Hace unos años, este violento grupo supremacista se daba casi por acabado, pero la Presidencia de Trump le ha dado oxígeno y los trágicos sucesos de Charlottesville, protagonismo. Por Carlos Manuel Sánchez

Al Klux Klan (KKK) se le daba por finiquitado. Grupos residuales de lo que fue -según su propia retórica- un Imperio Invisible. Algunos historiadores calculan que a esta hermandad secreta, en su apogeo, llegó a pertenecer el 15 por ciento de la población estadounidense.

Hoy quedan unos pocos miles de inadaptados y resentidos, que rellenan un formulario por Internet, se compran la túnica de algodón en la tienda on-line de su fraternidad (145 dólares) o se gastan un poco más para adquirirla de seda. Y se juntan en un rancho para practicar el tiro, quemar una cruz y, sobre todo, despotricar. Su discurso del odio está amparado por la Primera Enmienda, que garantiza las libertades de expresión y reunión. Es el ‘moderno’ KKK, que el fotógrafo estadounidense Peter van Agtmael ha documentado.

Fueron precursores en la escenografía del terror, que luego han seguido organizaciones como ISIS

«La desmoralización es el peor enemigo. Pero Donald Trump está cambiando eso», declaró el líder supremacista Don Black a la revista Politico. Trump les ha dado vidilla. Desde la campaña electoral se sienten legitimados por un presidente cuyas políticas contra la inmigración y los musulmanes apoyan. Y ahora se atreven incluso a salir de sus guaridas exhibiendo caperuzas, antorchas y banderas, como sucedió en Charlottesville (Virginia). ¿Ha renacido el KKK de sus cenizas? ¿O es solo el coletazo de una bestia que agoniza?

La historia del Klan está hecha de estas resurrecciones. Y eso es preocupante, pues la Liga Antidifamación lo considera el grupo terrorista más antiguo de Estados Unidos. Nació en 1865, poco después del final de la Guerra Civil. Al principio fue un club fundado por media docena de veteranos confederados. Todos eran paisanos de Pulaski, un pueblo de Tennessee, al que volvieron derrotados y con ganas de revancha. Su nombre proviene de la palabra griega kuklos, que significa ‘círculo’, y de los clanes escoceses. Lo que empezó como una farsa -el líder recibía el título de Gran Mago; luego estaban los Cíclopes, Escribas, Halcones… hasta llegar a los novatos, o Demonios- terminó siendo una pesadilla.

Los reclamos para el reclutamiento

El KKK atacaba de noche. Y su propósito era aterrorizar a los negros, pero también a cualquier blanco que los ayudase. Por eso, sus miembros se disfrazaban de fantasmas. Y las capuchas preservaban cobardemente el anonimato. Entendieron muy pronto el poder de intimidación de sus vestimentas estrafalarias y sus crímenes ritualizados. Fueron unos precursores en la escenografía del horror. Los historiadores recuerdan que el ISIS no fue el primero en teatralizar sus ejecuciones; y describen los linchamientos del Klan como un prototipo de los modernos atentados ‘mediáticos’. También fueron unos pioneros en la banalización de la crueldad. Los ahorcamientos venían precedidos de horas de palizas, torturas, apuñalamientos y, a veces, la castración de la víctima. La cruz en llamas es el símbolo de su franquicia. Y es un reclamo para el reclutamiento. El KKK procura rodearse de una mística feroz que comparten sus miembros.

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Tres miembros en prácticas de tiro

La razón de ser del KKK es la supremacía blanca y protestante; y su hilo conductor, el racismo. Primero propagaba el odio hacia los negros, luego hacia judíos y católicos, y ahora también va contra los musulmanes y los hispanos. Y por el camino ha ido incorporando a otros chivos expiatorios: comunistas, homosexuales, inmigrantes… Siempre necesita un enemigo. Y el enemigo es el ‘diferente’.

