Ese es el número de hogares españoles donde todos sus miembros están en paro. Familias que hasta hace poco no conocían la necesidad ahora están atrapadas en una espiral de pobreza de la que no pueden salir. Hemos dado voz a tres de ellas. Lea. Podría ser su vecino, podría ser usted.

Un millón y medio de hogares españoles tienen a todos sus miembros en paro. Para ser exactos. 1.575.000 familias. Como las estadísticas son abrumadoras, pero frías, le hemos dado voz a tres de ellas. Pero este reportaje podría hacerse con cualquiera. ¿Quién no conoce el drama del paro de cerca? ¿Quién no tiene un familiar o un amigo sin empleo? Con casi un lustro de crisis a nuestras espaldas, lo peor no es que España haya entrado otra vez en recesión y estemos lejos de tocar fondo; lo peor es que esta situación se ha convertido en algo dolorosamente normal. Amplios sectores de la clase media, la columna vertebral del país, son hoy los nuevos pobres. Currantes de toda la vida, sin problemas de marginalidad, sin un accidente o una fatalidad de por medio que descarrile trágicamente sus existencias, se ven atrapados por la pobreza. La carne de estadística se ha convertido en carne de cañón.

La pobreza es más intensa, extensa y crónica , denuncia Sebastián Mora, secretario general de Cáritas, cuyo último informe pone los pelos de punta. Familias que antes de la crisis de 2007 tenían un nivel de vida aceptable y cuyas necesidades básicas estaban cubiertas, ahora no pueden hacer frente al pago de su hipoteca, el colegio o la compra. Un tercio de los hogares tienen dificultades serias para llegar a fin de mes. Y el 22 por ciento está por debajo del umbral de la pobreza y debe arreglárselas para sobrevivir con unos ingresos inferiores a 7800 euros anuales, es decir, unos miserables 650 euros al mes. Casi se añoran los tiempos del mileurismo. Lo peor se concentra en Extremadura, Canarias y Andalucía. Entre los 27 países de la Unión Europea, solo Rumanía y Letonia tienen una tasa de pobreza más alta. Ni siquiera en Grecia, un país en bancarrota, la generalización de la pobreza es tan evidente como aquí.

Como la crisis viene de largo y va para largo, muchas familias han agotado o están a punto de agotar las ayudas estatales. De hecho, 580.000 familias no tuvieron ningún tipo de ingreso el año pasado. Los nuevos pobres no son indigentes. Y tampoco son analfabetos. El nivel de estudios es de formación profesional o secundaria, aunque muchos dejaron el instituto para subirse a un andamio. De hecho, Cáritas ha detectado nuevos tipos de usuarios entre las personas que acuden a los comedores sociales o que hacen cola en los bancos de alimentos. hombres separados que se quedan sin empleo y no pueden afrontar el pago de una pensión a su excónyuge, mujeres con cargas familiares no compartidas, parejas jóvenes con hijos La supervivencia de la familia, la célula básica de la sociedad, está en juego.

Y es precisamente la familia lo que ha retardado el impacto brutal de esta crisis. Uno de cada tres abuelos ayuda a mantener a sus hijos en paro y a sus nietos con pagas que muchas veces rondan los 400 euros al mes. De hecho, la solidaridad familiar todavía consigue que gran parte de esta bolsa de pobreza siga siendo `invisible´ para el ojo no entrenado. Pero este bote salvavidas también se está hundiendo. Una de cada cuatro personas en riesgo de exclusión ya no tiene a un pariente que le eche un cable. Si los muros de contención social desaparecen, se disparará la pobreza , advierte Mora, en referencia a los recortes en inversión social que planea el Gobierno. El riesgo de exclusión afecta a once millones de personas.

¿Hay luz al final del túnel?. Pues no se ve Si trabajar por cuenta ajena es cada vez más difícil, montar un negocio es casi un suicidio. Los bancos siguen siendo remisos a dar créditos, pues les resulta más rentable invertir en bonos y deuda que en hogares y empresas. El 11 por ciento de las pymes no consiguen financiación, y cien mil autónomos se han dado de baja en el último año. Además, medio millón de extranjeros se han marchado a sus países de origen, 62.000 españoles han emigrado y otros tantos se lo están pensando. No es extraño que se hayan disparado las depresiones entre los desempleados. Lo que resulta más inquietante es que todo un país haya entrado en un bucle de pesimismo. Esta situación es equiparable a la que vivió la Generación del 98, cuando se perdieron las últimas posesiones de ultramar y España tuvo que mirarse sinceramente al espejo y reconocer que ya no era una superpotencia. Quizá es hora de volverse a mirar al espejo, aceptar que el sueño de opulencia durante la década del ladrillo no fue más que una ficción y empezar de nuevo.