El Ejército y los gilipollas

ARENAS MOVEDIZAS

Convendría conocer al Ejército español aún mejor de lo que se le conoce. Tiempo hubo en que los cuarteles eran territorios poco abiertos, casi opacos. Sin nada que guardar o que esconder, por cierto. El Ejército era una cosa con olor a habitación antigua, llena de gente respetable, pero anquilosada en tiempos pretéritos. Entrar en estructuras supranacionales con el advenimiento de la Transición democrática supuso una apertura de ventanas y una liberación a las corrientes de aire que sólo ha hecho reportar modernidad y eficacia. Los periodistas más viejos recordamos aquellas recepciones en la Transición en la que todos estábamos pendientes de cualquier gesto de los generales, fuera de disgusto o de desaprobación: inmediatamente le sacábamos interpretación a cualquier mohín. Entonces los generales pesaban mucho. Con el tiempo, las cosas han cambiado tanto que en cualquier recepción real forman parte del paisaje amable de los invitados como uno más, compartimos risas y confidencias livianas, bebemos un vino y celebramos con prudencia las cosas de cada día. Es muy difícil pillar hoy en día a un general en un renuncio: son de una profesionalidad que desactiva a cualquiera, saben hasta dónde pueden llegar y cuál es el límite de las confidencias. Cualquier cargo civil es infinitamente más incontinente que un militar.

Hoy en día, salir licenciado de la Academia Militar de Zaragoza, a la que el estupefaciente alcalde de la ciudad pide «desmilitarizar», supone haber estudiado el equivalente a una dura ingeniería después de una importante criba de acceso. Pero supone, además, salir a la calle con una trascendente y serena idea de España y de la sociedad a la que hay que servir, importando poco las invectivas de cretinos como el mentado anteriormente o como los ignorantes que equiparan Ejército a violencia. Son días estos fáciles para la simpleza, para la reducción infantil de la realidad a escenas supuestamente angelicales: el Ayuntamiento de Barcelona, o alguno de sus iluminados concejales, pusieron la expresión de sustito por el hecho de que pudiera darse un encuentro en plena calle de escolares con militares uniformados, como si la sola visión de estos provocara en los impúberes un espasmo antidemocrático y violento. Diversos colectivos políticos de la provincia de Gerona -yo digo y escribo ‘Gerona’ cuando lo hago en castellano- protestaron y se movilizaron por el hecho concreto de que algunas unidades sitas en tal demarcación procedieran a distintos ejercicios tan inocentes como pasear por el monte. No se trataba de maniobras: las maniobras son otra cosa, simplemente es pasear con una mochila en la espalda y echarse cuerpo a tierra cada equis tiempo. Insospechadamente, como si se tratase de un ejército de ocupación formado por extranjeros, algún alcalde de vómito fácil y otras excrecencias municipales elevaron protestas por lo que consideraban una intolerable invasión. Faltó el célebre Romeva -consejero ‘de exteriores’ de la Generalidad- protestando ante Europa por la «invasión del Ejército español» en tierras catalanas, donde tienen precisamente su acuartelamiento. Una incontrolable colección de cretinos aplaude la decisión de la alcaldesa de Barcelona de manejar fraudulentamente el concepto de la paz e instar a la feria de la ciudad a que no permita la presencia de las Fuerzas Armadas en el Salón de la Infancia y la Juventud, que era una cosa a la que mi tía Marina me llevaba a mí de pequeño y en la que me lo pasaba en grande: se da el caso de que se triplica el stand y los jóvenes barceloneses lo visitan en tropel, no sé si para disgusto de su primera autoridad. Y así hasta la náusea.

El Ejército, los Ejércitos, han sido la infalible muestra de la extraordinaria evolución de la sociedad española. Hombres y mujeres de extraordinaria capacitación garantizan la defensa y otras operatividades de nuestro país. Y sólo le dan miedo a un puñado de gilipollas que esconde tras sus gestos otra intención: cambiar unas Fuerzas Armadas profesionales y extraordinariamente operativas por ejércitos de la Señorita Pepis al servicio de paisitos arrebatados a la soberanía nacional. Por no contar los servicios que a la sociedad civil realizan en medio mundo nuestros militares.

Si es que me da tanta pereza seguir. Qué manera de producir tontos tenemos en España. Más que botellines, que decía el inolvidable Manuel Ramírez y Fernández de Córdoba.