A contracorriente. Así se siente este escritor. Y asegura que ha pagado un alto precio por ello. Por Virginia Drake

Nació en Baracaldo hace 44 años, pero sus raíces son zamoranas como las de León Felipe o Clarín. Hijo de padre abogado y nieto de comerciante de pueblo, Juan Manuel de Prada acompañaba con frecuencia a su abuelo a la biblioteca, donde el mayor de la familia leía los periódicos para ahorrarse unas pesetillas en el quiosco y el menor devoraba libros de Tintín, Stevenson o, con el tiempo, de Poe, Agatha Christie y Henry James.

Se licenció en Derecho por la Universidad de Salamanca, y de vuelta a Zamora, donde pasó su infancia y su adolescencia, se dedicó a su verdadera pasión. la literatura. La tempestad no fue su primera novela y, según él, tampoco la mejor, pero sí la que lo dio a conocer como escritor, dentro y fuera de nuestro país, tras conseguir con ella el premio Planeta (1997), con tan solo 27 años. The New Yorker llegó a decir de De Prada que era uno de los seis escritores menores de 35 años más importantes de Europa.

Enorme como un armario y con aspecto de seminarista, de De Prada sorprenden su cara aniñada y sus pequeñas y delgadas manos de escritor romántico. Se reconoce un ser atípico que nada a contracorriente y un convencido tradicional de difícil adaptación en los tiempos que le han tocado vivir.

XLSemanal. Antes de entrar en harina, dígame. ¿tiene usted como libro de cabecera el diccionario de las palabras en desuso? ¡Vaya alarde de castellano inusual el suyo!

Juan Manuel de Prada. Jajaja, te hago una promesa solemne. ¡yo no uso el diccionario para escribir! No lo he usado jamás, si no es para corregir y limar el sentido de una palabra o para ver si la he utilizado bien, nunca para escribir.

XL. Pues entonces es preocupante. Recuerdo un verso de Juan Ramón Jiménez. Donde puedas decir pájaro, no digas ave.

J.M.P. Yo no estoy de acuerdo, creo que cada palabra tiene su sentido y su momento; y, probablemente, cuando dices ‘pájaro’ o ‘ave’, es porque no sabes decir ‘alcotán’ [risas].

XL. ¡Me rindo! Vamos a la novela que acaba de publicar, Morir bajo tu cielo, que también podría haberse llamado Los últimos de Filipinas.

J.M.P. Siempre me llamó la atención Filipinas porque es un país que durante tres siglos fue parte de España y con el que hoy, prácticamente, no mantenemos ninguna relación especial. En cincuenta años, los americanos devastaron todo el legado español. Nunca hubo militares y apenas colonos. Fueron los frailes los que la evangelizaron y la organizaron.

XL. Trescientos años unida a España y no queda rastro de nuestro idioma.

J.M.P. Es que los frailes evangelizaron en las lenguas indígenas.

XL. No deja títere con cabeza en esta novela. el Ejército, la Iglesia, la monarquía

J.M.P. Hago una crítica despiadada a la Restauración. Fue una época nefasta. Se repartieron el poder liberales y conservadores que se cambiaban el gobierno cada pocos años y se repartían la pasta y dejaron fuera a los carlistas y a todas las fuerzas obreras; lo que llevó a una corrupción política monstruosa.

XL. En casi todo lo que escribe usted, últimamente, la religión tiene un papel importante. En esta ocasión, los dos protagonistas son un sacerdote y una monja. Luego protesta porque no le gusta la etiqueta de ‘escritor católico’.

J.M.P. Sería falso no tratar el tema porque en Filipinas, como te dije, fueron frailes quienes se encargaron de la evangelización y de la administración. En Morir bajo tu cielo distingo, además, entre dos Iglesias diferentes. la oficial y otra más heterodoxa. Sor Lucía y fray Cándido son dos rebeldes a la autoridad civil y eclesiástica. También hablo mucho de la otra Iglesia, la que se arrima al poder y quiere chupar de los Presupuestos del Estado

XL. En su aventura filipina, sor Lucía enamora a dos hombres a la vez pero ni come ni deja comer. ¿No es un poco morboso?

J.M.P. [Se ríe]. Ella no se enamora; coquetea o se aprovecha de que se han enamorado de ella. Mientras escribía la novela, te confieso que tenía en la cabeza a Audrey Hepburn en Historia de una monja, que también enamoraba a los hombres y que tampoco sucumbía. ¡Por favor! No vamos a pensar que las monjas tienen que sucumbir al amor de los hombres.

