Bernie Madoff cumple una condena de 150 años por arruinar a miles de inversores y ‘evaporar’ 45.000 millones de euros. Su mujer, que fue declarada inocente, vive en una pequeña ciudad de Connecticut con la mayor discreción posible. Por Olivier O’ Mahony

Toco el timbre y se oye una vocecita: «¡Ya voy!». Llega corriendo con una sonrisa en los labios. Es ella, pero distinta. Todo el mundo en Estados Unidos conoce su cara de señora bien del Upper East Side de Manhattan. Sin embargo, la mujer que tengo delante se comporta como una anciana encantadora.

Menuda, vestida con mallas negras y top blanco ajustado; en el rostro, una expresión indefinida que no coincide con su sonrisa. las arrugas de la desgracia tal vez. Me presento, le recuerdo que entrevisté a su hijo Andrew. Con solo decir su nombre, el semblante de esta mujer cambia, como si entrara en un círculo muy íntimo y cerrado donde nadie podrá penetrar jamás. Fui una de las personas que conoció a Mark y Andrew, sus dos hijos. Uno se suicidó, al otro se lo llevó un linfoma. Desaparecieron tras la quiebra del siglo, que arruinó a miles de ahorradores en todo el mundo.

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Los Madoff en 2002 en su casa de Montauk (Nueva York), una de sus muchas viviendas, donde solían pasar los fines de semana y organizar fiestas

Ruth Madoff lo ha perdido todo: su marido, en la cárcel con una condena de 150 años; su reputación; sus relaciones, en la alta sociedad judía neoyorquina; sus apartamentos y villas en Nueva York, Florida, los Hampton y la Costa Azul. Y lo más duro, sus hijos.

“Me llama por teléfono de vez en cuando. Le contesto por pena. Hablamos cinco minutos. Lee mucho”

Ruth vive sola con Dolce, una gata blanquinegra que acaba de adoptar. La acompañan las fotos que se amontonan en las paredes y que le «encanta mirar», reconoce con la voz apagada. Su hijo Mark de niño vestido de astronauta en Halloween, de adolescente en su Bar Mitzvah y de adulto en la isla de Nantucket posando con un pez enorme que acababa de pescar.

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Los hijos y su fatal destino: Madoff con sus dos hijos. Andrew, el más joven (en el centro), murió en 2014 de cáncer, a los 48 años. Mark se suicidó en 2010, colgándose de una tubería con la correa del perro. Tenía 46 años

Su hijo Andrew con su moto BMW y sus nietos. Pero ninguna de Bernie, el mayor estafador de todos los tiempos. «Lo siento por él, pero lo ha destruido todo. Jamás podré perdonarlo». Y se lamenta: «Me pregunto qué necesidad tenía de actuar así. No supo salir de la trampa, pese a ser un hombre muy inteligente; los departamentos de asesoría legal y de trading de la empresa eran revolucionarios. Estaba muy orgullosa de él».

El hombre de su vida

Al principio, Ruth visitaba a su marido en la prisión de Butner, en el estado de Carolina del Norte. «No había cambiado mucho físicamente. Parecía tolerar bien la cárcel y sus compañeros son personas más o menos sanas. Después dejé de ir a verlo. Todavía me llama de vez en cuando y contesto porque siento pena por él. La última vez fue hace dos días. Habla poco. Me pregunta por mí y por la gata. Sé que lee mucho. Le conté que acababa de venir de Míchigan, donde asistí a la entrega de diplomas de nuestra nieta. La conversación nunca dura más de cinco minutos».

“No soy buena compañía. Me da miedo que me sigan. Gracias a Dios no me han agredido”

Da la impresión de que Ruth no puede estar resentida por completo con Bernie, el hombre de su vida. «Crecimos juntos. Tenía 13 años cuando lo conocí [él, 16], ¿se da cuenta?». Durante la conversación, los únicos momentos donde se ilumina su mirada azul y regresa su sonrisa es cuando habla del que fuera socorrista. «Me parecía muy guapo. Entre nosotros había una atracción física muy fuerte. Y me quería mucho, lo que evidentemente me agradaba. Pero tenía 18 años cuando me casé con él y es un error hacerlo tan joven. Por eso, nunca tuve una carrera. Estudié nutrición, un tema que me apasionaba. Algunas mujeres de mi generación tuvieron éxito. Yo no. Me arrepiento». Y añade: «Aunque podría haber sido peor».

