Murieron 69 personas en una hora. La mayoría, adolescentes. Siete años después de la masacre de Utoya, tres supervivientes recuerdan aquel horror para un documental. Denuncian que el odio que impulsó al asesino, Anders Breivik, sigue vivo. No solo en Noruega, en toda Europa. Por Lucy Bannerman / Fotos: Jude Edginton y Getty Images 

Perdió el conocimiento tras ver que el falso policía mataba a dos chicas a quemarropa. No sabe cuánto tiempo estuvo inconsciente. Kristoffer solo recuerda que, cuando recuperó la consciencia, la isla ya no era el escenario de un campamento juvenil, sino el epicentro de una matanza.

Los chicos caían al suelo como muñecos rotos. Otros corrían ladera arriba, sangrando, gritando a los demás que huyeran. «Fui corriendo al bosque. El pánico era absoluto. Los chavales no hacían más que gritar y llorar».

Mientras, Anders Breivik no dejaba de avanzar. Pertrechado con un fusil de mira telescópica, empuñaba una pistola Glock con la mano derecha; no tenía prisa. Recorrió las tiendas de campaña y se adentró en el bosque. «Algunos disparos impactaban en los árboles, encima de nuestras cabezas. Me dije que aquello no podía ser, que alguien tenía que asumir la iniciativa», dice Kristoffer, que entonces tenía 24 años.

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«Reuní a todos los que pude; salimos corriendo». Llevó a 30 jóvenes al mejor escondite que se le ocurrió, «una espesura de arbustos junto al agua». Pero la naturaleza proporcionaba un parco refugio. «Muchos de los chavales llevaban ropas chillonas y lloraban presas del pánico. Hacían demasiado ruido». Así que los llevó por las resbaladizas rocas de la orilla y los instó a recorrer a nado la corta extensión de agua -unos 600 metros- que los separaba de las casas y embarcaderos que estaban enfrente. Los disparos resonaban cada vez más cerca.

“Estaba seguro de que íbamos a morir -afirma Kristoffer-. Había tantos disparos que pensé que era un grupo coordinado que rodeaba la isla”

«Estaba casi seguro de que íbamos a morir. Los disparos eran tan insistentes que me parecía imposible que fueran de un solo hombre. Me decía que aquellos individuos operaban coordinados, que se disponían a rodear la isla para acabar con todos». Ocho de los chavales titubearon. El agua estaba casi helada. Las corrientes eran fuertes. Los ocho se quedaron en el promontorio.

masacre de utoya

Dos de los jóvenes, Martin e Ingrid, han vuelto a la isla varias veces. Ingrid lo explica. «Hay personas que no quieren volver… y las entiendo. Pero para mí es importante regresar. Es un lugar hermoso. Nunca va a ser el mismo, pero nadie debe limitar nuestra libertad»

Kristoffer había cometido el error de no quitarse los vaqueros y, tras nadar 150 metros, la prenda estaba arrastrándolo al fondo. Iba a ahogarse, pensó. Se hizo el muerto, para recuperar fuerzas, y vio a los ocho muchachos en las rocas. A continuación, un hombre de negro salía de entre los árboles y acababa con ellos a tiros. «Eran visibles -recuerda-. No tuvieron la menor oportunidad».

Las balas buscaron a los que se encontraban en el agua, salpicando sus cabezas de espuma. Un chico se ahogó. Cuando Kristoffer llegó al otro lado, se desplomó sobre el embarcadero, tiritando, por la hipotermia.

Más tarde, los ciudadanos que arriesgaron su vida para sacar a los muchachos del agua y subirlos a sus embarcaciones explicaron que estuvieron gritando a los chavales que estaban en la costa. Los chicos no se movieron; estaban todos muertos.

Ingrid: “Lo único que importaba era sobrevivir”

La joven Ingrid se embarcó en el transbordador rumbo a Utoya poco después de las cinco de la tarde. No se le ocurrió preguntarle al policía rubio que viajaba con ella y que portaba una pesada bolsa deportiva negra por lo que acababa de pasar en Oslo. Dos horas antes, una bomba había estallado frente a las oficinas del primer ministro.

Nada más pisar la isla, el hombre de negro se presentó ante Monica Bosei, la responsable del campamento: había sido enviado para reforzar la seguridad de los muchachos, dijo. Ingrid estaba empezando a subir la ladera cuando Breivik disparó a la mujer, una vez en la espalda y dos en la cabeza. A continuación descargó varios tiros sobre dos guardias.

