Esperaban el fin del mundo en cualquier momento, así que su obsesión era tranquilizar a los dioses con sacrificios humanos o con espectaculares monumentos. Los teotihuacanos se convirtieron en temibles guerreros para matar y en sofisticados artistas para morir. Por Suzana Mihalic.

Convertirse en prisionero de guerra nunca ha sido una buena noticia, pero ser capturado por los guerreros de Teotihuacan, la Ciudad de los Dioses, era sin duda la peor de todas. Los habitantes de esta metrópoli sacra situada en el noreste del valle de México entre los años 100 a. C. y 650 d. C. fueron considerados durante mucho tiempo como pacifistas, pero en realidad formaron una sociedad militarista con un gobierno represivo que practicaba el sacrificio humano a gran escala. Por tanto, una vez que uno había caído en sus manos como prisionero, la probabilidad de convertirse en una de las muchas víctimas destinadas a calmar a los dioses con su sangre era grande. Así los guerreros de Teotihuacan, empujados por la fuerza de su religión, salían a tierras enemigas, no para conquistarlas, sino a la caza de humanos para el sacrificio. Los hallazgos arqueológicos nos muestran que entre las víctimas se encontraron tanto militares como hombres, mujeres y también niños que procedían de aldeas lejanas.

Invadían tierras, no para conquistarlas, sino para cazar humanos a los que poder sacrificar.

Pero, ¿qué le ocurría a los dioses, por qué debían ser calmados? Es preciso recordar que hablamos de uno de los lugares en el mundo que hoy presenta aún más preguntas y misterios que respuestas. Los teotihuacanos, al contrario de sociedades contemporáneas a la suya como los mayas o zapotecas del Clásico, no dejaron rastro de su, según se cree, escritura altamente desarrollada. Así que la reconstrucción de su historia se basa en los restos arqueológicos, entre los que se encuentran pictogramas, ideogramas y signos fonéticos en abundancia, pero también en los mitos y en las leyendas.

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Los teotihuacanos debían de temer algo terrible para considerar que el sacrificio humano era la única forma de detenerlo. Y no era para menos. Según la mitología, por aquel entonces, el mundo ya había pasado por cuatro soles. La leyenda de los soles ubica el nacimiento del quinto sol, en el que vivían ellos, en la propia ciudad de Teotihuacan. Aquella era considerada una época ‘vieja’ y, por tanto, la última. Esperaban, así, el fin del mundo, que podría producirse en cualquier momento, como se lo habían anunciado sus antepasados y como se los venía anunciando la propia Tierra con sus temblores y otros fenómenos naturales.

Como iniciativa para tranquilizar a los dioses y evitar la catástrofe, sacrificaron a cientos de personas durante siglos. Las sacrificaron también para bendecir un nuevo o ampliado edificio. La pirámide del Sol, por ejemplo, tenía en cada esquina de cada escalón un esqueleto infantil, y en excavaciones debajo del templo de Quetzalcóatl, se descubrieron fosas funerarias llenas de esqueletos.Los aztecas bautizaron este lugar sagrado como ‘La ciudad de los dioses’ o ‘El lugar donde se hacen los dioses’. Fue considerado la cuna de los dioses del Sol y la Luna, dejándonos como testigo silencioso las dos pirámides que les consagraron, aunque también se veneraron allí otras deidades. No hay duda de que, como en otras culturas clásicas, la fuerza de Teotihuacan derivaba de la religión y fue transmitida al pueblo a través de sus regidores. Sin embargo, se desconoce la condición de su gobierno. Podría haber estado representado por un solo líder, como en otras culturas mesoamericanas, o por un consejo de sacerdotes que monopolizaba los conocimientos, cumplía las funciones religiosas y controlaba la administración y el comercio.

Para el gobierno habría sido más fácil imponer así sus creencias a un pueblo que iba creciendo poco a poco, fidelizando a los recién llegados procedentes de pequeñas aldeas agrícolas del valle de México que se instalaron en la tierra prometida en busca de los manantiales y los suelos fértiles para cultivar maíz, calabazo o frijol. Estos empezaron a especializarse en la elaboración de diversos productos que, con el tiempo, fueron intercambiados con los pueblos vecinos. Y, poco a poco, esos pueblos se asentaron también en la zona aportando sus respectivas culturas, filosofías y conocimientos en la elaboración de joyas, vasijas, herramientas, etc., lo que enriqueció culturalmente a la población e impulsó la actividad comercial que, con los años, bajo la influencia de la cultura teotihuacana, se extendió por todos los rincones de Mesoamérica hasta convertirse, durante 800 años, en el centro de la poderosa civilización de los mayas, aztecas u olmecas.

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Los teotihuacanos cubrían los rostros de sus muertos ilustres y héroes divinizados con máscaras ricamente adornadas, necesarias para el tránsito hacia la divinidad, ya que un dios nunca muestra su rostro. Algunas estaban recubiertas de mosaicos hechos con turquesas, coral rojo.

Durante el tiempo de su máximo esplendor, entre el 350 y 650 d. C., la ciudad superó a Roma en superficie y habitantes. hasta 200.000. No se sabe a ciencia cierta la causa de la abrupta desaparición de Teotihuacan, que sufrió una gran emigración. Arqueólogos hallaron restos de un gran incendio, pero se cree que fue unos 50 años después del abandono de la ciudad. También se consideran factores climáticos como causa del abandono. Otras teorías hablan de que se debió a una alianza entre pueblos indígenas en un afán por rebelarse contra los gobiernos represivos y que esos pueblos se levantaron en armas y acabaron con la que fue considerada la metrópoli más grandiosa de la América Antigua. Lo cierto es que el lugar no volvió a poblarse y se consideró como sacro, también para las culturas venideras.