Pedazo de hierro

Unas conversaciones con un amigo motero me hicieron reparar en cuán difícil puede ser el individualismo. Y no me refiero al mito estepario del motero como último outlaw de la Frontera cuya casa es allí donde cuelgue el casco. Infiero de lo que escuché que las motos japonesas son un producto acabado y uniformador que cumple con una función mecánica, pero no la excede. Aparcadas juntas dos unidades de un mismo modelo y color, sólo es posible distinguirlas por la matrícula y, si acaso, por alguna pegatina que represente el único elemento invasivo del propietario. La moto es como es, es como la hicieron, y tiene con su dueño un acuerdo funcional durante el cual cada uno conserva sus propias características, que, al menos en el caso de la moto, son al mismo tiempo las de toda su especie. Poca singularidad. Todo más bien robótico.

La Harley es distinta. Cuando la adquieres, no compras una moto, sino un proyecto de moto. Un boceto. En palabras de mi amigo, un pedazo de hierro sobre el cual hay que ponerse a trabajar. Porque la Harley sí aspira a la singularidad y a dejarse moldear por su propietario hasta transformarse en su representación, en su extensión. Desde el manillar hasta la pintura, todo es discutible en una Harley. Todo son decisiones que hay que tomar. De hecho, una Harley por fin acabada, si es que puede llegar a estarlo, delata la forma de ser de su dueño. Un abuso de alforjas y flecos, así como un depósito pintado de un modo demasiado flamígero, denuncia a un tipo sin contención, barroco, con afán de notoriedad, que tiene encomendadas a la moto demasiadas soluciones de su autoestima. En Argentina había un agradador de famosas, el Corcho Rodríguez, que tenía Harleys tan maqueadas y vistosas que revelaban que el Corcho necesitaba verdaderamente que se notara que iba en Harley. Que aún era joven y molón como para ir en Harley, malote él sobre su señuelo para la caza de mujeres. También es verdad que a mí las Harleys me gustan oscuras y clandestinas como un ninja para que en ellas lo más importante sea el sonido que emiten, la voz que tienen. La Harley es voz, como Johnny Cash, como el último Johnny Cash hondo, quebrado y carrasposo. Y Cash iba de negro.

Con todo, me pareció que la responsabilidad adquirida puede ser una pesadez. Las personas que se consideran su propia obra rara vez se sienten terminadas. No hay más que fijarse en la cirugía estética. superado el primer miedo al quirófano, es fácil descubrirse en el espejo rasgos que hay que cambiar como quien mueve un mueble en el salón para mejorar el feng-shui. O en los tatuajes, que son siempre el preludio del siguiente, cada vez más complejo porque se le coge afición a la cosa. Si la Harley es otro territorio en el que uno se trabaja a sí mismo como obra, tiene que resultar frustrante sentir que aún quedan cosas por hacer y que el vehículo debe ir mutando, acompasado con uno mismo como el retrato de Dorian Gray. En estas angustias creativas no te mete la moto japonesa. Ni el coche utilitario. Ni, en general, nada que carezca de leyenda. Si la moto puede llegar a ser, en este sentido, el apogeo del individualismo, lo que nos indica es que se descansa más en el gregarismo. En la repetición. En la aceptación de las cosas tal y como te las dan en la tienda, o en la doctrina, o en el canon cultural. Porque también la ideología de uno puede ser una obra en constante evolución sobre la cual se trabaja y se toman decisiones, o puede ser la mera resignación a doctrinas preconcebidas que encima conceden el sentido de pertenencia de la militancia. Por no hablar de la biblioteca que uno va construyéndose en casa. puede ser el resultado de exploraciones propias o puede consistir en aceptar sin más los prestigios decretados por los críticos y los suplementos, e ir comprándolos según lo ordenan estos.

Mejor la Harley. Aunque pueda tener el mismo efecto que aquella lámpara de la publicidad de Ikea que obligaba a cambiar la casa entera para que se le pareciera.