Marineros, periodistas, grafiteros, soldados, narcos, académicos, pintores… A Arturo Pérez-Reverte le faltaba un espía en su amplia galería de personajes. Ahora ya lo tiene. Se llama Falcó y en apenas dos semanas asaltará las librerías. Una ocasión de lujo para hablar con el escritor sobre espionaje, guerras, literatura y unas cuantas cuestiones más. Por Fernando Goitia

Una criatura se dispone a llegar al mundo. Pero no es ningún bebé. Viene ya crecidito, con el rostro anguloso, rictus de dureza cruel, gabardina, cigarrillo entre los dedos y una Browning semiautomática de 9 mm siempre en el bolsillo. ¿Su nombre? Falcó.

Ante su inminente presentación en público, el 19 de octubre, su padre no puede estar más excitado. Arturo Pérez-Reverte acaba de dar a luz a un personaje llamado a perdurar -ya prepara la segunda entrega-, «un sujeto al que llevaba madurando desde hace tiempo», y con el cual, confiesa, se lo ha pasado, y se lo va a pasar, en grande. Para hablar de Falcó [Alfaguara], primer título de una saga y adelanto en toda regla de las posibilidades que ofrece a su creador este «espía español completamente amoral y sin ideología; el tipo perfecto para contar muchísimas cosas interesantes», Pérez-Reverte recibe a XLSemanal en su casa. Allí, rodeado de los más de 30.000 volúmenes de su biblioteca, nos descubre los entresijos de Falcó, a quien -así, como para empezar a saco, sin piedad ni tapujos- ha puesto al servicio de los falangistas en el otoño de 1936. «Todo esto de aquí detrás son títulos sobre la Guerra Civil -dice, y señala hacia la sección contigua al sofá biplaza de cuero cobrizo donde tiene lugar la charla-, tanto de izquierdas como de derechas». A juzgar por lo que se dispone a contar, es más que probable que se los haya leído todos. «Ahora bien, antes de empezar, una advertencia -establece-. Esta no es una novela de la Guerra Civil, que quede claro. No tiene nada que ver con lo que en España, país que parece no saber vivir sin etiquetas, se ha dado en llamar así». Bien. Hecha esta salvedad, arranquemos.

XLSemanal. Entiendo su precaución ante la etiqueta «novela de la Guerra Civil», pero hace tiempo ya que, para el público, una novela de Pérez-Reverte es, ante todo, una novela de Pérez-Reverte…

Arturo Pérez-Reverte. Lo sé, lo sé. No es miedo, porque a estas alturas ya me dirás tú a qué temo yo, pero como este es un país tan mezquino prefiero evitar, en la medida de lo posible, esa etiqueta. Ya sabes: «¡Ah, otra novela sobre la Guerra Civil!». La guerra es apenas el escenario de la acción; un elemento más, como lo es el sexo, la propia aventura, el tráfico de armas… Para el personaje, la Guerra Civil es apenas un episodio más de su vida; tres años en una vida de aventuras.

XL. En todo caso, atraviesa el conflicto desde el punto de vista de un personaje ajeno a ideologías; un abordaje inédito en la tradición española, que idealiza o condena a un bando o al otro…

A.P.-R. Así es. No hay precedentes, este personaje no existe antes. No me he planteado hacer un James Bond o un Sam Spade o un Marlowe español. No. Yo lo que cuento es España. Falcó es enteramente español y responde a mi deseo de crear un aventurero golfo, simpático, vividor, mujeriego y políticamente incorrecto, que lo mismo se mete cocaína que fuma; un tipo amoral y sin ideología que atraviesa ese mundo dominado por las ideologías.

“A este país sólo puede salvarle la cultura. Y no me refiero a lo que hace Almodóvar. Hablo de educación, memoria, historia y conocimiento”

XL. La Guerra Civil es el comienzo del fin de ese mundo…

A.P.-R. Sí, se acerca el final, pero todavía existe el glamour del viejo mundo que se adapta a la zona oscura de los totalitarismos que emergen. Mover a un personaje como este por esa época era una tentación que me perseguía desde hacía mucho tiempo; imaginar lo que fueron en su momento el comunismo y los fascismos. Ten en cuenta, por ejemplo, que todavía no había campos de exterminio y que los nazis despertaban elogios. Si lees la prensa española, francesa o inglesa de la época, verás cómo se habla de «la nueva Alemania» o de «la nueva Italia». El falangismo, de hecho, se inspiró en los italianos. Ahora todo suena a muerte, pero entonces era la modernidad, con gran capacidad de seducción. Es muy difícil ver eso con ojos actuales.

arturo perez reverte xlsemanal

XL. En la novela se van mencionando, de pasada, escenarios de aventuras previas del personaje. En Estambul, por ejemplo. Es el anticipo, supongo, de las próximas entregas, ¿no?