XL. También es casto el amor entre la mestiza Guicay y el soldado español Chamizo. ¿De verdad quiere vender libros?

J.M.P. [Risas]. Es que en aquella época todos lo eran. Como te puedes imaginar, un carlista no va a permitir que su hija se ponga a follar, ¿no? ¡Hala! ¡Venga! ¡A follar antes del matrimonio! Hay que hablar con propiedad, estamos en 1898. Lo que pasa es que, desde nuestra óptica, siempre queremos que la relación sea más cochina.

XL. ¿Cochina? Solo le falta decir cochina y sucia por sucumbir al amor.

J.M.P. Vamos a ver, Guicay no es ninguna mojigata. Es una chica muy lanzada, pero dentro de las convenciones de la época y de la clase social a la que pertenece.

XL. La novela podría responder a la etiqueta de ‘romántica’; porque, al final, el amor mueve a todos los personajes y triunfa.

J.M.P. Si aceptamos por romántica una novela en la que las pasiones más nobles e innobles tienen mucha presencia, podríamos denominarla así.

XL. También tiene tintes sádicos. ¿Qué necesidad tenía de crear un personaje tan deplorable, sádico y maligno?

J.M.P. Es un endemoniado. En nuestra época, lo llamarían ‘psicópata’.

XL. ¿Qué le han hecho los holandeses para que el endemoniado de su libro sea uno de ellos?

J.M.P. Holanda me parece un país ínfimo que ha dado muy pocas cosas en su historia. Fuera de Rembrandt, poco más.

XL. ¡Haciendos!

J.M.P. Jajaja. Holanda me parece la sentina de todas las delicuescencias.

XL. ¿Cómo?

J.M.P. La sentina, sí; ese lugar donde están todas las deyecciones y toda la mierda, la letrina de lo que ha sido toda la bazofia occidental de las últimas décadas. Pero, al mismo tiempo, es un homenaje a un actor holandés que es uno de mis favoritos, Rutger Hauer, porque él siempre ha hecho de villano en las películas.

XL. ¡Ah, bueno! Con esto lo perdonarán los holandeses [risas]. Asegura que es un escritor a contracorriente. ¿Lo dice por su constante defensa de la religión católica?

J.M.P. No es que vaya a contracorriente; es que soy un perro verde. A mí, todo esto me ha conllevado un absoluto apartamiento y ostracismo incluso en los propios ambientes católicos.

XL. Cuando en la novela se refiere al pensamiento liberal, lo hace como si fuera algo perverso. ¿Para usted es impensable un católico liberal?

J.M.P. Hay una incompatibilidad de fondo entre el catolicismo y cualquier ideología, por la sencilla razón de que todas las ideologías son sucedáneos religiosos. Por otra parte, el término ‘liberalismo’ es demasiado difuso. durante mucho tiempo, la Iglesia condenó el liberalismo político, admitiendo el económico. Pero el Papa actual está lanzando unas andanadas contra la economía de mercado que tienen encabronadísimos a liberales y ‘neocones’.

XL. ¿A un verdadero cristiano le deberían servir solo sus valores, sin necesidad de suscribir ideologías políticas?

J.M.P. Hay un pensamiento político, económico, social y moral cristiano que hace innecesario que quien la profesa se adhiera a ideología alguna. Las ideologías son religiones falsificadas, que prometen el paraíso en la Tierra.

XL. El Papa Francisco suscita muchas simpatías. ¿En usted también?

J.M.P. Creo que es un papa al que le gusta agradar al mundo; lo cual a veces está bien porque su obligación es llevar el Evangelio a todas las gentes y, en ese sentido, es bueno que se dirija a todo el mundo y que le guste incluso a aquellos a los que hasta ahora no se habían sentido atraídos. Pero la barrera está en ver hasta dónde es eso y hasta dónde es un intento de halagar. Esta es la cuestión.

XL. ¿Se espera de él que sea quien lleve a cabo la reforma pendiente dentro de la Iglesia? Una revolución vaticana.

J.M.P. En absoluto. Bergoglio es un conservador; un hombre al que se le encargó acabar con la Teología de la Liberación cuando estaba al frente de la provincia jesuítica de Argentina. Es un hombre que siempre se ha movido en el peronismo de derechas.