Ingrid huyó. «No fue muy heroico, la verdad», recuerda. Pero se niega a torturarse con preguntas del tipo «¿y si hubiera avisado a los demás…?». «Todo era cuestión de segundos. Ese día no había héroes. Lo único que importaba era sobrevivir». Ingrid escapó hacia los acantilados de la otra punta de la isla, donde permaneció mientras el asesino ejecutaba a 13 chavales acurrucados en el edificio del café y a 10 más en el sendero conocido como ‘el Camino de los Enamorados’. Se apretó contra las rocas húmedas, ansiando volverse invisible. Al poco se unió a ella un chico que había tratado de huir a nado. Ambos continuaron escondidos, preguntándose por qué, una hora después del inicio del ataque, no se veía todavía ningún helicóptero. ¿Por qué nadie venía a salvarlos?

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Cuando Anders Behring Breivik fue llevado por la policia al lugar del atentado para reconstruir los hechos. Lo hizo fríamente y vanagloriándose de su puntería. Hasta entonces era un discreto empresario de 32 años simpatizante de la extrema derecha

Ingrid no tenía forma de saber que dos agentes de la Policía Local llevaban media hora esperando en tierra firme frente a la isla, a menos de un kilómetro. En lugar de requisar una embarcación, se quedaron a la espera de refuerzos, oyendo los disparos. Tampoco podía saber que, cuando llegó la unidad de élite, su bote se fue a pique. La investigación posterior concluyó que las fuerzas noruegas necesitaron un tiempo «inaceptable» para cruzar 600 metros de agua: nada menos que 35 minutos. Mientras el grupo de élite dejaba se hacía con un barco civil, el falso policía se acercó a la zona donde Ingrid estaba escondida. A su derecha, a pocos metros, se encontraba la pequeña choza donde se habían refugiado 14 jóvenes. Ingrid le oyó abrir fuego; los mató a todos.

En el momento de su detención, 72 minutos después del primer tiro, Breivik había acabado con 69 de las casi 600 personas que había en la isla. En su mayoría, adolescentes, a los que fue eliminando a razón de casi uno por minuto. Ocho más fallecieron en el hospital.

Martin: “Todos nos preguntábamos: ‘¿por qué no viene la policía?'”

Martin ríe sin alegría al recordar su primera reacción al oír los disparos. Estaba en el café y al principio no se los tomó en serio. «Tranquilos», dijo a sus amigos. Salió del café y caminó a campo abierto para demostrar que no había peligro. «¿Lo veis? -comentó-. No hay razón para preocuparse». Martin hoy estudia Derecho en Oslo; por entonces era miembro de las juventudes del Partido Laborista y uno de los vicepresidentes de la Liga Juvenil Obrera (AUF) -la entidad organizadora del encuentro en Utoya-. Era la primera vez que asistía al campamento.

De pronto, su amiga Ina avanzó hacia él trastabillando, herida por cuatro disparos. Martin comprendió que las balas no podían ser más reales. «La llevé al bosque y le hice un torniquete con mi camiseta. Nos escondimos entre los helechos». Siguieron ocultos durante más de una hora, junto con ocho o nueve más, turnándose para intentar que las heridas de Ina estuvieran cerradas, tratando de mantener la calma. Los chavales fueron llamando a sus padres, con los que hablaron en susurros. Había chavales escondidos por toda la isla, bajo los helechos y las ortigas, en el interior de los retretes, apretujados contra las rocas. Todos se hacían la misma pregunta. «¿Dónde está la Policía?».

Benedichte, que soñaba con convertirse en diseñadora de videojuegos, envió un mensaje de texto a su madre. «Mamá, alguien nos está disparando. ¡Llama a la Policía! ¡Que vengan cuanto antes!». «¿Es que nadie ha llamado a la Policía?», preguntó la madre. «¡¡Sí!!», respondió la adolescente. «Muchas veces. Pero no ha venido nadie. ¡¡Pueden matarme en cualquier momento!! ¡Que vengan a ayudarnos!». Los disparos sonaban cada vez más cerca. Benedichte llamó a su madre y le dijo que la quería. Su madre envió seis mensajes más, asegurándole que la Policía estaba en camino. «Llámame, por favor», suplicó la mujer. «Tengo que saber dónde estás. Iré a recogerte». Pero la quinceañera ya estaba muerta. Breivik le descerrajó un tiro en el estómago.

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Con las manos en alto, el arma a 15 metros y diciendo. «Ya he terminado». Así se encontró la Policía a Breivik cuando llegaron a la isla una hora después. Los supervivientes fueron evacuados en shock

Durante dos minutos, Freddy estuvo escuchando cómo su hija Elisabeth, de 16 años, gritaba mientras el asesino se acercaba al muro junto al que se había guarecido. La llamada se cortó cuando la primera bala atravesó su cabeza, haciendo trizas el móvil que tenía pegado a la oreja. Breivik le soltó dos balazos más. Por toda la isla, los móviles zumbaban sin responder a cada nueva llamada de unos padres frenéticos por la angustia.

