Simone de Beauvoir y Sartre fueron la cara del existencialismo, la filosofía emergente en una Europa en que todavía humeaban las ruinas de la guerra

Juntos combatieron en favor de todas las causas que creyeron justas, incluso de algunas que resultaron no serlo tanto. Viajaron por todo el planeta, hablaron de tú a tú con líderes mundiales, discutieron despiadadamente sus propias obras y polemizaron con sus contemporáneos en cafés que ahora son hitos del viaje turístico a París.

Fue una relación de máxima libertad sentimental con la única condición de contárselo todo

Y formaron también, hasta la muerte de Sartre (1905-1980), una pareja peculiar. Se habían jurado a la vez amor eterno y máxima libertad sentimental y sexual: la única condición era la de contárselo todo, una ‘transparencia’ que Sartre no siempre cumplió y que excitaba a ambos cómplices. Fueron diferentes: Sartre, conquistador compulsivo de mujeres jóvenes a quienes no podía seducir con su fealdad, pero sí con su labia y su fama, era capaz de ser desleal para conseguir sus objetivos. Simone de Beauvoir (1908-1986), el Castor de las dedicatorias del escritor, más activa sexualmente, necesitó colmar su exigente anhelo de amor dejándose querer por admiradores -también mujeres, aunque ella lo negaba-, un rudo novelista norteamericano (Nelson Algren) y muchos otros. Pero siempre estuvo pendiente de Sartre.