Esta joven de 16 años es ya un icono. Aclamada por unos como salvadora del planeta y despreciada por otros, que la califican de inestable y enferma, tras su discurso en la ONU surge una pregunta: ¿es posible que sea ella la única persona sensata en un mundo de locos? Para descubrirlo, seguimos sus pasos en Nueva York. Por Lothar Gorris, Philipp Oehmke, Tobias Rapp y Kurt Stukenberg / 

Apenas media hora después de pronunciar un discurso cargado de rabia, Greta Thunberg se encuentra en una pequeña sala de la sede de Unicef en Nueva York. El aire acondicionado funciona al máximo, Greta tirita y se pone su chaqueta azul, aunque solo a medias, como si tuviera frío y calor al mismo tiempo.

Acaba de salir de la ceremonia de apertura de la cumbre sobre el clima de Naciones Unidas; hace unos minutos les ha preguntado a los jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo cómo se atreven a robarle el futuro a su generación. Greta Thunberg, que por lo general se muestra serena y que, a pesar de sus 16 años, a menudo parece la única persona adulta en la sala, ha alzado la voz casi hasta gritar. Nunca lo había hecho.

Greta Thunberg ha venido al edificio de Unicef para anunciar que ha presentado una demanda ante el Comité de los Derechos del Niño de la ONU, junto con otros 15 jóvenes de 12 países. Acusan a Alemania, Argentina, Brasil, Turquía y Francia de vulnerar la Convención de los Derechos del Niño por no haber hecho lo suficiente para luchar contra el cambio climático. No está claro qué efectos concretos podrán derivarse de esta demanda, la impresión es que su objetivo no es más que llamar la atención. Es decir, una puesta en escena, algo que no parece casar con Greta.

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Greta nació en 2003 en Estocolmo; es hija de la cantante Malena Ernman y el actor Svante Thunberg; y tiene una hermana. Con 11 años le diagnosticaron síndrome de Asperger, trastorno obsesivo-compulsivo y mutismo selectivo. (Foto: Cordon)

Esta chica pequeña y frágil acaba de pronunciar un discurso perturbador, tan lleno de desesperación, tan cercano a las lágrimas, que muchos han llegado a preocuparse por ella. «How dare you!», les ha dicho a los políticos, ‘cómo se atreven’ a buscar esperanza en ella. Ellos, que con sus palabras vacías le han robado sus sueños y su infancia. «How dare you!», ‘cómo se atreven’ a seguir mirando para otro lado y decir que todo está bien. No, nada está bien.

“¿Cómo se siente tras su discurso?”, le pregunta una periodista. “Eso no es pertinente”, la corta Greta. Se hace un silencio y los presentes rompen en aplausos

Algunas de sus frases se han hecho ya icónicas. Quizá algún día lo consideraremos el discurso clave del primer cuarto del siglo XXI. Un discurso que supone un giro radical en la retórica optimista de las últimas décadas: después del «I have a dream», de Martin Luther King; después del «Yes we can», de Barack Obama; después del «Make America great again», de Donald Trump; su «How dare you!» marca el final de la euforia inconsciente, de la fe en el progreso, y el paso a una etapa de cordura, freno y vuelta atrás. Moral en lugar de pragmatismo, conflicto en vez de contemporización.

UNA CHICA SOLA HACE APENAS UN AÑO

Hay una foto en la que se ve a Greta Thunberg hace 13 meses en su primera manifestación ante el Parlamento de Estocolmo. Lleva un cartel hecho por ella misma, «Skolstrejk för klimatet» (‘Huelga escolar por el clima’). Está sentada delante del edificio, sola.

Hace unas semanas fueron cerca de cuatro millones las personas que se manifestaron por todo el mundo en la primera huelga global por el clima. Cuatro millones de personas que salieron a las calles únicamente porque una chica de 15 años lo hizo ella sola un año antes. Solo un año, solo una chica, solo unas cuantas apariciones públicas y una manifestación todos los viernes… y parece que el mundo sea hoy distinto.

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Sufrió ‘bullying en el colegio y se sumió en una profunda depresión que su activismo la ha ayudado a ‘superar. Todo ello lo cuenta su madre en el libro ‘Escenas del corazón’. (Foto: Cordon)

Estos 13 meses han convertido a esta adolescente en una heroína, en una figura política y en la potencial ganadora del Premio Nobel de la Paz. Otros la ven como una niña prodigio irritante y sabelotodo. Y puede que unos pocos la vean como una amenaza, como una predicadora del Apocalipsis que propaga el miedo y que encabeza una Cruzada de los Niños contra los males del mundo. Sea como fuere, la cuestión de fondo es qué resulta más descabellado. si los actos de esta joven o un mundo que ha perdido el norte.

