El reactor nuclear de la central belga de Tihange tiene más de tres mil fisuras. La frontera alemana está a muy pocos kilómetros. Los pueblos germanos de alrededor exigen su cierre mientras se preparan para un desastre atómico. Un conflicto en el corazón de Europa. Por Rolf-Herbert Peters y Johannes Röhrig / Fotos: Marcus Simaitis (Stern / Laif / Cordon Press) y Getty Images 

Sobre la mesa está la bolsa que tiene que salvarle la vida. Es de color azul. Contiene una botella de agua de medio litro, dos barritas de muesli, un mono blanco con capucha, una máscara protectora y un huevo de plástico que, en vez de una sorpresa, guarda dentro la pastilla de yodo que protegerá del cáncer a esta niña de ocho años.

El reactor se encuentra en un estado tan lamentable que hasta los defensores de la energía atómica reclaman su cierre inmediato

Son las seis de la tarde y la pequeña Iliana juega con sus hermanos en el columpio. Ellos también tienen una bolsa de emergencia cada uno, con sus nombres, Jaron y Timon, escritos con rotulador. Su padre, Sebastian, acaba de llegar a casa. Sandra, la madre, reúne a la familia y dice: «Vamos a probar lo que hay que hacer si el aire ahí fuera se pone feo». A continuación saca de las bolsas las máscaras y los trajes protectores y ayuda a sus hijos a ponérselos. Los monos les quedan muy grandes, no los encontraron de talla infantil. Por fin, ya equipados, salen todos al jardín de su casa. Parece una escena sacada de una película sobre el fin del mundo. La familia Masannek se está preparando para una catástrofe atómica.

Lo que tanto los alarma a ellos y a otros muchos habitantes de la pequeña localidad alemana de Roetgen se encuentra a 66 kilómetros en línea recta: la central nuclear belga de Tihange. Su reactor número dos presenta un estado tan lamentable que hasta los partidarios de la energía atómica demandan su cierre inmediato.

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El matrimonio Masannek con sus hijos, Iliana, Jaron y Timon, delante de su casa en Roetgen (Alemania). Llevan un equipo protector para desastres nucleares. Su ciudad está a unos 66 kilómetros de la central belga

Los expertos examinaron en 2012 y 2014 el tanque de presión mediante ultrasonidos y descubrieron un total de 3149 diminutas fisuras. Es decir, la cubierta de acero, lo único que podría evitar una catástrofe en caso de problemas, está para el arrastre. Y Roetgen es una de las poblaciones alemanas que está más cerca de este peligroso reactor. «Con viento del oeste, la nube radiactiva podría llegar hasta aquí en cuatro horas», calcula Sandra Masannek.

Su vida está marcada por la amenaza de un accidente nuclear

El año pasado, 50.000 personas formaron una cadena humana de 90 kilómetros de largo para protestar contra este peligro. Los habitantes de esta zona viven con el miedo a que la catástrofe se produzca cualquier día, con el miedo a un Chernóbil belga.

Sandra Masannek, médica rural, y su marido, ingeniero, son personas racionales, poco dadas a la paranoia. «Pero aquí el peligro es real -dicen-. Tenemos que estar preparados».

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Roetgen es una de las poblaciones alemanas que está más cerca del peligro. «Con viento del oeste, la nube radiactiva podría llegar en cuatro horas»

Los Masannek quieren sellar las ventanas y las puertas de su casa y poner los mejores filtros en el sistema de ventilación. Se han comprado una radio de manivela para poder escuchar las noticias aunque se vaya la electricidad. Y confían en que el depósito de 300 litros de agua potable que tienen en el sótano les permita aguantar una semana. Mucho más no pueden hacer.

Lo que más preocupa a Sandra Masannek es adónde llevarán a los niños en caso de alarma. Las 370 páginas del Reglamento de emergencia de las escuelas de Renania del Norte-Westfalia contemplan lo que hay que hacer en caso de tiroteos o incendios, pero no de catástrofes nucleares. Por eso, el colegio al que van sus hijos ha optado por elaborar un documento propio, unas «medidas y normas de actuación en caso de alarma nuclear». Estas normas permiten que los niños lleven sus bolsas de emergencia a clase. El colegio, llegado el caso, ya ha elaborado un plan de actuación.

Desde la dirección del colegio nos dicen que estarían encantados de hablar con nosotros sobre su plan de protección frente a catástrofes, pero que las autoridades educativas han prohibido a todos los centros de enseñanza hacer declaraciones relacionadas con la central de Tihange. Da la impresión de que las autoridades temen avivar aún más el temor que ya reina entre la población. Por ese motivo también se han prohibido los simulacros de accidente nuclear en los colegios. La mayoría de los planes de emergencia son iniciativa de profesores o padres.

¿Estamos ante unos alarmistas?