A.P.-R. Eso es, habrá episodios anteriores a este. Ya estoy con el segundo, de hecho. Pero no digo nada más.

XL. Turquía en los años veinte y treinta es un escenario fascinante. Y muy peligroso. ¿Qué se le habría perdido a un espía español por allí?

A.P.-R. Bueno, España tenía intereses, como toda Europa. Turquía siempre ha sido un actor clave en la geoestrategia mundial. Había espías de la URSS, de los fascismos, de las viejas monarquías europeas, sobre todo de las balcánicas; con un ambiente de tensión e incertidumbre tremendo. Y España, como todo el mundo, tenía sus agentes allí, en los Balcanes…

XL. Pese a esta importancia, Turquía siempre ha sido menospreciada…

A.P.-R. Es cierto, y seguimos sin comprenderla. Hoy se ve muy claro.

XL. La aparición de Falcó implica que no habrá regreso inminente de Alatriste. ¿Tenía ganas de crear una nueva saga?

A.P.-R. Alatriste es mi personaje más clásico y ha llegado a lugares que jamás podría imaginar. Un profesor de ética, por ejemplo, estuvo trabajando un curso entero sobre la ética de Alatriste con sus alumnos. ¡Imagínate! Tiene reglas, códigos y lealtades que lo hacen moralmente salvable, pero el cuerpo me pedía otra cosa.

“La grandeza del ser humano es su capacidad de pelear y enfrentarse a la dureza de la vida. Es lo que valoro y lo que honro en todas mis novelas”

XL. ¿Un cínico, por ejemplo?

A.P.-R. Sí. Me divertía la idea de crear un personaje amoral, un bala perdida, sin más condicionamientos que su propio interés.

XL. Cuando su jefe le dice a Falcó: «Se han sublevado los militares», él replica con un: «Vale, ¿y estamos a favor o en contra?».

A.P.-R. [Se ríe]. Esa es su esencia. Le da igual. En un país tan politizado como este, donde todo el mundo te pega una etiqueta -que si eres de derechas, que si de izquierdas- en cuanto te descuidas, quería romper con ese esquema.

“Cuando alguien dice ‘patria’, échate a temblar. Por si no fuera suficiente con uno, en España tenemos varios patriotismos que niegan la solidaridad”

XL. «Patria y negocios van de la mano», dice otro personaje…

A.P.-R. Así es, y todo sigue igual. Cuando alguien pronuncia la palabra ‘patria’, échate a temblar. En España lo sabemos bien ya que, como si no fuera suficiente con uno, hay varios patriotismos que niegan la solidaridad. La parte buena del patriotismo es que une a la gente; pero la parte mala es que crea insolidaridad. Toda una paradoja.

XL. Falcó es apátrida, machista, misógino y sin escrúpulos, pero también un tipo que dice grandes verdades y que te hace reír…

A.P.-R. Esa es la idea, sí: conseguir que los diálogos, las ideas y las conclusiones de Falcó te parezcan simpáticas. En eso estriba la dificultad de construir una novela. Porque muchos novelistas te dicen: «Fulano de tal es guapo, simpático e inteligente». Bien, pero sigues leyendo y eso no se desarrolla. Si alguien es simpático, no te lo digo; te lo muestro, ¿no?

XL. En Falcó experimenta con un género que apenas había explorado. Cuénteme cómo se lo ha pasado.

A.P.-R. Pues en grande. La novela exigía diálogos cortantes, descripciones breves y precisas; una economía de medios que no tengo en otras novelas. Es seca, dura, rápida…, pero con densidad. Hay tontos que creen que una novela de espías no puede ser densa, pero yo no escribo best-sellers. Mis novelas se venden mucho y me alegro, pero hago otra cosa.

XL. La admiración hacia los luchadores impregna toda su obra. Aquí lo hace al diferenciar entre quienes se dejaron la piel en la trinchera, no importa de qué bando, y aquellos que aprovecharon para enriquecerse y ajustar cuentas lejos del frente…

A.P.-R. Es que lo que le da grandeza al ser humano es la capacidad de pelear y enfrentarse a la dureza de la vida. Es cierto, si hubiera que resumir mis novelas, sería eso. El valor, la entereza ante su destino, ante la enfermedad, el fracaso, la soledad, la muerte, el desamor…, es lo que honro en mis novelas.

