No hay agua corriente ni baƱos. Hay mĆ”s ratas que perros. Y nadie tiene trabajo. En el asentamiento chabolista de El Gallinero, en Madrid, viven 300 niƱos con sus familias. Un informe de Save the Children y la Universidad de Comillas alerta de una situación inimaginable en un paĆs del Primer Mundo. Sin embargo, hay esperanza. Por Nacho Carretero
Gracias a los voluntarios de la parroquia San Carlos Borromeo de EntrevĆas, que llevan 10 aƱos trabajando allĆ, los pequeƱos estĆ”n escolarizados y sus padres no trafican con drogas. Solo necesitan una oportunidad y no ser arrastrados por el fango.
Cuando termina, descansa con su mano en la cadera. Lleva un paƱuelo en la cabeza. No hay ni un solo desperdicio frente a su casa.
Hoy cae aguanieve sobre El Gallinero. El dĆa apenas regala un grado sobre cero, y la tierra se ha hecho barro en el poblado mĆ”s castigado de Madrid. Probablemente de toda EspaƱa. . Parecen frĆ”giles, improvisadas, pero estĆ”n hechas con habilidad. Bien hechas. Cogemos el material de la basura o madera y palos del campo, y con ellos construimos las chabolas , explica Leonard, uno de los vecinos del poblado. Pura supervivencia.

En un lugar acorralado por el barro, la basura y las ratas, las familias intentan mantener sus chabolas limpias, ordenadas y decoradas.
Ocupan 20.000 metros cuadrados. Las chabolas tienen luz gracias a unos improvisados postes que desembocan en una toma donde se acumulan conexiones y cables. Si se estropea eso, adiós a la electricidad en el poblado. No tienen agua. Solo hay una fuente a 500 metros, donde las mujeres llevan los bidones a primera hora de la mañana. No tienen baños. Un lado del poblado sirve para los hombres y el otro para las mujeres. Los niños improvisan. Cuidado por dónde se pisa.
En medio, basura. Kilos de basura. Se acumulan en los badenes naturales, grandes zanjas convertidas en vertederos que discurren entre las chabolas. Y, con ellas, los gatos, perros y ratas (‘ratones’, como los llaman los niƱos) que campan a sus anchas entre las chabolas. Las mordeduras a niƱos son habituales. Por cierto, estamos en Madrid. A veinte minutos de la Puerta del Sol. Si yo fuera polĆtico y esto siguiera en pie, dejarĆa la polĆtica . Habla Jorge, voluntario de la parroquia San Carlos Borromeo de EntrevĆas. Acude casi a diario a ayudar a los habitantes de El Gallinero. Llevan aquĆ desde el aƱo 2000, cuando los echaron de la CaƱada Real , explica. En este lugar se vulneran derechos humanos. AsĆ de claro. Y nadie hace nada .

Ā«Tenemos dos hijos, y el mejor dĆa sacamos 15 eurosĀ»
Samuel y MarĆa, de 19 y 17 aƱos. Tenemos dos hijos y vivimos en la chabola del hermano de Samuel. AhĆ estamos bien. Pero tenemos la ropa metida en una mochila para poder sacarla rĆ”pido si vienen a derribarla. No tenemos trabajo, lo que hacemos es ir a pedir. A veces sacamos 15 euros, y eso es un buen dĆa. Para comer, necesitamos la ayuda de Cruz Roja y de los voluntarios .
Casi todos los habitantes de El Gallinero viven de la mendicidad. De 94 familias, solo 15 perciben la renta bĆ”sica. Cruz Roja, CĆ”ritas y la parroquia de EntrevĆas hacen el resto. Piden, limpian parabrisas o venden el periódico benĆ©fico La Farola. Un dĆa soberbio es volver con 20 euros a casa. Pero el autobĆŗs ya nos cuesta ocho , se queja Olivia, madre de tres hijos. A veces no nos llega para regresar . No estĆ”n libres de pecado, claro. Sobre una pendiente pegada al poblado descansan metros de cable. Algunos vecinos se dedican al hurto de cobre. DespuĆ©s lo queman y lo revenden. Cuando vemos salir humo del poblado explica un agente de PolicĆa, nos acercamos porque sabemos que estĆ”n quemando cable . TambiĆ©n hay lo que la PolicĆa llama ‘descuideros’.
 Aquà no hay trÔfico de drogas. Los niños estÔn escolarizados.
AlgĆŗn grupo, sobre todo de mujeres, que se desplaza al centro de Madrid y allĆ se agencia carteras de turistas despistados. Son hurtos sin violencia, no son conflictivos , comenta el agente. La PolicĆa afirma, ademĆ”s, que en El Gallinero no hay trĆ”fico de drogas, algo que no puede decir el vecino sector 6 de la CaƱada Real, el asentamiento chabolista mĆ”s grande de Europa. Nos llevamos bien con ellos , dice un vecino. A veces traen electrodomĆ©sticos para que los desguacemos y nos dan 15 euros . Jorge, el voluntario, confiesa despuĆ©s. No se llevan nada bien. En realidad les tienen miedo. Hay bandas en la CaƱada muy peligrosas .

