El club privado de Donald Trump en Palm Beach, Florida, se ha convertido en una especie de Casa Blanca alternativa. Aquí recibe a mandatarios los fines de semana y organiza recepciones mientras coloca a sus millonarios vecinos en puestos de confianza. ¿Se anima a entrar? Por Andreas Albes/Fotos: Cordon Press y Getty Images

Corren tiempos tormentosos en el paraíso de Donald Trump. El viento agita la inmensa bandera de la entrada, hojas de palmera barren el aparcamiento, y pequeñas olas se alzan en las piscinas mientras caen las primeras gotas sobre las baldosas de terracota. «Lujo, elegancia, clase… Este lugar encarna todo lo que Trump representa», asegura Angelika Kusnesova, esposa de un oligarca ucraniano miembro del club Mar-a-Lago desde hace diez años, mientras admite que esta mañana está un poco de los nervios entre el mal tiempo y la nueva máquina de helados del pabellón de la playa de Mar-a-Lago, cuyo molesto zumbido resuena a sus espaldas.

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Cada fin de semana que Trump pasa aquí les cuesta a los contribuyentes tres millones de seguridad. Se cierra el espacio aéreo en un radio de 50 kilómetros

Sí, no todo es ‘perfecto’ en esta versión del paraíso levantada por Donald Trump, conocida ya como la Casa Blanca de fin de semana. No en vano, desde que accedió a la Presidencia, ha pasado casi la mitad de los sábados y domingos aquí, en Palm Beach (Florida). Costumbre esta que eleva el presupuesto de seguridad del presidente en tres millones de dólares semanales.

Trump la compró por 8 millones de dólares. Poco antes de su elección dobló la cuota de socio; hoy, en 200.000 dólares

Mar-a-Lago es, en todo caso, mucho más que el refugio de Trump; es también un club que le reporta enormes ingresos. Se habla de más de 15 millones de dólares en 2014, aunque la cifra se habría multiplicado desde entonces ya que, poco antes de su elección, dobló la cuota de socio, hoy ya en 200.000 dólares. La demanda, aun así, es enorme. En febrero, las imágenes de la cena con el primer ministro japonés, Shinzo Abe, dieron la vuelta al mundo. Miembros del club fotografiaron el momento en que se conoció que Corea del Norte había lanzado un misil hacia aguas japonesas. «¡Qué fuerte! -escribió en Instagram uno de ellos-. Ver a dos líderes mundiales ha sido fascinante. ¡Como estar en el centro de la acción!». Desde aquel día está prohibido hacer fotos cuando Trump visita el club.

Hasta hace unas décadas no se aceptaban judíos, negros ni homoxesuales, hasta el punto de que una inmobiliaria se negó a venderle una mansión a Michael Jackson

Muchos senadores demócratas exigen que se haga pública la lista de socios, para dejar así en evidencia el amiguismo que caracteriza a Trump. Su vecino Wilbur Ross, un millonario que especula con productos financieros, es el secretario de Comercio. Varios socios veteranos han sido nombrados embajadores. Al concertista de piano Patrick Park le han dado la embajada de Austria; al empresario inmobiliario Brian Burns, la de Irlanda; y a Diana Ecclestone, la de Barbados.

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La propiedad de 10.000 metros cuadrados, se encuentra en una isla en el océano Atlántico. Trump ya la llama “la Casa Blanca del Sur”

En el pabellón de la playa de Mar-a-Lago, Angelika Kusnesova dice no entender las críticas a su club de multimillonarios. «Trump va a hacer de América un lugar tan estupendo como Mar-a-Lago», asegura, pese a las nuevas medidas de seguridad. Todos los coches son revisados con espejos y cámaras, «pero el personal de los servicios secretos es de una educación exquisita -afirma Kusnesova-. Auténticos caballeros». Los agentes, por ejemplo, han aprendido a abrir los capós de Bentleys, Rolls-Royce y Ferraris porque la mayoría de los dueños no saben nada de esas cosas.