XL. ¿Hasta qué punto somos todavía rehenes de la Guerra Civil?

A.P.-R. No sólo de la Guerra Civil. Son muchos siglos de mal gobierno, de incultura, de religión católica, de oscuridad, de quemar libros, de curas diciendo desde los púlpitos cómo tenían que ser los matrimonios, la vida en general y hasta la política; de reyes imbéciles y ministros corruptos… Todo esto nos ha dejado un trauma de vileza histórica del que sólo la cultura nos sacaría, pero como la han destrozado no tenemos posibilidad de curarnos. Y cuando hablo de cultura no me refiero a lo que hace Almodóvar, sino de educación, memoria, historia, conocimiento… Esas cosas.

perez reverte

XL. «Todas las novelas se gestan igual. Llevas el mundo a cuestas y, de pronto, surge el clic, el punto de partida». ¿Cuál fue el de esta?

A.P.-R. Primero, que tengo muchos recuerdos familiares y personales -fotografías, libros, mucho material- de los años veinte, treinta y cuarenta. Hay incluso un pariente, mi tío Lorenzo, que, bueno, no vivió así, pero que algo tiene que ver. Después, que siempre me ha parecido un mundo interesante desde el punto de vista narrativo y también estético, con mucho encanto.

XL. Ese mundo del espionaje se ha transformado por completo. ¿Daría la historia de Edward Snowden para una novela de espías?

A.P.-R. No había pensado en ello, la verdad, no sé… Supongo que una de espías en el entorno actual sería muy aburrida.

XL. ¿Con la tecnologización pierde el género atractivo literario?

A.P.-R. Eso creo. El móvil ha matado a las novelas de intriga. No hay peli en la que no desempeñe un papel determinante. Que yo me he jugado la vida para encontrar un teléfono en Líbano, Angola, Mozambique; te lo digo en serio, para transmitir. Ahora un espía debe comunicar información vital; pues coge el teléfono, marca y dice: «Mañana a tal hora…».

XL. Sí, «mañana a tal hora manden un dron a…».

A.P.-R. [Se ríe]. Eso es. El mundo actual le ha quitado el encanto a las historias de espías. Por eso, puestos a hacer una, prefiero meter a gente interesante de los años treinta y no a funcionarios informatizados como los que aparecen ahora.

“Alatriste tiene reglas, códigos, honor, pero el cuerpo ahora me pedía otra cosa. Falcó es amoral, una bala perdida. Me atraía hacer este personaje en un país tan politizado como el nuestro

XL. ¿Le gusta, por ejemplo, Jason Bourne?

A.P.-R. Es que Bourne no existe, es un superhéroe. Conozco espías de todos los países y nada que ver, créeme.

XL. Cuando crea personajes, ¿le siguen viniendo a la cabeza personas que conoció cuando era reportero?

A.P.-R. Claro. Un escritor es lo que lee, más lo que vive, más lo que imagina. En este sentido tengo una ventaja, y es que a mí la violencia no me la han contado. He visto torturar, violar, matar; cuando hablo de soledades, miedos, torturas, asesinatos, trenes oscuros o encuentros peligrosos en plena noche, no pienso en películas que he visto ni en novelas que he leído. Eso ayuda a darle una dosis de realismo personal narrativo que es mío.

XL. Hay, por ejemplo, una escena de tortura en Falcó. ¿Está extraída de algún recuerdo?

A.P.-R. Está tomada de algo que semipresencié en Angola. En esta novela -en todas, pero en esta de forma especial- hay muchas escenas de mis recuerdos.

XL. ¿Qué es lo que vio exactamente en Angola?

A.P.-R. Conocí a un tipo, Felipe se llamaba, que estaba torturando a uno y, en un descanso, yo como reportero, tomamos una copa y me explicó sin ningún pesar, con toda naturalidad, cómo se torturaba: cómo convenía no pasarse, cómo un torturador torpe hacía que muriera el torturado antes de hablar, cómo uno inteligente consigue que el otro simpatice con él… Hay mucha gente cuyo trabajo consiste en matar, torturar, espiar y poner bombas. Son personas que no identificarías por la calle. Yo he tomado copas con violadores, torturadores, asesinos, narcos y estoy muy orgulloso de haber conseguido que se las tomaran conmigo. Les debo haber entendido la parte oscura del ser humano y muchas cosas que he puesto en mis novelas.

