban. Alta, segura de sí misma, su único ‘problema’ era un chico apodado Cool Boy. Todo empezó cuando este le pasó una nota en la que decía que quería ser su amigo. Él era uno de los chavales más populares del instituto, así que Blessed le respondió con otra nota. “Vale”. Pasó tiempo antes de que le permitiera convertirse en su novio. Cool Boy le dio otro papelito con su teléfono, pero ella lo tiró. Al día siguiente, en clase, Blessed vio que Cool Boy había inscrito su número a cuchillo en el pupitre. “Ahora, ya no podrás tirarlo”, le dijo. Blessed no se resistió más; aquello molaba… y mucho.

Pero había un problema. Cool Boy es musulmán. “No podéis salir juntos”, le decía Salama, una de sus amigas. Blessed sabía que tenía razón. Sus padres nunca lo aprobarían. Si iban a casarse, Blessed tendría que convertirse al islam, y eso hundiría a su padre -agente de Policía.

19.30 HORAS. SALAMA Y EL ÚLTIMO BAILE.

La sala donde las chicas estudiaban estaba iluminada por las linternas. En Chibok no había electricidad y, al caer el sol, los dormitorios se sumían en una oscuridad total, solo rota por las linternas. Las chicas estaban en las camas, disfrutando de la pequeña bajada de temperatura, con sus manuales y cuadernos a mano. La jefa de la sala cogió un cubo y empezó a tamborilear. Salama, tímida y guapa, siempre vestida de forma inmaculada, estaba sentada en su cama mirando cómo Hadiza y otra muchacha se ponían a bailar. Blessed se levantó y se unió al grupo. Otras hicieron lo mismo. Las chicas estuvieron bailando durante horas; no recordaban haber bailado así hasta ese día.

23.45 HORAS. LLEGA EL TERROR.

Todo empezó con unas secas detonaciones lejanas, que al poco se transformaron en estrépito. Endurance se incorporó de la cama. En Chibok había un guardia para vigilar la entrada y otro para el dormitorio. El guardia asignado al dormitorio descansaba cerca de ella; todos lo llamaban Kaka, el apelativo respetuoso con el que en Nigeria se designa a un varón de mayor edad. Kaka era un hombre muy mayor. Se levantó de la cama y dijo. “Voy a ver qué pasa”. Endurance no quería quedarse esperando a que Kaka volviera. Fue corriendo con Mary a la sala de oraciones. Se pegaron a la pared; Endurde la mano y escuchó murmullos.

“¿Son ellos?” , preguntó una chica. “¿Son ellos?”

Kaka regresó. Sabía lo que los de Boko Haram hacían a los hombres. “Quizá se apiaden de vosotras. Pero de mí no. Dejadme esconderme”, dijo. Y desapareció en la noche.

23.55 HORAS. SECUESTRADAS.

Varios hombres irrumpieron en el dormitorio. “¡Alá Akbar!” , gritaron. Estaba oscuro y las estudiantes no podían verlos con claridad, pero un olor a sudor y adrenalina llenó la sala. “¡Alá Akbar!” .

“No son soldados”, se dijo Blessed.

“¡Que nadie se mueva!” , gritó un hombre imponiéndose a la confusión. “Tiene que ser el jefe”, pensó Endurance. “¿Dónde están los alumnos varones y los hombres del instituto?”.

“Solo vienen por las mañanas”, respondió alguien. Los recién llegados no se conformaron. Querían máquinas. “¿Dónde está la máquina para fabricar ladrillos?”.

“No tenemos generador eléctrico”, musitaron las chicas. “No tenemos una máquina para fabricar ladrillos”.

“¡Mentira! Si no nos lo decís… Ya habéis oído lo que hicimos en otros lugares y aquí haremos lo mismo”.

El jefe volvió a tomar la palabra. “¡Poneos el hiyab. ¡Ahora!” , gritó. Algunas de las chicas rebuscaron en sus carteras para dar con los pañuelos. Pero la mayoría, permaneció sentada.

“¿No tenéis el pañuelo? ¿Sois cristianas?”, preguntó el jefe. Las estudiantes asintieron.

Endurance oyó que un hombre decía. “Y, bueno, ¿qué hacemos con estas? ¿Les prendemos fuego, como hicimos la última vez?”. “No. Juntadlas a todas” -ordenó el jefe. “¡Y vámonos!”.  Antes de partir, los hombres incendiaron el dormitorio. Todo cuanto las chicas tenían fue pasto de las llamas.

00.10 HORAS. CAMINO A NINGUNA PARTE.

Endurance empezó a rezar, sentada en el patio polvoriento. Mary temblaba a su lado. Con la mano izquierda apretó la derecha de Christina, otra de sus mejores amigas; con la izquierda agarraba la de Mary. Christina, a su vez, estaba apretando la de otra alumna, lo mismo que Mary, de tal forma que las jóvenes estaban todas con las manos entrelazadas. Endurance sentía que sus corazones latían como si fuesen uno solo.