El sueño de la fundadora

El complejo fue construido en 1927 como residencia de verano para Marjorie Merriweather Post, hija de una dinastía de fabricantes de copos de cereales y una de las mujeres más acaudaladas de Estados Unidos. El resultado, de estilo español, es espectacular: 58 dormitorios, 33 cuartos de baño, coquetos torreones, pan de oro en los techos, elegantes escaleras de caracol y 12 soberbias chimeneas. Una de las habitaciones, la favorita de Marjorie Merriweather, tiene forma oval y está adornada con estampados de rosas.

A su muerte, en 1973, cedió la finca al Estado, ya que siempre soñó con que se convirtiese en algo así como la Casa Blanca de invierno. El coste del mantenimiento anual resultaba, sin embargo, demasiado elevado, y el Gobierno la devolvió en 1981. Poco después, Trump ofreció 15 millones de dólares y, cuando los herederos rechazaron la oferta, amenazó con comprar la parcela contigua y construir hasta taparles la vista. Al final se la quedó por 8 millones y en los años siguientes construyó una sala de baile de 1900 metros cuadrados e hizo colocar en el comedor una mesa de mármol para 34 personas.

Trump utiliza como residencia un tercio del complejo principal; el resto lo comparte con los miembros del club. Por 1000 dólares la noche, los socios pueden dormir en aposentos históricos y degustar carne asada con la receta original de la madre de Donald. En las paredes cuelgan fotos de los integrantes de la familia y en una de ellas se ve al señor de la casa vestido con una camiseta blanca de tenis.

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Trump y su familia despidieron el año 2016 con una fiesta de 800 invitados a la que asistió Sylvester Stallone y en la que había helicópteros a disposición de los invitados.

A unas cuantas calles de Mar-a-Lago, Michael Kagdis, un millonario, «asesor de estrategia empresarial», saborea un café con leche al borde de su piscina. Vive desde hace 14 años en Palm Beach y está escribiendo un libro sobre la historia local. «El 60 por ciento de los vecinos votó a Trump -cuenta-, pero hasta su nominación era la persona más odiada por estos lares. No pertenece a este lugar».

No en vano, desde que Trump vive en Palm Beach, no ha parado de cruzarse demandas con las autoridades locales. Una vez fue por los setos, otra por un campo de golf, otra cuando quiso que se prohibiera a los aviones volar sobre su propiedad, otra por instalar un mástil de 25 metros de altura… En esta última, por cierto, tras declararse dispuesto a acortarlo tres metros, levantó un montículo de tierra de tres metros y colocó allí el nuevo mástil, a la misma altura que al principio.

“Lo votó el 60 por ciento de los vecinos -dice uno de ellos-, pero hasta su nominación era la persona más odiada por estos lares”

El municipio, con 11.000 habitantes y seis clubes de campo, es una franja de playa de diez kilómetros unida por puentes a tierra firme. En las mansiones de estilo mediterráneo, rodeadas por muros de varios metros y setos recortados con patrones geométricos, se ve a latinos trabajando. «Este es un vecindario conservador», asegura Kagdis. Hasta hace unas décadas no se aceptaban judíos, negros ni homosexuales, hasta el punto de que una inmobiliaria se negó a venderle una mansión a Michael Jackson. «Entonces llegó Trump -dice Kagdis-, provocando con su pretenciosidad y criticando a los clubes por racistas». En el suyo, Mar-a-Lago, solo había un criterio de admisión: abonar la exorbitante cuota de socio.

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Menos los obreros, Todos contentos

En Palm Beach la gente está dividida, aunque Kagdis cree que la mayoría valora la presencia de Trump. La vigilancia es mayor que nunca y, además, los precios de los inmuebles suben. «A la gente de aquí le vale con eso -dice Kagdis, mientras pesca un par de hojas en su piscina-. Si de vez en cuando hay atascos, bueno; en los círculos en los que nos movemos, no hay nada mejor que contarle a los amigos. ‘Uf, vaya lío que hemos tenido hoy, el presidente ha venido otra vez, y… Ya sabes’».

Buena parte de sus empleados son de origen extranjero

Las autoridades locales creen, suponen más bien, que Trump seguirá viniendo hasta mayo. De momento, ya se han cursado instrucciones para que los obreros y jardineros dejen sus trabajos los viernes a las tres de la tarde -la reducción de salario que implica la medida ha generado bastante descontento- y se ha habilitado un helipuerto, ante los atascos que genera el séquito del presidente, para descongestionar los accesos en la medida de lo posible.