XL. ¿Mantiene contacto con alguno de ellos?

A.P.-R. Sí. Alguno hasta lee libros y le envío ejemplares de los míos. Hace poco, de hecho, necesitaba saber un aspecto de las finanzas del narco, llamé a uno que mueve estas cosas y el tío me habló de paraísos fiscales y de toda la estructura. Y la he utilizado. En otra cosa, no en Falcó. Tengo una agenda así de gorda llena de nombres indeseables que me son útiles. Con todo eso antes hacía reportajes, ahora escribo novelas.

XL. Hablando de narcos, ¿cómo vio aquel episodio de la entrevista de Sean Penn al Chapo Guzmán?

A.P.-R. Bueno, es que Sean Penn jugó sucio. Se fue de la lengua y comprometió a Kate del Castillo. La utilizó y después, como es un hipócrita -como buen anglosajón-, se presentó como defensor de la libertad de prensa o algo así; pero para él se trataba de dar un golpe publicitario para vender su historia y dejó vendido a todo el mundo. Se portó como un cerdo.

XL. A Sean Penn le recriminaban, precisamente, el hecho en sí de haberse entrevistado con un criminal…

A.P.-R. Sí, esto escandaliza a muchos. Vivimos en un mundo tan estúpido que hay quien piensa que un escritor debe tomar una posición moral. ¿Qué pasaría entonces con Céline o Bukowski? Es ridículo. Yo describo un mundo en el cual hay violencia y busco fuentes para reflejar eso de forma lo más fidedigna posible. Punto. Exigir a un novelista un compromiso moral es una estupidez, es no tener ni idea de lo que es la literatura. Tampoco entiendo al lector que busca siempre el mismo tipo de novela, donde las convicciones de los personajes o del autor encajen con las suyas. Sucede mucho en España.

XL. Esto que dice me remite a la cuestión de las etiquetas sobre la Guerra Civil que comentaba antes…

A.P.-R. Totalmente. Es que este es un país muy elemental y entendemos por cultura cuatro tuits baratos que todos repiten. Se juzga sin conocer. Es muy difícil que un español razone desde la ausencia de etiquetas. Para eso hace falta cultura, educación y siglos de espíritu crítico que no todos tienen. «A ver, que me aclare, ¿eres de derechas o de izquierdas?». Esa necesidad de que tomes partido, de que nadie pueda ser equidistante y ecuánime, y de que todos seamos militantes de algo, es peligrosísima. Está invadiendo la literatura, el periodismo, la política… Por eso tenemos este panorama político, paralizado porque nadie se atreve a salir de esta especie de control.

XL. Lo vemos, por ejemplo, en las redes sociales, donde se lincha a gente basándose en juicios de segunda, tercera o milésima mano…

A.P.-R. Sí, pero las redes son sólo una herramienta que permite llegar a más gente al típico que se carga a Céline por fascista, a Gorki por ser amigo de Lenin o a Rosa Montero, por poner un ejemplo más cercano, por feminista.

XL. Usted, junto con gente como Hemingway, figura en una lista de «escritores machistas»…

A.P.-R. Es que como me burlo de los extremismos idiotas, pues me llevo bastante mal con las ultrarradicalfeministas. Cualquiera que lea mis novelas sabe que ahí las mujeres son fundamentales: dueñas de sus vidas, con coraje y, normalmente, con mucha más densidad humana que los hombres. Quizá si alguna ultra de estas se leyera alguna no me odiaría tanto. Y si no entiende, pues, oye, como decían cuando era pequeño: «Haber estudiado más» [se ríe].

XL. A sus 64 años, ¿se sigue sorprendiendo consigo mismo al abordar una nueva novela?

A.P.-R. Ah, sí. Una novela es un ejercicio de adiestramiento y de educación personal. Escribir me ha ayudado a serenarme, a ordenar mi vida, a mirar, a comprender… Creces con cada novela. Y envejeces. Como me dijo Oriana Fallaci poco antes de morir: «Arturo, es que escribir novelas mata más que las bombas». Y es verdad, porque es un trabajo tremendo. Que yo curro ocho horas todos los días y termino destrozado.

“Oriana Fallaci me dijo poco antes de morir: ‘Arturo, escribir novelas mata más que las bombas’. Y es verdad. Que yo curro ocho horas todos los días y termino destrozado”

XL. ¿Es una queja?

A.P.-R. ¡Para nada! Soy un hombre feliz gracias a la literatura. Mi vida está resuelta desde hace tiempo, no necesito escribir por motivos económicos, pero me excita, me mantiene vivo, lúcido, me obliga a mirar alrededor, a leer y releer libros, a analizarme y a analizar a los otros. Es fascinante.