Llegó a ser una organización muy poderosa, centralizada y con presencia en todo el país, con cuatro millones de miembros en los años veinte del pasado siglo; hoy quedan entre 8000 y 10.000, repartidos en 130 grupúsculos, según el Southern Poverty Law Center, de Alabama.

El Klan ha pasado por tres etapas. La primera, durante la Reconstrucción (1865-1877) y se extendió siguiendo el curso del río Misisipi y gozaba de una gran impunidad judicial. Asesinó incluso a congresistas. El segundo Klan nació en la década de 1920, impulsado por el antisemitismo, pero durante la Depresión que sucedió a la crisis de 1929, su popularidad fue decayendo. La tercera resurrección fue en los años sesenta para contrarrestar el Movimiento por los Derechos Civiles. Fue infiltrado por el FBI y las luchas de poder lo debilitaron.

Un estudio documenta al menos 3960 linchamientos de afroamericanos entre 1877 y 1950, aunque no incluye los crímenes contra judíos, católicos… Y es imposible calcular el número total de víctimas, pues no se contabilizan los presuntos asesinatos cometidos por sheriffs racistas o los incendios de iglesias. En las últimas décadas, el Klan ha perpetrado varias decenas de atentados. Los últimos. el incendio de un centro judío en Kansas (tres muertos) en 2014 y el apuñalamiento de tres personas que protestaban contra una manifestación racista en Anaheim (California) el año pasado. Pero estamos asistiendo a su cuarta reencarnación?

Un punto de inflexión

Los disturbios de Charlottesville (Virginia), el 12 de agosto con enfrentamientos entre supremacistas que protestaban por la retirada de una estatua del general Lee, por un lado, y ciudadanos y activistas contra el racismo, por el otro, suponen un punto de inflexión en el mandato presidencial de Trump. Un joven neonazi atropelló a la multitud, con lo cual mató a una mujer e hirió a otras veinte personas. Y las consecuencias políticas del suceso muestran la crispación de la sociedad norteamericana.

El último ataque del klan fue contra un centro judío en 2014. Dejaron tres muertos

Para entender lo que pasa, hay que remontarse a la campaña electoral. Uno de los líderes históricos del Ku Klux Klan, David Duke, dijo que no votar a Trump era «una traición». Trump se mostró vacilante a la hora de rechazar ese apoyo. Y los miembros del Klan se envalentonaron. Interpretaron que tenían a un ‘amigo’ en la Casa Blanca. Y el moderno KKK salió de la marginalidad. «La victoria de Trump galvanizó a la derecha radical, que lo vio como a un estandarte de la idea de que Estados Unidos es un país de hombres blancos», advirtió el Southern Poverty Law Center. «¡Hail Trump, hail nuestra gente, hail la victoria!», clamó el supremacista Richard Spencer, joven y elegante, durante un discurso en el que los asistentes se levantaban brazo en alto, haciendo el saludo nazi.

Trump volvió a mostrar tibieza tras los sucesos de Charlottesville. Primero condenó la violencia «de todas partes», luego la presión lo llevó a rechazar al KKK, y más tarde volvió a las andadas. La errática política de comunicación le costó el puesto a su asesor jefe, Steve Bannon, que ha vuelto a Breitbart News, el altavoz de la derecha alternativa.

Por el camino, algunas compañías tecnológicas se han posicionado por fin en contra del discurso del odio. Google, Facebook, Twitter y otras firmas suspendieron cuentas de movimientos pronazis; Apple Pay y Paypal se niegan a ser intermediarias en los pagos a tiendas relacionadas con grupos de odio; incluso Spotify ha vetado la música que incita a la violencia.

Celebración bajo la horca

Dos miembros del KKK celebran su boda en un granero. El fotógrafo Peter van Agtmael, de Magnum, tuvo acceso el año pasado a varias comunidades del Ku Klux Klan en Tennessee y Maryland, lo que muy raramente sucede, pero aceptaron para mostrar su ‘nueva’ imagen.

La quema

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La quema de una cruz simboliza para el Klan el «camino iluminado», aunque es un tabú para la mayor parte de los cristianos.