Vio que otros hombres se acercaban a la entrada.

“¡Levantaos! -gritaron-. ¡Levantaos y echad a andar por este camino!”.

“No van a dejar que nos vayamos”, se dijo Endurance. Se incorporó e hizo una súplica:  “Dios, dame la dirección para volver a mi casa. No tengo miedo”.

Pasaron unos 15 minutos. Endurance empezó a trazar un plan. Se acercó a Christina y musitó. “Si vamos a ese lugar al que nos llevan, ¿crees que podremos escapar?”.

“¿Y qué hacemos?” , preguntó Christina en kibaki -el lenguaje tribal de Chibok- dando por sentado que los de Boko Haram no las entenderían.

“Bueno, si tratamos de escapar, aunque nos maten, nuestros padres por lo menos verán nuestros cuerpos”, dijo Endurance. ¿Y cómo sabremos cuándo escapar?”, preguntó Christina. “El Señor nos lo dirá cuando llegue el momento”.

00.50 HORAS. ATRAPADAS. Llevarían una media hora caminando cuando los de Boko Haram les gritaron que se sentaran otra vez. Blessed apretó con fuerza la mano de Hadiza. Vio que un camión se acercaba hacia el grupo.

“¡Las que quieran seguir vivas que se suban al camión! gritó el jefe. ¡Las que quieran morir que den un paso hacia mí!”, agregó disparando al aire: bang, bang, bang.

Unas chicas saltaron del camión y otras se cayeron. Algunas se agarraron a las ramas de los árboles

El camión empezó a moverse. Transcurrió una hora quizá máscuando Blessed oyó la voz de Hadiza: “¡Blessed! ¡Vamos! ¡Saltemos!”.

“¡Hadiza, estoy delante! ¡Hay gente encima de mí! No puedo”. “Te oigo, Blessed. Pero ¡levántate! dijo su mejor amiga. ¡Por favor, tenemos que escapar!”.

“Muy bien, Hadiza. Voy”, dijo Blessed. Trató de moverse, pero no podía. Las demás muchachas la tenían aprisionada entre un amasijo de cuerpos. “¡Hadiza! ¡No puedo levantarme! llamó Blessed. ¡Hadiza!”.

“Muy bien, Blessed, hasta que vuelvas”.

1.50 HORAS. SALTAR AL ABISMO. Algunas de las chicas saltaron y otras se cayeron. Otras se agarraron a las ramas de los árboles que peinaban el camión de caja descubierta y se escabulleron en la oscuridad. Endurance las contó. una, dos, tres…

Endurance había prometido a Christina que Dios les haría saber cuándo había llegado el momento. ¿Y Dios ahora dónde se encontraba? De pronto advirtió que ya no estaba sujetando la mano de su amiga. Christina había desaparecido. ¡Había saltado!¿Se trataba de la señal de Dios? Endurance no se lo pensó más; se acuclilló y saltó al abismo.

6.00 HORAS. LA OTRA EVASIÓN. El Sol empezó a ascender por el horizonte, y las sombras informes fueron convirtiéndose en cuerpos y caras reconocibles. Blessed había visto que el camión cruzaba tres pueblos, pero había perdido la noción del tiempo. El vehículo se detuvo. Una avería.

“¡Bajad!”, ordenaron los hombres, y todas salieron al camino. “¡Sentaos ahí!”, gritaron, señalando un terreno arenoso que había bajo un gran árbol. Las muchachas sabían que las horas corrían en su contra. Cuanto más tiempo estuvieran en poder de Boko Haram, más difícil les resultaría volver a sus vidas. Cuando la gente se enterara de lo que les había pasado, todos las considerarían deshonradas. Corrían historias de otras chicas que habían vuelto a sus hogares. Sus familias habían hecho lo posible por esconder la verdad a los vecinos. Si se enteraban, sus hijas nunca podrían casarse. Sus vidas estarían arruinadas para siempre.

Blessed se levantó y caminó hacia el pasillo que habían formado los hombres. Salama la miraba. “¿Y Blessed qué está haciendo?”, se preguntó.

“Por favor, tengo que hacer mis necesidades”, dijo Blessed a uno de los hombres. Salama, al momento, se situó detrás de ella. Dos muchachas más hicieron otro tanto. “Vale, pero volved rápido”, ordenó él.

Las chicas no dijeron nada. Rodearon a los hombres y llegaron a unos arbustos, entre los que se acuclillaron. “Muy bien -murmuró Blessed-. Lo que tenemos que hacer es salir corriendo de aquí. Si nos persiguen y nos matan, que así sea. Pero ahora tenemos que correr”. Las adolescentes asintieron. Blessed asomó la cabeza por entre los arbustos. Los hombres estaban dándoles las espaldas, más interesados en la comida que en otra cosa.