Martin llamó a sus padres desde los helechos. «Tuve el impulso de decirles que los quería. Pensaba que iba a morir». Su padre, médico, lo instó a ayudar a tantos como pudiera. El hombre de negro se aproximaba. «Oímos cómo llamaba a los que estaban escondidos. Les decía que era de la Policía, que estaban a salvo, que salieran de sus escondites». Una persona lo creyó y se hizo visible. «La mató a tiros».

Siguen recibiendo amenazas: “El odio sigue vivo”

Los tres supervivientes han trabajado como asesores en el rodaje Utoya: july 22, la película dirigida por el noruego Erik Poppe que narra la historia de lo sucedido ese día. El filme va a ser proyectado en colegios de Noruega y Alemania. «Espero que lleve a la gente a preguntarse: ‘¿Qué podemos hacer para evitar que una cosa así vuelva a suceder?’». Y pasa a enumerar los países donde la extrema derecha está en ascenso: Suecia, Dinamarca, Francia, Grecia, Holanda…

Durante el rodaje, los tres jóvenes han recibido apoyo de un equipo de psicólogos. ¿Cómo es que se avinieron a participar? «Hemos vivido en nuestras carnes lo peor de que es capaz el extremismo de ultraderecha -explica Martin-. Fuimos testigos y salimos con vida. Pero muchos de nuestros amigos no lo hicieron, y creo que la película es un aviso de lo muy jodido que puede resultar el asunto». Ingrid quiere que se recuerde que este terrorista no es un caso aislado. «La gente habla de Breivik como si fuera un desastre natural, una especie de tsunami. ‘Cosas que pasan’, dicen. Pero sus acciones fueron la consecuencia del odio, y estaban basadas en unas ideas que siguen muy vivas. Estamos hablando de asesinatos por motivación política».

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Las víctimas intentaron huir, algunas lanzándose al agua, pero el asesino las persiguió e incluso las remató en el agua. La cifra final de muertos fue de 77, incluyendo a los heridos que fallecieron en los hospitales

Otro tanto piensa Martin, que cuenta que sus amigos de las juventudes socialistas (AUF) han recibido mensajes de Facebook con amenazas de muerte y SMS con frases del tipo «ni se te ocurra salir de casa, porque te pego un tiro». «Es evidente que el odio sigue muy vivo», concluye.

A pesar del trauma, los tres han logrado encarrilar sus vidas. Kristoffer luce un flamante anillo de bodas, y la expresión se le ilumina al hablar de su hija de seis meses. Los ruidos fuertes o inesperados «a vecen me ponen nervioso», pero hay métodos para manejarse con esos sobresaltos.

“La gente habla de Breivik como si fuera un desastre natural, una especie de tsunami. Pero sus acciones estaban motivadas por ideas políticas”

Ingrid explica que su padre un día la instó a «dejarse de tonterías y coger el mundo por los cuernos». Meses después de lo sucedido, apenas se levantaba de la cama. Las palabras de su padre le produjeron rabia. «¡Soy una víctima del terror! -me decía a mí misma-. ¡No puedes hablarme de esa forma!». Hoy agradece que lo hiciera. «Era lo que necesitaba. Me entra una pena enorme al pensar en los que murieron, y siento rabia al recordar por qué murieron, pero estoy en paz conmigo misma. Lo sucedido el 22 de julio forma parte de mi ser, pero no me define. Me siento feliz de tener una vida feliz».

Cuando entra en una habitación, Martin localiza todas las salidas; si ve sangre, le entran náuseas. ¿Breivik? «Casi ni pienso en él. Por supuesto, a veces me acuerdo de todo, y no es fácil. Pero trato de decirme que tengo cosas mucho mejores en las que pensar».

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Breivik fue condenado a 21 años de prisión, la pena más alta en Noruega. Cumple condena en una cómoda prisión, en la que tiene televisión, videojuegos y gimnasio privados. Pese a ello denunció a Instituciones Penitenciaras por un trato «inhumano». No se arrepiente de nada y se sigue definiendo como «fascista y nazi»

Se ha hablado mucho del trato más que humano que Noruega ha dispensado a Breivik, que disfruta de tres celdas, una PlayStation 2 y otras ventajas. Para Ingrid, es motivo de orgullo. «Nuestro sistema de justicia se vio puesto a prueba, y me alegro de que no se ensañaran con él». Sonríe y agrega: «Eso sí, espero que los de la cocina escupan en su plato. Es lo mínimo, ¿no? Lo que no voy a hacer es dejarme llevar por la sed de venganza».

Cuatro años después del ataque, el campamento juvenil de AUF fue reabierto. Vinieron dos veces más personas que en 2011. Para Ingrid es un motivo de esperanza. «La isla vuelve a ser nuestra».

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