Lucy Sosa, periodista de sucesos en Ciudad Juárez, sabe que los narcos mexicanos quieren asesinarla. ¿Su ‘pecado’? relatar sus crímenes. Por sus denuncias, en una de las urbes más violentas del planeta, la llaman la mujer más valiente de México. Así ve Sosa al ‘Chapo’ Guzmán y la realidad de su país. Por Fernando Goitia

“El gobierno dice que ahora todo está bien, que esta es una ciudad en recuperación. Y yo te digo que cuando mi hija anda en la calle nunca estoy tranquila y que si salgo con mi nieta no la pierdo de vista un segundo. Claro que estás hablando con alguien que ha visto lo peor de Ciudad Juárez. Es posible que mi nivel de psicosis sea muy elevado”.

La risa de Lucy Sosa es contagiosa, vital; descoloca viniendo de una mujer que se sabe amenazada por narcotraficantes sanguinarios como el Chapo Guzmán, capo del Cártel de Sinaloa, o sus rivales del Cártel de Juárez. Su voz, además, resuena dulce, tranquila, en contraste brutal con las historias que brotan de sus labios. asesinatos, secuestros, cuerpos mutilados, personas quemadas vivas, niñas violadas, cadáveres que aparecen en casas abandonadas a modo de fosa común, periodistas eliminados, amenazas de muerte, narcotráfico, impunidad y, repiqueteando sobre todas ellas, la raíz, a su juicio, del gran problema mexicano. la corrupción.

“Si extraditan al Chapo a EE.UU,  no responderá por sus crímenes en México. ¡Es indignante!”

A sus 46 años, la mitad pasados como reportera de seguridad [sucesos-local] en El Diario de Chihuahua, cabecera del estado mexicano cuya capital, Ciudad Juárez, de 1,3 millones de habitantes, ha ostentado durante años el deshonroso título de ciudad más peligrosa del mundo, Lucy Sosa, bien valga el tópico, ha visto de todo. Aquí llegaron a producirse más de 3600 homicidios en un solo año. 2010; y más de 11.000 en un lustro.

Fue un tiempo en que la urbe fronteriza, gran puerta para la droga que entra en Estados Unidos, acogió el principal escenario bélico del narcotráfico mundial, cuando el Cártel de Sinaloa arrebató al de Juárez, a sangre, fuego y machetazos, el puesto de gran patrón de las drogas en México, mientras el presidente Felipe Calderón movilizaba a sus Fuerzas Armadas y a la Policía Federal contra el Narco en una batalla que sumió a buena parte del territorio mexicano en una guerra civil larvada. “Un día llegué a cubrir 20 asesinatos. Solo en mi turno. En toda la jornada fueron 35”, revela Sosa.

Hoy, mientras las tribulaciones del Chapo copan portadas por medio mundo, Juárez vive una relativa calma. Si por calma se entiende, claro está, que el Narco siga campando a sus anchas -ahora reinan los de Sinaloa, victoriosos sobre los de Juárez– o que en 2015 se registraran 311 homicidios, casi uno al día. “En cifras, hemos vuelto al escenario que teníamos en 2007, antes de la guerra entre narcos y la campaña de Calderón -explica Sosa-, pero los problemas de Juárez son los mismos. ¡O peores! El tráfico y la impunidad persisten, apenas el 42 por ciento de los asesinatos, ni la mitad siquiera, se resuelven. Y, además, la pobreza se ha multiplicado, lo que ha creado más delincuencia e inseguridad”.

Así las cosas, bajo la nueva pax mafiosa del narco de Sinaloa -“el Chapo seguía operando y controlándolo todo desde prisión”, subraya Sosa-, las autoridades se han embarcado en una campaña para asear la reputación juarense. El presidente Enrique Peña Nieto, de hecho, se refiere a Juárez como un lugar en recuperación y seguro y lo pone como ejemplo nacional, mientras se critica a Sosa y a sus colegas por “dar una mala imagen de la ciudad”. Nada nuevo bajo el sol del desierto de Chihuahua. Calderón en su día, mientras la nación se consumía bajo la espiral de violencia que marcó su mandato, ya conminó a los periodistas -89 asesinados desde 2000, según Reporteros Sin Fronteras- a que hablaran bien de México. “Sí, sí, pues claro -ironiza Sosa con su alegre acento mexicano-. Somos los responsables de la crisis económica, de ahuyentar la inversión, de las estadísticas del crimen, de las violaciones de derechos humanos o de que, como demuestra toda esta historia con el Chapo, México sea hoy un Estado fallido”.