XL. ¿Qué no le gusta del Papa?

J.M.P. Me disgusta su populismo, sus afectaciones un poco excesivas de humildad; ese referirse a los curas como suntuosos Francisco tiene una veta popular estupenda, pero que cuando degenera en populista ya no me parece tan estupenda. Frente al rigor doctrinal de Benedicto que era un gran teólogo, este Papa introduce desconciertos constantes. Nunca hemos visto a un papa que dé sermones improvisados todos los días. Es una cosa insólita. Un papa no puede decir espontáneamente ciertas cosas para que luego la Oficina Vaticana tenga que intervenir y cambiar sus palabras para falsificar lo que ha dicho.

XL. Usted ha afirmado. Yo no soy de derechas, soy premoderno . Explíquese.

J.M.P. Nací en una pequeña ciudad de provincias y soy hijo y nieto de personas de pueblo. Por el tipo de vida que he llevado y por la educación que se me inculcó, soy una persona que ha vivido en un mundo que no tiene nada que ver con este mundo y al que, probablemente, no me he adaptado bien [muestra su precario teléfono móvil]. Compara el bicho este que tienes tú con el mío. El mío solo sirve para hablar y apenas lo uso. Mi conexión a Internet me la pusieron en el año 96 y solo la uso para mandar correos electrónicos.

XL. ¿Por qué no se lleva bien con los avances tecnológicos?

J.M.P. No es que me lleve mal, mujer. Pero a mí me gusta disfrutar de la amistad a través de la vida. La tecnología, en general, te aparta de la vida. Acabas como un gilipollas hablando con un amigo a través de Skype cuando podrías hacerlo en el bar de la esquina.

XL. Skype también le permite hablar a menudo con otros amigos que vivan en Tombuctú e incluso verles la cara.

J.M.P. Sin duda, en este tema estoy dispuesto a asentir en todo lo que digas. Pero tú bien sabes que las horas que estamos en Internet se las quitamos a poder estar con nuestros padres, hijos, amigos o novia.

XL. Cuenta que su abuelo le decía que no debía cambiar nunca sus hábitos, tanto si le va bien con ellos como si le va mal. ¡Viva el progreso!

J.M.P. [Se pone serio]. Eso que me dijo mi abuelo es fundamental. que no cambie mi forma de vida; que, si tengo éxito con mi trabajo, debo seguir viviendo como vivía antes de tener dinero; que me mantenga firme en aquellas cosas que a mí me han transmitido y que yo me encargue de preservarlas y de transmitirlas al que venga detrás de mí.

XL. ¿Hay que conservar todo lo que nos han transmitido?

J.M.P. Sí, creo que nuestro mundo se ha abrazado a las modas extranjeras, que con frecuencia han destrozado nuestras tradiciones. Sí, yo soy muy tradicional.

XL. ¿Y un poco reaccionario?

J.M.P. ¡Tradicional! Ser tradicional no implica ser retrógrado ni conservador. El conservador solo quiere mantener las cosas como están; frente al tradicional, que quiere mantener las cosas antiguas vivas y hacerlas presentes hoy, aunque sea de forma distinta.

XL. Una última curiosidad. dice que La tempestad es, probablemente, su peor novela

J.M.P. Sin duda. Estoy muy agradecido al premio Planeta, porque me dio a conocer a muchísima gente. Pero al escritor no lo hace ganar o dejar de ganar un premio.

XL. ¿Lo malo vende más?

J.M.P. No sé si ponerte un ejemplo que, a lo mejor, se consideraría políticamente incorrecto

XL. Pero si esos ejemplos son su especialidad [risas]

J.M.P. Vamos a ver. si una mujer preciosa va sin maquillar y vestida con unas ropas anodinas, los hombres no la miran. En cambio, si una mujer chabacana se maquilla de forma estridente llama la atención y la miran todos.

XL. ¡Vaya con el ejemplo, sí!

J.M.P. Y con el hombre, igual. Un chisgarabís se pone una camiseta tipo Ronaldo y triunfa. Yo creo que en la literatura hay algo de esto. cuando tocas una serie de temas, cuando le das un toque sensacionalista, cuando haces concesiones popularechas la obra, digamos, tiene más gancho.

XL. ¡Ahora confiese! ¿A usted se le van antes los ojos detrás de la mujer maquillada y con escote o detrás de la anodina y sin arreglar?

J.M.P. ¿Ehhhh? Jajaja Digamos que yo soy muy mirón y me fijo en todas, pero con la que me quedo es con la discreta [se ríe].