«Espero mi cuarto hijo. Me quedan tres pañales»
Ana, de 24 años. Estoy esperando mi cuarto hijo. Mi marido gana unos 100 o 150 euros al mes para todos, y yo no puedo salir a pedir porque estoy embarazada. Ahora mismo, me quedan tres pañales y se me ha acabado la leche. Siempre es asà .
La primera generación que va al cole
El 70 por ciento de los niƱos de El Gallinero estĆ”n escolarizados. Es el brillante resultado de una larga pelea de voluntarios como Blanca. Consiguieron dotar de papeles a todos, pelearon su escolarización y lograron que les pusieran autobuses. Ahora van a varios colegios de la zona. Hay uno que es concertado y tienen que ir uniformados , explica Blanca. Un dĆa, un profesor echó a un niƱo de clase porque traĆa los zapatos llenos de barro. CreĆa que era una travesura. Pero por aquĆ es imposible caminar sin embarrarse . El desafĆo es lograr ahora que permitan escolarizar a los menores de tres aƱos. TodavĆa no les dejan. La Administración dice que no tiene sentido , afirma Blanca. Pero si los bebĆ©s se quedan aquĆ son las hermanas quienes tienen que cuidarlos. Y dejan el colegio por eso . Por las tardes, los voluntarios ayudan a los niƱos a hacer los deberes. En un habitĆ”culo de hierro que alberga unos pupitres, un puƱado de valientes, de manera altruista, los ayudan a estudiar con infinita paciencia. Es la primera generación que va al colegio en el poblados niƱos vengan a hacer los deberes. Padecen diarreas, deshidrataciones y hasta sarna. Y, aun asĆ, quieren estudiar . La estampa lo corrobora. Con la nevada contenida por un viento helado pasa un pequeƱo de tres aƱos descalzo sobre la tierra. Lleva un pequeƱo jersey, pero en sus diminutas piernas no hay pantalones ni calzoncillos.

«Me dedico a lo que puedo, la verdad. Necesito comer»
Sava Marin, de 51 años. Primero vivà en un campamento de Cruz Roja, pero nos echaron. Nos fuimos a la Cañada y nos echaron. Luego construimos estas chabolas. Tengo seis hijos. ¿A qué me dedico? A lo que puedo, la verdad Necesito comer.
Los habitantes de El Gallinero no se llevan bien con la autoridad. Nos pegan , se queja Leonard. Un dĆa, un policĆa pegó cuatro disparos al aire delante de mi chabola mientras me insultaba . Jorge explica. Hay abusos, sĆ. Pero tambiĆ©n hay policĆas que los tratan bien. Como en todas partes . Mucho del temor y el odio que los vecinos les tienen a los agentes viene de los derribos. El Ayuntamiento, cada pocas semanas, tira algunas chabolas, por ser viviendas ilegales. Les ofrecen alternativas en campamentos para extranjeros o, en el mejor de los casos, viviendas subvencionadas, pero los habitantes de El Gallinero replican. Me dan una casa donde no puedo pagar nada. ni luz, ni agua ni alquiler, aunque sea mĆnimo. Yo tengo 150 euros al mes. ĀæA quĆ© casa me voy a ir? Si me derriban la chabola, me dejan sin nada.Ā A El Gallinero sigue llegando gente. Se levantan nuevas chabolas por las que se derriban. O se meten mĆ”s familiares en la misma. El caso es que ahĆ sigue el poblado, si acaso el rincón mĆ”s pobre de Madrid. Miseria extrema a doce kilómetros del centro. Un pequeƱo paseo en coche que demuestra que hay mĆ”s mundos en este.





