Como un ave fénix, muchos animales renacen cada tanto de sus cenizas al desprenderse de su antigua piel para seguir creciendo

Pedanio Dioscórides, famoso por sus conocimientos médicos en todo el mundo antiguo, permanecía hipnotizado mirando fijamente el suelo. Allí, a la sombra de un arbusto, una culebra de escalera comenzaba a mudar su piel. El médico griego había oído hablar de una prodigiosa capacidad de las serpientes, pero jamás había tenido la oportunidad de comprobar la veracidad de la historia. La culebra parecía petrificada. Su cuerpo, su piel e incluso sus ojos habían adquirido un tono ceniciento que hizo dudar al médico si el reptil había muerto. Pero la serpiente se movía; poco, espasmódica y tímidamente, pero se movía.

El tiempo pasó sin que el estudioso se diera cuenta. La piel cenicienta del ofidio se había abierto por la cabeza y un nuevo reptil fresco y brillante salía impoluto de aquel viejo cuerpo que quedaba como un sudario marchito con la forma exacta de la serpiente. El prodigio se había producido. Dioscórides pensó que por fin había asistido al milagro de la resurrección, al prodigio del mismísimo ave fénix, redivivo tras surgir de sus cenizas. Entusiasmado por su descubrimiento, tomó la piel vieja del reptil y la guardó celosamente. Con suerte, aquel despojo de la serpiente resucitada contendría alguna de las propiedades del mayor de los tesoros. la eterna juventud.

Hoy que está tan de moda la búsqueda de la juventud y proliferan por doquier métodos de rejuvenecimiento tan imaginativos como inútiles, se vuelve a mirar a reptiles y artrópodos con las mismas ingenuas intenciones, seducidos por su supuesta capacidad de regenerarse por completo. Porque como la serpiente de Dioscórides, muchos animales cambian la piel de una sola vez y renuevan su apariencia externa en un figurado renacimiento.

Los artrópodos y algunos otros ecdisozoos son los que lo hacen de una forma más llamativa. Al tener un esqueleto externo rígido e inmutable, este grupo de animales no puede crecer progresivamente. En un momento determinado, cuando llega la hora de aumentar de tamaño o cambiar radicalmente a una fase más desarrollada el caso de las metamorfosis entre los insectos, aprovechan el exoesqueleto rígido como un cuarto en el que cambiarse de ropa de una forma segura. En ese momento, el animal entra en un estado de vida latente y, a salvo en el refugio protector de su funda rígida, sufre una metamorfosis o sencillamente crece. Luego, el exoesqueleto se rompe como la cáscara de un huevo y el animal renovado surge de su interior. Para poder llevar a cabo este proceso, su nuevo exoesqueleto es blando al principio y solo se endurece al contacto con el exterior. De esta forma, el animal que surge de la antigua muda puede resultar mucho mayor que el anterior. Es algo así como si nosotros pudiéramos crecer dentro de nuestra piel y quitárnosla como un pijama viejo cuando el proceso hubiera terminado y fuéramos más grandes y desarrollados.

También los reptiles, animales que tienen un esqueleto interno como nosotros, deben mudar su piel cuando crecen. La epidermis de los reptiles está cubierta de escamas queratinizadas que protegen el cuerpo contra la pérdida de agua a través de la piel. Durante toda su vida tendrán el mismo número de escamas de manera que, al crecer las escamas, también deberán aumentar de tamaño. Al hacerlo, la capa más externa de las escamas se desprende y el animal pierde una capa homogénea de epidermis con la forma exacta de su cuerpo. El resultado es una copia en 3D, hueca y transparente, del cuerpo del que se ha desprendido. Incluso los ojos, en el caso de las serpientes, dejan su fina cutícula en estas fundas que los científicos llaman camisas. Cuando el nuevo reptil sale de la funda de su vieja piel aparece renovado, lustroso, y más grande. No es de extrañar, pues, que los antiguos consideraran que muchos insectos y algunos reptiles -especialmente, los ofidios- fueran animales mágicos. A los insectos se les atribuía el poder de la transmutación. Los primeros estudiosos vieron que algunos insectos parecían petrificarse y, al cabo de un tiempo, del interior de aquella forma inmóvil surgía otro ser completamente distinto; más complejo, grande y llamativo. Algo que todos podemos observar, por ejemplo, en el paso de cualquier oruga a su fase de mariposa. Aquello era la prueba latente de que los seres podían transformarse en otros distintos, lo que encajaba -y convenía- con las artes de la hechicería, la alquimia y la nigromancia.

Los reptiles, especialmente serpientes y culebras, eran capaces de despojarse de su antiguo cuerpo y surgir renovados. En los días anteriores a la muda se los veía viejos y desastrados, con la piel progresivamente más apagada. Luego parecían morir al quedarse inmóviles y, por fin, resurgían plenos de vida despojándose de su antiguo cuerpo. Eran, por tanto, la evidencia palpable de la posibilidad de alcanzar la eterna juventud, la vida eterna.

Cuando pedanio dioscórides estudió las camisas de las serpientes, a las que llamaba despojos, les atribuyó en su gran obra De materia médica diferentes poderes curativos como el de aliviar el dolor de muelas, curar el dolor de oídos o mejorar la vista. Pero no encontró evidencia alguna de la deseada fuente de la juventud. Parece que, en ese sentido y por mucho que se recurra a insectos, moluscos, serpientes y demás animales, no hemos avanzado mucho. Y la eterna juventud sigue tan inalcanzable como en tiempos de Dioscórides.