“¡Ahora!”, musitó Blessed. Las jóvenes echaron a correr. Corrieron y corrieron sin pensar. Sin hablar. Cuando se cansaban, paraban brevemente bajo los árboles aislados, apretándose contra la tierra reseca hasta tornarse muy pequeñas. Y seguían corriendo.

18.00 HORAS. FINAL DE LA HUIDA. Al atardecer, Blessed, Salama y otra estudiante (la cuarta había huido por otro camino) se tumbaron bajo un árbol. Oyeron el lejano mugido de una vaca y vieron la cabaña de un pastor. Las chicas hablaron entre ellas. “Esta gente está en la zona de Boko Haram. ¿Y si nos delatan?”, preguntó Salama. Pero Blessed se mantuvo firme. Necesitaban comida.

Entraron en la choza de paja y se encontraron a una pareja sentada a la luz del crepúsculo. “¿Sois de las chicas secuestradas por Boko Haram?”, preguntó el hombre. Las muchachas asintieron.

“Os oímos pasar anoche. Aquí estáis seguras”, indicó. Las chicas no sabían si creerlo, pero no tenían elección. La mujer les dio ropas nuevas, para disfrazarlas, y bolsas de plástico donde esconder sus uniformes de colegialas. Les trajeron agua para lavarse y les dieron maíz para cenar. Las chicas esa noche lloraron, rezaron y durmieron juntas en el suelo.

A la mañana siguiente, el pastor les dijo que fueran por el camino y preguntaran a la gente cómo volver a casa. Por la tarde, después de llevar todo el día andando, un motorista paró a su lado. “¿Qué hacéis aquí? -preguntó-. ¿Sois de las niñas raptadas en Chibok?”.

“Sí”.

“Subid a la moto”. Una hora después estaban en casa. Allí, Blessed se reencontró con su amiga Hadiza, que también había logrado regresar después de saltar del camión. La siguiente visita fue la de Cool Boy. Blessed temía su reacción. ¿Pensaría que estaba deshonrada? “Siento mucho lo que te ha pasado”, dijo el muchacho. La quería y prometió seguirla allí donde fuera.

19.00 HORAS. ENDURANCE. Endurance no podía correr. Se había lesionado la pierna al saltar del camión. Tuvo que arrastrarse para huir. Christina la encontró en la oscuridad, pero no fue capaz de levantarla. Endurance tuvo que seguir arrastrándose, con los brazos, con el estómago, con la espalda, por los matorrales. El suelo duro y los guijarros le rasgaban las ropas y la piel. Creyó oír unos disparos de bala.

Pero tuvo suerte. Dieron con la gente adecuada. Un ciclista, un motorista después y un automovilista más tarde llevaron a Endurance y a Christina a sus casas. Al llegar a la puerta de la pequeña vivienda de sus padres, Endurance vio que sus familiares y sus vecinos estaban reunidos en la sala de estar. Todos lloraban. Cuando vio a sus padres, ella también rompió a llorar. La familia la llevó a un doctor para que le trataran las heridas. Nunca antes había estado en una consulta médica. Tenían que asegurarse de que los de Boko Haram no le habían hecho nada más. Después Endurance se cortó el pelo al cero.

Desde entonces, Endurante sueña con las chicas secuestradas. En sus sueños los de Boko Haram regresan y la encierran en un cuarto. Cada día, si logra dormir, sueña. ¿Dónde estará Mary ahora? ¿Hice bien al saltar y dejarla en el camión?

DOS MESES DESPUÉS. Después de una de nuestras entrevistas, al atardecer, Endurance y yo estamos sentadas en su habitación. Me muestra fotografías en su teléfono móvil. “¿Cómo crees que podemos recuperar a las chicas?”, pregunta levantando la mirada del móvil.

“¿Tú qué crees, Endurance?”, le pregunto yo. Piensa en silencio y finalmente contesta con solemnidad. “A las chicas les han arruinado la vida para siempre. Cuando vuelvan nada, nada va a serles de ayuda. Nunca serán las mismas”.

Preguntas sin respuesta

¿Dónde se encontraban los profesores durante el ataque? ¿Cómo reabrió el colegio sin un plan de seguridad? ¿Dónde están las niñas? En Nigeria, este tipo de preguntas rara vez reciben respuesta. El presidente, Goodluck Jonathan, necesitó tres semanas para reconocer la simple existencia del secuestro. Y, al hacerlo, admitió que no sabía dónde estaban las jóvenes. Boko Haram ha seguido extendiéndose, ha secuestrado a más mujeres desde entonces y ha matado a casi tres mil personas en lo que va de año. Los medios internacionales se hicieron eco de lo sucedido en Chibok, y #BringBackOurGirls se convirtió en ‘trending topic’. Pero con la misma rapidez el mundo se ha olvidado de ellas.