Leonardo Da Vinci sigue siendo un desafío para los expertos que, cinco siglos después de su muerte, continúan descifrando su legado. Y lo que es aún más difícil, su personalidad. Por G.O.

La personalidad arrolladora de este hijo ilegítimo de un notario y una campesina toscana que escribió con rebeldía: «El que ha sido engendrado por la fastidiosa lujuria de la mujer, y no por la voluntad del marido, será mediocre y vil. El que se engendra con amor será inteligente; lleno de vivacidad y gracia».

El mayor de 18 hermanastros que, sin educación académica alguna, se convirtió en el uomo universale por excelencia. El hombre que dejó 50.000 documentos sobre sus investigaciones, pero que siempre se quejó de su deficiente formación.

Un alud de interpretaciones se ciernen tras sus obras y su sexualidad. Sin embargo, Eros no era el centro de su vida. “El acto del coito es horrible escribió”

Pero no hay genio sin debilidades. Durante sus años juveniles en Florencia, su maestría como jinete e intérprete de laúd, su carismático poder de persuasión y su belleza física, su originalidad comiendo y vistiendo -era vegetariano y llevaba túnica rosa por las rodillas, aunque estaba de moda llevarla larga-eran tan famosos como su genialidad pictórica. Leonardo fue el primero que vio la pintura como una ciencia.

Conocer, arte, Adoración de los Magos, Leonardo Da Vinci

Y como la más ilustre de las artes, por encima de la música o la escultura. Fue de los primeros en emplear el óleo en Florencia, consiguiendo efectos lumínicos de una suavidad inusitada. Y como «hombre sin letras» -tal y como él se definía-, basaba su trabajo en la observación de la naturaleza, no en la copia de los modelos clásicos. Eso supuso un salto de gigante en la pintura del siglo XV italiana: el que va de la Edad Media a la Moderna. Fue él quien lo dio, abriendo el camino a Rafael y Miguel Ángel. Su gran obra de esa etapa, La adoración de los Magos, revolucionario despliegue de dinamismo y estudiada naturalidad, ya lo demostraba. Pero quedó inacabada, como tantas otras. Su aristocrática desgana o el hartazgo del clima de perfidias florentinas tendrían la culpa. Lo habían procesado por sodomía, debido a una acusación anónima de las muchas que corrían por la ciudad. Salió absuelto, pero desalentado. Pierde la juvenil confianza en los otros; al menos, en sus compatriotas: «A veces, cuando veo alguno de ellos con mi obra en la mano, se me ocurre pensar si van a llevársela, como los monos, a las narices y preguntar luego si es cosa de comer».

Los mejores años de su vida

Providencialmente lo envían a Milán con un precioso regalo para Ludovico el Moro, una lira de plata en forma de cráneo de caballo diseñada por él. Tiene 30 años y es el hombre ideal para el duque, que quiere convertir su ciudad en la Atenas de Italia. Le ofrecen un salario y, a cambio, ha de ejercer de prestigioso animador de la corte.

Además de construir máquinas de ensueño, Leonardo pinta durante los 20 años al servicio de los Sforza la mayor parte de su obra: La Virgen de las Rocas, La última cena, La dama del armiño, El músico… Llegó hundido de Florencia. A su lacónica manera, desesperado: «Creía aprender a vivir, cuando solo aprendía a morir». Pero en Milán encontró un escenario apropiado. Aunque sin fortuna y sin familia, no le faltó el tren de vida que requería su exquisito temperamento: criados; caballos; animales raros pagados a buen precio, que estudiaba y domesticaba con paciencia. Allí es donde contrató a Salai (“diablillo”), su ayudante y modelo favorito. En palabras de Leonardo, era «ladrón, embustero, obstinado y glotón»… Pero eso no impidió que lo mantuviera a su servicio durante 25 años.

En sus obras no copia modelos clásicos; observa la naturaleza. Eso supuso un salto de gigante en la pintura: el que va de la Edad Media a la Moderna

Sus dorados rizos y su perfil clásico debieron de conseguir el milagro. Es el ambiguo san Juan Bautista que el maestro conservó consigo hasta su muerte y el inquietante Baco del museo del Louvre. Un alud de interpretaciones se cierne sobre esas imágenes y sobre la sexualidad de su autor, que, a pesar de su reserva, escribió: «El acto del coito y los miembros que intervienen en él son tan horrorosos que, si no fuera por la belleza de los rostros, la discreción y los adornos, la naturaleza perdería a la especie humana». Eros, desde luego, no ocupa el centro de su vida. Es ‘la divina ciencia de la pintura’ que despliega en todo su esplendor durante estos años dorados, mientras proyectaba mil artilugios ingenieriles y guerreros. Inventaría el avión, la bicicleta…

Pero al acabar el siglo, a sus 50 años, termina para él la tranquilidad. Leonardo se pone a las órdenes de César Borgia como ingeniero militar. Trabaja en Roma, Milán, Florencia… Proyecta La Virgen y Santa Ana, que una vez más deja inacabada. Pinta La Gioconda. Lleva a la perfección su técnica del sfumato, sutil gradación de los colores para sugerir profundidad espacial. Pero está siempre al albur de los vendavales políticos de la época. Y de los zarpazos de su fácil desánimo. Los últimos años de su vida los pasa en el castillo de Cloux al servicio de un rendido admirador, Francisco I, rey de Francia. Ya no podía pintar, pero proyectaba una ciudad ideal para él cuando murió, visionario sabio incomprendido. Altísimo mago de la pintura, siempre bajo el estigma de lo inacabado. Como su propio misterio.