Un estado fallido implica un gobierno que no controla todo su territorio y un lugar donde reinan la corrupción, la criminalidad y la impunidad, y donde la miseria y la pobreza marcan la vida cotidiana de la mayoría de la población. Justamente el escenario que Sosa describe al comentar las peripecias del Chapo.

El poder en la sombra: Joaquín el Chapo Guzmán durante una detención

“Dicen que hay que extraditarlo rápido a Estados Unidos, que México no garantiza que no haya otra fuga -argumenta-. Y es verdad, pero nadie ve lo que eso significa. Porque este señor no va a responder por sus crímenes en México. Al pueblo mexicano se le debe una sentencia condenatoria y una reparación del daño que causó. Miles de familias han perdido a hijos, padres y amigos por su culpa; un país entero que ha sufrido su crueldad no tendrá una reparación. No habrá un debido proceso en México contra el Chapo. Y ¿por qué? Pues porque el Estado no puede garantizar la justicia a sus propios ciudadanos”.

“Se acusa a la prensa de dar mala imagen, pero que México sea un estado fallido no es culpa nuestra”

Sosa conoce de primera mano esa sensación de la víctima no reparada. La tiene desde que vio cómo extraditaban al vecino del Norte al supuesto responsable de la muerte de su compañero y jefe de sección durante 16 años, el periodista Armando Rodríguez, asesinado en 2008 cuando salía de casa para llevar al colegio a su hija.

A Rodríguez lo mandó matar, supuestamente, José Antonio Acosta, jefe del brazo armado del Cártel de Juárez, detenido en 2011 y reclamado en EE.UU. por 11 cargos. Cuando fue condenado a cadena perpetua por un tribunal de El Paso (Texas), un año después, la sentencia le dejó a Sosa un agridulce regusto.

“La noticia cuesta vidas: Los días tras el asesinato de nuestro colega, el fotógrafo Luis Carlos, fueron muy al límite. México estaba perdido, a la deriva, pero nos dijimos que no íbamos a rendirnos”

“Este sujeto mandó matar a Armando, ¡y por ese crimen no va a pagar! -rabia Sosa, que relevó a Rodríguez como máximo responsable de investigaciones policiales, redactando como primera noticia en el puesto el asesinato de su amigo-. La Procuradora de Justicia dijo que Acosta era responsable por más de 2000 crímenes en Juárez. ¡Y no pagó uno solo! Pues ahora, con el Chapo, sucederá igual. Eso deja una sensacióaís nada funciona”.

A ojos de Sosa, las peripecias del gran capo conforman un catastrófico retrato de México. “Durante el año y medio que el Chapo estuvo preso, todo siguió igual -denuncia-. Dicen que es uno de los hombres más ricos del mundo, pero ¿dónde está esa plata? ¿Se están intentando localizar y bloquear sus bienes? La estructura financiera del narco, después de tantos años de guerra, sigue intacta”.

“Es increíble que la estructura financiera del narco, tras tantos años de guerra, siga intacta”

En tiempos en que los gobiernos rastrean y bloquean por el mundo las cuentas y fuentes de financiación de terroristas de todo pelaje como premisa básica para estrangular sus actividades, la denuncia de Sosa culmina con una desalentadora conclusión: “En México asistimos a una enorme simulación, una gran farsa que, más grave todavía, ha colocado a la población en un fuego cruzado; así es como yo veo el combate al Narco”.

Por su trabajo y sus opiniones, Sosa lleva años recibiendo amenazas, si bien ya no es algo tan recurrente -contemporiza, reacia a teñir de épica sus andanzas-. En 2011 o 2012 recibía muchas más . En dos ocasiones, al menos, Sosa esquivó la muerte a manos de secuaces del Chapo. “Hay un hombre detenido en El Paso que comenta por ahí que me salvé de ser asesinada en dos ocasiones gracias a él, pero no sé, creo que lo decía así como por presumir -matiza Sosa-. No sé, son cosas pues que pasan, las normalizas y sigues adelante”.