“Tenía 13 años cuando lo conocí. Era muy guapo. Entre nosotros había una atracción muy fuerte”

Su apartamento es casi monacal comparado con el de Lexington Avenue, donde vivía. Los muebles son escasos y baratos. Ha tenido que aprender a distinguir entre lo indispensable y lo superfluo: una cocina americana que se abre al salón, una mesa de madera clara, pocas sillas. Es obvio que Ruth Madoff no tiene muchas visitas. «No soy buena compañía. Cuando salgo, me da miedo que me sigan. A veces me reconocen en el tren. Gracias a Dios nunca me han agredido». Tampoco vive en la miseria: el apartamento de dos habitaciones mide unos 80 metros cuadrados, con un balcón que da al jardín de una residencia de Greenwich, ciudad elegante de Connecticut, a una hora de Manhattan. Un exilio que ha escogido ella misma para estar cerca de sus nietos, su única alegría.
«Francamente, habría podido vivir sin tanto lujo», admite. Como su marido, nació en un barrio modesto de Queens y ni él ni ella se habían imaginado llegar a ser tan ricos. Le encantaba viajar y lo aprovechó.

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El matrimonio Madoff en 1981, cuando ya habían hecho fortuna gracias a los fondos de inversión

«Tenía oficinas en Londres, una ciudad que me encanta. Íbamos a menudo. Mis mejores recuerdos son las vacaciones en Montauk. La casa junto al océano que construimos por 750.000 dólares se revendió por nueve millones sin que haya visto un duro… Todo fue a parar a las víctimas», detalla. Una gota de agua en el océano de las pérdidas: 45.000 millones de euros. «También teníamos un apartamento en el cabo de Antibes, modesto pero encantador. Pasábamos allí un mes en verano. Teníamos amigos allí y nos íbamos con ellos en nuestro barco».

“No me sorprendería que hubiera tenido amantes. Era muy ligón. Por qué no lo dejé? Me asustaba estar sola. ¡Patético!”

Mimada por esa vida de ensueño, Ruth se anestesió. Del fraude de su marido ni sabía nada ni había visto nada, concluyeron los investigadores del FBI que la declararon inocente, al igual que a sus hijos, aunque trabajaban en la sociedad. Y cuando le pregunto qué pensaba de la confesión de Sheryl Weinstein, una financiera que escribió un libro en el que afirmó haber sido la amante de Bernie, responde: «Ah, eso, es que él era muy ligón. Quién sabe si no tuvo más. No me sorprendería… Debería haberlo dejado. No sé por qué no lo hice. Me acuerdo del dibujo de un humorista que decía. ‘El asesinato, vale, pero el divorcio jamás’. Soy de esa generación. Y desde luego me asustaba estar sola. Nunca había estado sola. ¡Es patético!».

Ruth Madoff no muestra rencor ni depresión. «Aquí, en Greenwich, los vecinos son muy amables. Me han acogido muy bien». Su única inquietud es el alzhéimer. «Mi padre cayó enfermo cuando tenía 70 años y yo tengo 76. Pierdo la memoria, me olvido de pegar los sellos en las cartas. Tendré que hacerme pruebas». No está inactiva y pasa el día dedicada al voluntariado. «Me encanta ser útil». Enseña inglés a inmigrantes y colabora con una asociación que lleva alimentos a los ancianos que no pueden salir de sus casas. Ella, que votó a Hillary Clinton, se avergüenza de Donald Trump por amenazar con suprimir las subvenciones públicas a esta obra solidaria. Se considera «feminista». Y libre.

Su capital está seguro

Ruth conoció a Michelle Pfeiffer, que interpreta su papel en la película, para que la actriz pudiera impregnarse de su personalidad. «Me gustó -dice con desenvoltura-. Creo que soy una buena persona y quiero que eso se vea en la pantalla». Entre las víctimas de su marido hay amigos, allegados e incluso miembros de su familia. ¿Y? ¿No es ella también una víctima? Todos estaban en el mismo barco sin saber que el capitán estaba desquiciado. Y en el naufragio, cada uno a lo suyo. Algunos viven en la indigencia y eso él se lo ha ahorrado.

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Ruth en una foto reciente en Greenwich, la ciudad donde vive ahora

Ruth conduce un Toyota Prius. Evidentemente, nada que ver con un Jaguar o un Mercedes, pero aun así le queda con qué vivir y alquilar este apartamento de 2900 dólares al mes. Conserva incluso algunos signos exteriores de riqueza, como un bolso de Goyard, el peletero de la plaza Vendôme de París que chifla a los estadounidenses, y un reloj de Cartier que jamás se despega de su muñeca.

Tras la condena de su marido y la liquidación de su fortuna personal, el tribunal le atribuyó una cantidad de 2,5 millones de dólares. Ella utilizó una parte para pagar a los abogados. El resto la invirtió. Actualmente lleva sus propias cuentas. Asegura rotundamente que paga sus facturas sin tocar su capital principal. «He invertido en productos muy seguros», explica como una experta. Cuando uno se apellida Madoff, no se fía de cualquiera.

La película

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Bernie y Ruth Madoff fueron la pareja más detestada de Estados Unidos y se han convertido en protagonistas de un filme. Michelle Pfeiffer y Robert de Niro les dan vida en El mago de las mentiras, que se emitirá en HBO. «Soy una buena persona y quiero que eso se vea en la película», dice Ruth Madoff.