ALGO PERTURBADOR

En ninguna de sus apariciones hasta ahora, Greta Thunberg había mostrado una chispa de emoción. Esta peculiaridad se explica con el síndrome de Asperger que padece. También ha pasado por episodios de trastornos alimentarios, depresión y ataques de pánico, fue sometida a bullying por sus compañeros de clase y durante un tiempo se negó a hablar. En este sentido, su protesta ha sido para ella una terapia. En uno de sus tuits dijo: «Antes de empezar con la huelga escolar no tenía energías, no tenía amigos, no hablaba con nadie. Me quedaba sola en casa con mi trastorno alimentario. Todo eso ha desaparecido ahora, desde que he encontrado un propósito en este mundo que a tanta gente le parece superficial y carente de sentido».

Greta en su casa de Estocolmo con uno de sus perros, Roxy, un labrador retriever. La joven es vegana y animalista

Su enfermedad también puede ser una especie de protección. Una persona que solo puede experimentar parcialmente lo que ocurre a su alrededor, que solo registra el negro y el blanco y no percibe la multitud de grises de nuestra realidad -como los afectados por el síndrome de Asperger-, puede protegerse ante un exceso de complejidad. Y ante un exceso de agitación. Y de caos. Y hacer lo que otras chicas de 16 años no hacen: decirle al mundo la verdad. Visto desde esta perspectiva, en su irrupción pública hay algo de liberador y también algo de inquietante.

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Greta puede resultar algo irritante, con ese rostro estoico, con esa asunción tan juvenil de estar en posesión de la razón, pero también es un adversario incómodo. Sus acusaciones las formula con agresividad, pero todo el que intenta replicarlas aparece como agresor, como un adulto que ataca a una niña

Por lo general, Greta Thunberg tiene preparadas una o dos frases estándar como respuesta a las preguntas que le plantean a diario durante este viaje por Estados Unidos («¿por qué haces esto? Cuál es tu mensaje?»). No quiere parecer original, no le interesa. Solo busca que la respuesta sea precisa. A la pregunta sobre la vulneración de los derechos de los niños durante la rueda de prensa en Nueva York responde: «La Convención sobre los Derechos del Niño se firmó hace 30 años, y los jefes de Estado y de Gobierno no han mantenido sus promesas». Tras contestar, aparta el micrófono.

¿Y cómo se siente personalmente tras su discurso? «Creo que eso no es pertinente», le dice a una periodista 30 años mayor que ella.

Se la ha comparado con Juana de Arco, pero Greta no propone nada radical. Solo que se cumplan los acuerdos. Nada más

La sorpresa y cierto desconcierto recorren la sala durante un instante, le siguen sonrisas de reconocimiento y finalmente un aplauso entusiasta. ¡Qué razón tiene! Lo importante no es cómo se siente ella, lo verdaderamente importante es la salvación del mundo.

Se la ha comparado con Juana de Arco, pero la comparación no es correcta. Greta Thunberg no propone nada radical; al contrario, sus exigencias son casi modestas. Solo exige que se cumplan los acuerdos y se tomen en serio las proyecciones de los científicos. Nada más.

‘LA VIDENTE’ DE MARVEL

Greta Thunberg llegó desde Europa a bordo de un velero. La imagen del salvador que llega en un barco es una de las alegorías cristianas más antiguas. Hizo su entrada en el puerto de Manhattan a finales de agosto y muchos activistas ya la esperaban en los muelles. La tripulación la comandaba el príncipe monegasco Pierre Casiraghi. Al llegar, Thunberg contó que la soledad y el aislamiento habían sido maravillosos, solamente ella y el mar.

Greta viajó a Nueva York desde Suecia en un velero. La imagen del salvador que llega en un barco es una de las alegorías religiosas más antiguas

Quizá la travesía del océano haya sido más agotadora, el caso es que a Greta Thunberg se la ve apática en esta su primera manifestación en Estados Unidos. Quizá es solo que se siente superada por la aglomeración y los empujones. A todas partes la sigue una masa de cámaras y fotógrafos, de blogueros y periodistas, todos gritando su nombre. Casi parece una estrella pop lanzada a la conquista de América. Thunberg habla de que ha llegado el momento de actuar, de rebelarse. «It’s time to rebel».

Greta no es una estrella pop, desde luego, pero los jóvenes que la han convertido en su modelo han crecido con las películas de superhéroes del Hollywood moderno. Son películas en las que el mundo es salvado por personajes marginados o torturados, pero que cuentan con un don que les permite luchar contra el mal.

Un enigma llamado Greta Thunberg: la niña de la pastilla roja

La madre de Greta es la ‘mezzosoprano’ Malena Ernman, y participó en Eurovisión en 2009. Con ella viajóla familia durante mucho tiempo, siguiendo sus actuaciones. “Fueron años felices”, cuenta. Hasta que Greta empezó a mostrar su fragilidad; no paraba de llorar y dejó de comer- El diagnóstico mejoró la situación porque, según ella, Greta entendió su Asperger como un ‘superpoder’. La madre ha sido criticada por ‘mistificar’ la enfermedad y usar a la niña para su propia promoción

En este universo Marvel, Greta Thunberg sería la Vidente, personaje que tiene el don de ver el mundo tal y como es. Cuando nos subimos a un coche para ir al restaurante, ella ve el CO2 que emitimos y el trozo de animal muerto que nos ponen en el plato. Como corresponde a la dialéctica propia de los superhéroes, la Vidente sabe más que los demás, pero tiene que cargar sobre sus hombros con el dolor que eso implica. Estar convencido de que se conoce la verdad que los poderosos quieren ocultar es un tema tan antiguo como habitual de la contracultura.