Por seguir adelante, a Sosa la llaman “la mujer más valiente de México”. Honor del que reniega. “Sí, ya sé que me dicen así, ¡pero es que están locos, pues! -replica entre risas-. He cubierto muchos homicidios, sí, la verdad es que ya perdí la cuenta, pero esto es cosa de la redacción entera, que aquí no ha habido una sola renuncia de reporteros o fotógrafos por miedo”.

Todo un mérito si tenemos en cuenta que las instalaciones del periódico han sido baleadas o la querencia del narco por advertencias dementes como dejar una cabeza decapitada envuelta en un ejemplar de El Diario de Chichuahua en el centro comercial más frecuentado de Juárez. Más traumático fue, sin embargo, el asesinato de Luis Carlos Santiago, fotógrafo de apenas 21 años acribillado en un parking en 2010. Otro crimen sin resolver en la extensa lista de la impunidad en Ciudad Juárez.

Porque la violencia en esta ciudad viene de lejos. Aquí nació el Cártel de Juárez, la organización que, al mando de Amado Carrillo -alias el Rey del Oro Blanco, o el Señor de los Cielos-, se convirtió en el Narco más poderoso del planeta tras la muerte del colombiano Pablo Escobar, en 1993, controlando entonces casi todo México y amasando, según la DEA, una fortuna astronómica a razón de 200 millones de dólares por semana.

De los colombianos se dice que los charros, junto con el negocio de la droga, heredaron también el gusto por las exhibiciones macabras. Diana Washington Valdez, una periodista de El Paso Times, al otro lado del Río Grande, que investigó los feminicidios en Juárez, sostiene, sin embargo, que las raíces de esta crueldad se adentran en la propia tierra mexicana.

“Estoy orgullosa de toda la redacción, en estos años no ha habido una sola renuncia por miedo”

“Todo viene de la guerra sucia que vivió México en los sesenta y setenta -afirma-, cuando se usó el terror contra sospechosos de comunismo”. Valdez apunta a La Brigada Blanca, el grupo paramilitar y policial que ejecutó aquellos crímenes deEstado. “Miembros de esa brigada, disuelta en 1983, se llevaron al Narco su modus operandi, aplicando allí sus métodos para eliminar disidentes”.

Crueldad intolerable: las exhibiciones de crueldad son usadas por el Narco para salir en medios y amedrentar a la población y a sus enemigos

Hoy en día, confirma Sosa, “hay muchos policías y gente con formación militar trabajando ahí, personas que ves que su violencia es profesional”. Algo extensible a los nueve cárteles que, según la Procuraduría General de la República, operan en México.

Fue en los noventa cuando la ciudad inició la espiral violenta que la ha hecho famosa. Primero, con los feminicidios, a partir de 1993; más tarde, con las guerras entre narcos tras la muerte, en 1997, de Amado Carrillo. Estas se desataron apenas un mes después de su defunción, en un hospital de México, tras una operación de estética -los cirujanos fueron asesinados cuatro meses más tarde-, con la masacre en un restaurante de Juárez en la que fallecieron seis personas.

“Aquí siempre hubo violencia, pero antes no era tan pública -rememora Sosa-. La forma de operar de Carrillo siempre fue la desaparición. Crímenes aún impunes, pero que no atrajeron atención”. Quizá porque durante su reinado su poder de intimidación fue tan aplastante que pocos periodistas se atrevían a escribir sobre él. Antes de todo aquello, el 23 de enero de 1993, apareció en un descampado el cadáver violado, golpeado y estrangulado de Alma Chavira Farel, una niña de 13 años.

Hoy, la cuenta de asesinadas bajo patrones similares -jóvenes pobres y empleadas la mayoría en las maquiladoras que multiplicaron la población de Juárez en los setenta y ochenta- supera las 700 víctimas.

Fue en esa época, precisamente, cuando Sosa inició su carrera en la crónica policial. “Empecé a reportear a los 18 años y en 1992, con 22, me hicieron fija en seguridad, poco antes de que arrancara el conteo de mujeres. Una de aquellas chicas fue, de hecho el primero de mis cadáveres. Sí”. Sosa, madre de una chica de 19 años y un chico de 24, se detiene, como si la imagen le percutiera en la memoria. Desde entonces, los cadáveres se han ido acumulando bajo su cráneo, abarrotado de visiones atroces cuya evocación siempre relaciona con lo que considera el gran cáncer mexicano. la corrupción. Un mal que, dice Sosa, le otorga carta blanca al narco para impregnar todas las arterias del Estado.