AĂșn paladeo el placer que me supuso la lectura de Dulces guerreros cubanos, el libro mediante el que Norberto Fuentes, primoroso escritor cubano, ajustĂł cuentas con el rĂ©gimen castrista, al que sirviĂł en calidad, prĂĄcticamente, de amanuense del dictador Fidel Castro. Digo ‘amanuense’ y digo mal, ya que Norberto autor de la apĂłcrifa AutobiografĂ­a de Fidel ejercĂ­a de literato de cĂĄmara, de propagandista del sistema y de relator de los vaivenes de la RevoluciĂłn cubana. En realidad, lo que escribiĂł Norberto es una crĂłnica bĂĄrbara y primorosa del caso Ochoa, aquel que se llevĂł por delante la vida, mediante fusilamiento, de varios militares de la causa revolucionaria cubana bajo la acusaciĂłn de trĂĄfico de drogas y enriquecimiento personal, cuando en realidad se tratĂł de una purga interna en el mĂĄs estricto sentido estalinista del tĂ©rmino. A Arnaldo Ochoa, hĂ©roe de la RevoluciĂłn, estandarte de la absurda guerra de Angola, lo fusilĂł el castrismo para quitarse de en medio a un posible rival y para convencer al mundo de que la dictadura cubana no tenĂ­a nada que ver con los manejos de contrabando con el que se financiaba un sistema anquilosado y ruinoso. Aconsejo su lectura encarecidamente, ya que Norberto es, por demĂĄs, un volcĂĄn de estilo.Recientemente ha sido editado (PenĂ­nsula, 2014) otro volumen sin voluntad literaria que remeda algunos aspectos de aquella obra excepcional, pero que supone un aporte de datos enormemente esclarecedor de los interiores de la vida de Fidel. uno de sus escoltas inmediatos, Juan Reinaldo SĂĄnchez, aclara en La vida oculta de Fidel Castro algunos de los secretos comportamientos del lĂ­der comunista que aĂșn tiene obnubilados a miles de ciudadanos en el mundo libre. SĂĄnchez formaba parte del primer anillo de seguridad de Fidel, ese al que solo llegan los elegidos, gente que puede crujirte la espalda con un solo movimiento del dedo pulgar. tras protegerle al estilo de todos los guardaespaldas de grandes dirigentes, llegĂł el dĂ­a en el que entendiĂł que Castro estaba dominado por la fiebre del poder absoluto y el desprecio completo al pueblo al que decĂ­a dirigir. En el año 94, desencantado por todo lo que veĂ­a, oĂ­a, vivĂ­a, quiso retirarse y pidiĂł la licencia con un par de años de antelaciĂłn a la edad legal de su jubilaciĂłn. Por haberse atrevido a renunciar a defender a su comandante le encerraron durante algunos años en una celda infestada de cucarachas, le torturaron y trataron de eliminarle. Al salir, procurĂł la huida y la consiguiĂł en 2008 despuĂ©s de algunos intentos frustrados. Define a Fidel como a un autĂłcrata paranoico, cĂłmplice de narcotraficantes y manipulador financiero. Tal vez demasiado. O no. Obsesionado con la seguridad en una sociedad fuertemente vigilada y reprimida, Fidel circula en un coche con vigilantes armados y con un fusil entre sus propias piernas. Los vigilantes han de ser de su mismo grupo sanguĂ­neo por si fuera necesaria una transfusiĂłn de emergencia, viajan en cinco coches blindados y guardan un protocolo propio de guerrilla urbana. SĂĄnchez asegura, ademĂĄs, que el dictador cubano creĂł en los años sesenta la famosa ‘reserva del comandante’, una cuenta particular constituida con fondos especiales extraĂ­dos de la actividad econĂłmica nacional para ser usada a discreciĂłn en funciĂłn de sus necesidades privadas.Es evidente que muchas de estas revelaciones son dignas de ser colocadas en la prudente reserva de aquellos que creen que un ‘traidor’ a la causa puede incrementar hasta el delirio las acusaciones con tal de ejecutar una sonora y contundente venganza, pero con solo tomar por ciertas algunas descripciones verosĂ­miles del personaje nos sitĂșa ante un hombre digno del anĂĄlisis crĂ­tico con el que se le viene juzgando en los Ășltimos tiempos, esos que se caracterizan por el desencanto provocado por una revoluciĂłn fracasada, dictatorial, terrorĂ­fica y empobrecedora. De la que solo se podrĂĄ salir a partir del dĂ­a en que la desapariciĂłn de los dos hermanos Castro deje paso a una nueva remesa de polĂ­ticos hechos a los desafĂ­os de los tiempos que corren. En Cuba los hay, incluso dentro de las estructuras del rĂ©gimen, y no tienen mĂĄs remedio que esperar a que un jefe disminuido y enfermo deje de reinar sobre los seres humanos y de influir sobre los acontecimientos.

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