En la película de ciencia ficción Matrix, el protagonista, Neo, tiene que decidir entre la pastilla roja o la pastilla azul. La azul le permitirá permanecer en su cómodo mundo de bienestar e ignorancia. La pastilla roja le enseñará cómo es el mundo de verdad. Greta Thunberg, como Neo, se tomó la pastilla roja.

EL ARTE DE LO IMPOSIBLE

El tercer viernes de su viaje por Estados Unidos se manifiesta en Washington, delante de la Casa Blanca. Al cabo de un rato intenta marcharse, pero la gente la sigue. En un cruce, Greta Thunberg echa a correr. Es una huida en toda regla. De repente es una niña que simplemente quiere irse de ahí. ¿Cómo os atrevéis a poner vuestras esperanzas en mí?

Un par de días después, Thunberg acude ante la Comisión para el Cambio Climático de la Cámara de Representantes de Estados Unidos. Esta vez, Greta no dice nada. Lleva debajo del brazo el famoso informe S.R. 1.5 del Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático, publicado el año pasado. Se trata del documento más alarmante hasta la fecha. Su contenido es desolador. Viene a decir: señores y señoras, ya es demasiado tarde.

Dicen que la política es el arte de lo posible, pero ¿y si fuera justo al revés? ¿Y si Thunberg no fuera la soñadora utópica, sino que lo fueran políticos como Merkel, Obama o Macron, que confían en que en un futuro más o menos cercano se nos ocurrirá algo que arregle el problema? ¿Y si en realidad el movimiento juvenil por el clima es la rebelión contra el poder más sensata que el mundo haya visto jamás?

De pronto, Greta echa a correr por la calle. Es una huida en toda regla, pero la gente la persigue

La comparecencia de Greta Thunberg en Washington es la de una representante de la realpolitik. No pronuncia un discurso utópico, sino que lleva a los políticos el necesario material de lectura. Al mismo tiempo señala una de esas contradicciones muy del gusto de la realpolitik: es imposible impedir la catástrofe climática mientras el crecimiento económico sea el único baremo por el que se mida el bienestar de la humanidad.

¿Y SI DEJAMOS DE FINGIR?

Greta Thunberg está comiendo algo en una tienda blanca instalada detrás del enorme escenario que se ha montado para la ocasión en Battery Park, en Manhattan. Según los organizadores, un cuarto de millón de personas se han congregado en el parque. En el escenario, Jaden y Willow -los hijos de Will Smith- cantan su éxito Summertime in Paris, vienen a ser una especie de teloneros de Thunberg. El ambiente es festivo, aunque el planeta se encamina hacia la debacle.

En la tienda detrás del escenario, un montón de personas se arremolinan alrededor de Greta, como siempre. Instantes después, ya sobre el escenario, Greta lanza una pregunta a su público: «¿Por qué tendríamos que estudiar para un futuro que nos han arrebatado?».

Es un verdadero show, un montaje de enormes proporciones. A pesar del despliegue, hay como un velo de futilidad flotando sobre Battery Park. Jonathan Franzen, uno de los escritores más relevantes de Estados Unidos, ha publicado recientemente un extenso artículo sobre el cambio climático en el semanario New Yorker. Su título: «¿Y si dejamos de fingir?».

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Thunberg subió en enero esta imagen a Twitter comiendo en un tren. La imagen ‘certificaba’ que es vegana: ensalada, hummus, pan y café… pero todo ello en envases de plástico de un solo uso. También fue polémico su viaje en velero a Estados Unidos. Lo hizo para evitar la contaminación del avión, pero el barco estaba patrocinado por BMW y un banco suizo

Franzen escribe que, siendo realistas, la lucha contra el cambio climático ya no se puede ganar, que la catástrofe es inevitable. Y que quizá resultaría liberador admitirlo y dejar de fingir, de hacer como si se estuviera trabajando duro para contener el cambio climático. Es demasiado tarde. No hay nada que hacer, escribe Franzen. Pero ¿una sociedad que no cree en un futuro mejor no está perdida?

La propuesta de Franzen de aceptar la hecatombe que se nos viene encima resulta difícil de asumir para una mente humana sana. Hacerlo también significaría que estamos locos. Aunque lo pensemos a veces, es una idea que no nos cala, que no termina de llegar a nuestra conciencia. Porque, para tener esperanza, debemos protegernos de un exceso de realidad, de querer saber demasiado, de querer tomar la pastilla roja en vez de la azul.

Así, nuestra conciencia azul, la acomodaticia, nos susurra dos cosas, una en mayor medida que la otra según cada cual. La primera: que no va a ser el fin del mundo, que seguiremos adelante, que todo saldrá bien. La segunda, en cierto modo derivada de la anterior: que a lo mejor Greta Thunberg sí que está loca.

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