Aunque no lo crea, es una pintura. Denostado en sus inicios por el mercado del arte, el movimiento hiperrealista comenzó a ser valorado en los setenta. Desde entonces, su cotización no para de aumentar. Ahora, el Museo Thyssen de Madrid presenta una gran antología que reúne por primera vez a los imprescindibles de esta escuela pictórica.

aL exposición ‘Documenta 5’, de 1972, lo cambió todo. Pintar al detalle, casi rayando en la obsesión por reproducir las cosas como en una fotografía, dejó de estar mal visto en el mercado artístico.

La famosa muestra de arte contemporáneo de Kassel (Alemania) una de las más importantes del mundo consagró aquel año el fotorrealismo, término acuñado por el galerista neoyorquino Louis K. Meisel en 1969, en los inicios de este movimiento. Aquella Documenta causó un gran revuelo y disparó los precios de esta escuela pictórica, que en 1980 ya estaba totalmente consolidada. Su descrédito provenía cuenta Meisel desde Nueva York de que estos pintores eran acusados de servirse de un engaño. emplear sin reparos las cámaras para proyectar al lienzo una imagen que les permitía pintar con una nitidez cercana a la de una foto. Ellos se justificaban diciendo que con la cámara solo recopilaban información, que no escondían este hecho y que luego había que pintar . En sus inicios, a finales de los sesenta, los fotorrealistas buscaban un arte propio siguiendo los pasos de los artistas pop, que en representaciones figurativas centraron su atención en la vida cotidiana, el mundo del consumo, los medios y la publicidad. Pero a diferencia del pop, que invitaba a un intercambio intelectual y emocional lleno de humor y de chispa, el fotorrealismo lo mantiene a distancia , describe el experto David M. Lubin. Y es que aquellos pioneros hiperrealistas neoyorquinos o californianos en su totalidad creían que en la pintura ya estaba todo hecho y que tanto el realismo como la abstracción estaban llenos de estereotipos. La fotografía ofrecía, en cambio, neutralidad que se oponía a la expresión consciente del yo del artista y un nuevo sistema figurativo más cercano a ellos como hombres contemporáneos. Según la escritora Linda Chase, buscaban incluso preguntarnos hasta dónde influye la fotografía en nuestra percepción visual de la realidad. Lo que nos dicen sus cuadros es. ‘Vemos fotográficamente’ . En sus inicios, los precios de estas obras no pasaban de diez mil dólares. Las obras de Charles Bell uno de los artistas más importantes se cotizaban en 1973 en tres mil dólares. En 1996, tras su muerte, en trescientos mil. Hoy rondan el millón. Y ahora, tras tres generaciones de pintores, el hiperrealismo confirma su consagración con la exposición que presenta el Thyssen de Madrid, la primera gran antología de esta escuela, organizada por el Instituto para el Intercambio Cultural de Alemania y que, tras su paso por la Kunsthalle de Tubinga, llevará la muestra a varias ciudades europeas. Tras Madrid, Londres. Cincuenta soberbias piezas de los grandes maestros norteamericanos de la primera generación hasta los genios europeos de hoy. n

De pueblo Rod Penner retrata las casas y otras escenas urbanas de Marble Falls, un pueblo de 5000 habitantes a 40 kilómetros de Austin, en Texas, donde vive dice como un recluso . Sin embargo, en Nueva York es un superventas por su capacidad para capturar la melancolía, la calidez, la desolación y la serenidad de las pequeñas ciudades.

Una de Kétchup Ralph Goings, nacido en 1928, fan de los típicos diners sitios de comida de paso, es ya un clásico del género por sus botes de kétchup, que pintó durante cuatro décadas, elevando el estatus de una salsa de tomate a imagen icónica del estilo de vida americano.

UN ICONO DE NUEVA YORKRichard Estes (1932), uno de los pioneros del hiperrealismo, nunca quiso hacer buenas fotos, sino instantáneas de las que salieran magníficos cuadros. Los artistas de esta escuela tardan meses en pintar una obra tanto al óleo como al acrílico y hacen de una a tres al año.

El pintor de las motos que no se atreve a pilotar. David Parrish (1939) es sinónimo de la América profunda, los años setenta y sus motos. Pero él es solo un voyeur que, desde un lugar seguro, ve cómo otros saltan de globos a cubos de espuma, acarician serpientes y montan en las motos que él nunca conducirá.

Una postal de florenciaGracias a sus muchos viajes, Anthony Brunelli (1968) realiza estampas como esta. El Arno al atardecer, en Florencia. Para sus fotos utiliza un objetivo gran angular. Después realiza montajes de varias fotos a modo de collage para componer la imagen que al final pinta.

Un instante en una máquina de ‘pinball’Charles Bell (1935-1995) está considerado el maestro del bodegón hiperrealista. Su detallismo es extremo. Estos artistas suelen ser, según Meisel, muy estables, meticulosos, gente de familia sin historias de drogas o alcohol, lo que los hace bastante aburridos .

FIESTA DE CHUCHESEl italiano Roberto Bernardi (1974) pertenece a la tercera generación de hiperrealistas y expresa la universalización de esta escuela, que representa casi siempre motivos intrascendentes del entorno del propio pintor.