Pocas personas han estudiado el reactor belga con tanta atención como Wolfgang Renneberg, antiguo director del organismo de supervisión nuclear alemán. «El caso me recuerda al de Fukushima -dice este físico-. El riesgo es evidente, pero nadie hace nada». Lógicamente, los reactores no tendrían que presentar fisuras de ningún tipo. Sin embargo, Bélgica sostiene la curiosa tesis de que los defectos surgieron durante la fase de construcción, es decir, durante el proceso de fabricación de la cubierta de acero, y que por lo tanto no son relevantes. Y no lo son, razonan, porque a fin de cuentas el reactor sigue funcionando después de 40 años. Mientras no se vea que las fisuras aumentan de número o tamaño, concluyen, el bloque puede considerarse seguro.

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Asegura que los defectos del reactor número dos surgieron durante su construcción y que, por tanto, no son relevantes

El experto Renneberg cree que el argumento carece de sentido. «O bien las fisuras existen desde el principio, con lo que no se debería haber autorizado la puesta en marcha del reactor, o bien han surgido durante sus años de funcionamiento. De ser así, el reactor no ofrece las garantías de seguridad suficiente si se presentara una incidencia y habría que desconectarlo».

La central nuclear de Tihange es el centro de una encendida disputa política. Alemania ha llevado a los tribunales belgas la prórroga de la licencia de operación del reactor, e incluso instancias alemanas le han planteado la cuestión al rey belga. No obstante, por ahora todos los esfuerzos han caído en saco roto. La supervisión atómica es un asunto de competencia nacional, y Bélgica rechaza cualquier tipo de intromisión.

Además, a los belgas les molesta la hipocresía de la política alemana: las barras de combustible que usa el reactor belga proceden de una fábrica alemana, y su exportación cuenta con la aprobación del Ministerio de Medioambiente, responsable de los temas de seguridad nuclear.

A solo cinco minutos de la casa de la familia Masannek, el alcalde Jorma Klauss baja las escaleras del sótano del Ayuntamiento y abre una pesada puerta metálica. En el interior del archivo municipal huele a expedientes polvorientos. Hace tres meses, Klauss hizo guardar aquí tres cajas llenas de pastillas de yodo para combatir los efectos de la lluvia radiactiva.

El alcalde, de 44 años y socialdemócrata, dice que no es una persona miedosa, pero que Tihange le preocupa enormemente. Al igual que otros muchos habitantes de la región, él también tuvo colgado en una de las ventanas de su casa un cartel con la inscripción «Apagad Tihange». Lo ha quitado después de mucho tiempo, «estaba todo descolorido», pero su oposición no ha perdido intensidad.

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Lo que más inquieta a los pueblos alemanes es dónde llevar a los niños en caso de alarma. Los reglamentos de emergencia de Renania del Norte-Westfalia no contemplan catástrofes nucleares

Jorma Klauss se pone de puntillas y coge una de las cajas colocadas en lo alto de una estantería. Contiene tres mil pastillas. En 2017 ya repartieron una primera ración entre la población, dice. Esta vez ha preferido guardar las pastillas a buen recaudo. ¿Pero quién las repartirá llegado el caso? Klauss calla durante unos instantes. «Los 30 empleados del Consistorio se irán con sus familias lo más rápido que puedan, eso está claro», expone. Lo que solo lo deja a él. «Repartiré el yodo en el vestíbulo».

¿Los habitantes de la ciudad sabrán conservar la calma?

¿O correrán a por sus coches y se abrirán camino hacia el oeste en medio de atascos monumentales? ¿La red de telefonía móvil resistirá la prueba o se vendrá abajo?

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El año pasado, 50.000 personas formaron una cadena humana de 90 kilómetros para protestar contra este peligro. Alemania ha llevado a los tribunales belgas la prórroga de la licencia de operación del reactor

Todas estas son preguntas que el alcalde Klauss y la gente de la zona llevan años planteándose. Como es obvio, hay establecida una cadena oficial para alertar a la población en caso de accidente nuclear. Pero es un camino bastante largo y burocrático para una cuestión en la que cada minuto cuenta. ¿Y quién garantiza que los canales oficiales funcionarán? Por eso, ciudadanos particulares han instalado estaciones propias de medición de radiactividad. «Más allá de eso, poco podemos hacer», comenta el alcalde.

Los belgas critican la hipocresía de Alemania: las barras de combustible que usa su reactor son de una fábrica germana

Esta sensación de impotencia la conoce bien Andreas Prömpler, de 46 años. Está en la cocina de su casa, con el portátil abierto y un montón de papeles sobre la mesa: es su cruce de correspondencia con diferentes administraciones y un buen número de políticos. Prömpler lleva dos años intentando que desde las instancias oficiales se elabore un plan de emergencia para la escuela de sus hijos. «Y nada», dice.

Hoy, Prömpler se encarga de coordinar los planes de emergencia del colegio desde su puesto de representante de los padres de alumnos. Cuando la Administración regional le negó la adquisición de «mascarillas de protección FFP3 para niños» porque no están recogidas en el listado oficial de productos autorizados, Prömpler decidió hacer el pedido por su cuenta: 1300 unidades a ocho euros cada una. «Las repartiremos después del verano -cuenta-. Cualquier protección es mejor que nada».

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