Acaban en un quirófano universitario o atiborrados de productos en fase de ensayo. A cambio se logran avances en la industria y la medicina y salvan vidas humanas. En España son ya casi 900.000 los animales utilizados; en Europa, 12 millones. ¿Pero es imprescindible esta experimentación? ¿Se deben poner límites? Un escándalo en Italia ha puesto el tema en el punto de mira.

Green Hill es una empresa de Montichiari, un pueblo de Italia, que cría perros de la raza beagle para la experimentación. El beagle es la cobaya perfecta. pequeño, dócil y fácil de manejar. Un científico nunca temerá ser mordido por este ‘chucho’ mimoso.

Green hill enviaba 250 perros al mes a los laboratorios de vivisección. Sus instalaciones albergaban unos 2500 canes adultos y cachorros. Todos estaban encerrados en jaulas amontonadas en una nave sin ventanas, iluminada con luz artificial y ventilada con extractores. Estos perros no pasean ni ven el sol y dormitan sobre papel de periódico, entre heces y meados.

La propietaria de Green Hill, la firma estadounidense Marshall Farms, es el mayor suministrador de perros de experimentación del mundo, con filiales en tres continentes y un gigantesco criadero en China. Monopoliza casi el mercado. Sus perros patentados, conocidos como ‘Marshall beagle’, se envían por avión y cuestan entre 450 y 900 euros; si son hembras preñadas, más. Solo en España, 1046 perros fueron destinados a experimentos en 2010. la mayoría, a estudios para nuevos medicamentos (349); también a la investigación oncológica (45), cardiovascular (47) y de otros males.

El criadero de green hill fue asaltado por activistas de los derechos animales la pasada primavera durante una protesta contra la vivisección. Una docena de manifestantes eludieron el cordón policial y llegaron a las jaulas. Poco después salieron, entre aplausos, con varios perros en brazos. Pero los Carabinieri cerraron los accesos al pueblo, recuperaron a los perros y detuvieron a los activistas. ocho mujeres y cuatro hombres, enviados a la cárcel de Brescia, donde esperaban conocer los delitos por los que los imputarían cuando se produjo un suceso sorprendente.

La sociedad italiana se movilizó, las redes sociales atizaron el debate y la polémica traspasó fronteras. Se recogieron firmas durante meses, y la Fiscalía de Brescia aparcó los cargos contra los activistas y ordenó una investigación del criadero al saber las condiciones de tortura que soportaban los canes. Aparecieron cientos de cadáveres en los frigoríficos. Hace unas semanas Green Hill fue clausurada por orden judicial y sus instalaciones, precintadas mientras se resuelven las denuncias. Los 2500 perros fueron liberados y ahora están bajo custodia del Estado, que los está entregando en adopción. Las asociaciones animalistas hablan de una victoria histórica, el triunfo de una nueva sensibilidad.

¿Pero lo es realmente? 

El último Eurobarómetro muestra que el tema divide a los europeos. El 44 por ciento apoya el uso de animales en investigación (si se trata de ratones, aumenta; si se incluye a perros y simios, disminuye), mientras que el 37 por ciento está en desacuerdo. Los más permisivos son los españoles. al 65 por ciento, el asunto no le plantea resquemores. Ahora bien, tres de cada cuatro europeos creen que solo deberían permitirse las pruebas relacionadas con enfermedades graves o mortales. El resto habría que prohibirlas.Lo que verdaderamente se debate es si es o no necesario, a estas alturas, utilizar aún animales en los laboratorios de la industria médica y farmacológica, pero sobre todo en la química o militar. En España son 897.000 (datos de 2010); 12 millones en Europa. La mayoría son ratones, ratas, cerdos, conejos y peces, que nos tocan menos la fibra que los beagles, pero también macacos (525), gatos (100), perros, caballos (90), cabras, pájaros Tres animales mueren cada segundo en el mundo en aras de la ciencia. La polémica cobra vigencia porque en 2013 expira la moratoria europea de la que disfrutaba la industria cosmética para seguir probando los ingredientes de sus productos con animales, una prohibición que debió entrar en vigor hace cuatro años.

¿De verdad sirven para algo estos estudios? 

¿Es legítima esa investigación? ¿Por qué no se usan alternativas ya viables, como los cultivos en células y tejidos humanos o las resonancias magnéticas? Partidarios y detractores pueden citar numerosos ejemplos. La vacuna contra la polio se perfeccionó gracias al sacrificio de 150 chimpancés y 9000 simios no antropomorfos. La insulina se descubrió investigando en páncreas de perros. Las transfusiones de sangre y los trasplantes de órganos tampoco hubieran sido posibles sin estas técnicas. Las mayores esperanzas en el tratamiento del alzhéimer y las enfermedades neurodegerativas están puestas en estudios que requieren el uso de cobayas. Y hace apenas un mes un equipo español del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares anunció que había identificado una nueva diana terapéutica frente al infarto después de un estudio hecho con ratones y cerdos. Tres de cada cuatro premios Nobel de Medicina han usado animales. Además, una directiva de la Unión Europea restringió en 2010 el uso de grandes primates, como chimpancés y gorilas, y exige a los laboratorios que minimicen el sufrimiento y usen métodos alternativos, tanto in vitro como in vivo, siempre que sea posible. Por contra, la talidomida un fármaco probado en animales provocó que miles de bebés naciesen con malformaciones. Y no siempre son estudios efectivos. Un estudio de la Comisión Europea en el que participaron más de 100 laboratorios evidencia la poca fiabilidad de una de las pruebas más utilizadas, pues la variabilidad de los resultados oscila entre el 144 y el 738 por ciento. Este test, el DL50 de dosis letal, mide la toxicidad de ciertos compuestos. Se administra a los animales distintas cantidades de una sustancia hasta que el 50 por ciento de ellos muere. La otra mitad es sacrificada para estudiar sus órganos. Se aplica cada año en España a más de 7000 animales.

Otra prueba especialmente sádica, de la que reniegan incluso los científicos y que a partir de marzo será ilegal, es el test de Draize. Mide la irritación que causa una sustancia en los ojos y la piel. Se utilizan conejos albinos. Se les aplican soluciones en los ojos. Los animales, conscientes, sufren un extremo dolor, úlceras y hemorragias. Muchos acaban ciegos. Al final son sacrificados para evaluar sus órganos. La fiabilidad de la prueba es relativa. En España, más de mil animales padecen cada año este test.

¿Qué hacer? Pues, además de prohibir pruebas como esta, poco relevantes y sádicas, aplicar el criterio de las tres erres. Reemplazar los animales por otros métodos siempre que sea posible, reducir al mínimo el número de los utilizados y refinar el trato en el laboratorio .