La conquista de los picapleitos

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Cuando vivía en Estados Unidos, una de las cosas que me resultaban más llamativas y tristes era la oferta de los abogados en sus anuncios. Si te ha atropellado un coche, llámanos. Si tu dentista ha cometido un error, ponte en contacto con nosotros. La mejor defensa es un buen ataque. Los abogados norteamericanos, un clásico de su cine y literatura picaresca, vivían de las demandas. Eran los tiempos en que una señora logró recibir una indemnización millonaria porque metió a su gato a secar en el microondas y alegó que en las instrucciones del aparato no se prevenía sobre el daño que podía causarle al animal. Son leyendas urbanas, quizá, pero el picapleitos conformó el modo de vida de los Estados Unidos, donde nadie se fía de nadie y donde hay que avisar de que el suelo está mojado tras pasar la fregona porque siempre hay una querella al acecho. Pero, en esos mismos días, mi viejo profesor de guion me contó que al final del curso pasado en la Universidad se había caído por las escaleras y ni un solo estudiante se había detenido a ayudarlo. Estuvo allí tirado un buen rato. No, no eran malas personas, solo tenían miedo de mover a alguien tras una caída y que este los denunciara por daños irreparables en la columna vertebral.

Así se creó un país sin solidaridad, con gente sospechosa frente al vecino. Una guerra silenciosa que sembró la desconfianza hasta provocar la más grande de las soledades del mundo desarrollado. Incluso cuando uno visita la aldea más desfavorecida del África profunda, encuentra la solidaridad, la hermandad y el cariño entre personas que jamás hallará entre Wall Street y Hollywood Boulevard. Por eso, cuando en estos días veo tantos anuncios en la empresa de bufetes de abogados que tratan de cazar a españoles para llevarles las demandas contra los bancos por las preferentes, las cláusulas suelo, los gastos notariales y la larga serie de engaños a que los bancos han sometido a la clientela española, tengo miedo. Sí, tengo miedo no porque no me parezcan justas estas reivindicaciones y desee que los bancos paguen lo que han robado con engaños. Sino que tengo miedo de que el Estado no sea capaz de imponer de inmediato un sistema de restitución automático del dinero robado de manera sistemática a la gente, sin que sea necesario colapsar el sistema judicial de pequeñas demandas en cadena.

Esos despachos de abogados, una vez pase la marea de estos productos bancarios fraudulentos, tendrán que buscar otro objetivo de negocio y, no seamos ingenuos, en dos años estarán anunciándose como los picapleitos norteamericanos. Si tu dentista no te ha arreglado la caries, llámanos. Si tu hijo se ha lesionado el tobillo en el partido de su colegio, demándalos. Si resbalaste en la calle, ven y vamos juntos a crujir al ayuntamiento. No, eso no es justicia, es negocio. Pero lo más grave es que fabrica una sociedad de avispados y ruines, de ventajistas y traidores, donde nadie se atreve a dar un paso porque vive en el temor, donde no llevarás jamás los bocadillos a la excursión de tus hijos porque si uno de sus compañeros se atraganta, tu vida estará arruinada.

Pero por mucho que el temor nos invada, a estas alturas de la vida ya sabemos con certeza que el modo de vida norteamericano llega a nuestras ciudades con, como mucho, un par de décadas de retraso. Llega siempre y sabemos que va a ocurrir así, que no lo vamos a parar. Que es posible que nuestros hijos ya nunca lleven a una vecina embarazada en el asiento trasero de su coche camino del hospital ni nos paremos a socorrer al chaval que se ha pegado un tortazo en la bici. Es el signo de los tiempos, es el precio que se paga por convertir el dinero en algo más importante que las personas. Es de toda justicia que seas compensado por los daños ciertos que has sufrido por engaño, negligencia y abuso, solo faltaría. Pero el Estado podría haber solventado con tiempo estas oleadas de indemnizaciones sin permitir que se generara un negocio paralelo, que a la larga será nuestro hundimiento como sociedad.