Los científicos están empeñados en descifrar el ADN de nuestra flora bacteriana. Según dicen, influye en nuestra salud más que los genes que hayamos heredado. Descubra cómo convertir al enemigo en aliado. ¡Germinícese! Por Carlos Manuel Sánchez

Cien billones de microbios viven y mueren en nuestro cuerpo; la mayoría, en los intestinos. En total acarreamos casi un kilo de gérmenes, los cuales forman una selva desconocida que los científicos están empezando a cartografiar

Las enfermedades autoinmunes pueden ser consecuencia de nuestra lucha contra los gérmenes

“El ser humano es un recipiente optimizado para el crecimiento y la propagación de los microbios que lo habitan”. Esta definición de Justin Sonnenburg, microbiólogo de la Universidad de Stanford, es una cura de humildad. Parafraseando a Ortega: yo soy yo y mis microbios. No es una exageración. Vistos al microscopio, solo somos humanos en un diez por ciento; por cada célula estrictamente nuestra hay unos diez microbios residentes. Es más, el genoma humano solo representa el uno por ciento de la información genética de la que somos portadores. Ese mapa ya se secuenció. Pero ahora los científicos están empeñados en conocer el ADN de nuestra flora bacteriana. ¿Por qué ese interés? “Porque este ‘segundo genoma’ ejerce una influencia en nuestra salud tan importante como la de los genes heredados de nuestros padres. Con una diferencia, los genes son más o menos inmutables; la flora microbiana es cambiante. Y podemos cultivarla como si fuera un jardín interior”, asegura Michael Pollan, divulgador científico que participa en el American Gut Project, una iniciativa de la Universidad de Colorado para secuenciar los ‘microbiomas’ de cientos de voluntarios, que donan muestras de saliva, piel y heces.

“He empezado a pensar en mí mismo en primera persona del plural, como en un superorganismo”, confiesa Pollan en un artículo de la New York Times Magazine. Y explica que hay tres tipos de microbios: los comensales, una especie de gorrones inofensivos; los patógenos (minoritarios) y los mutualistas, especializados en el intercambio de favores. “El problema es que estamos acostumbrados a pensar en los gérmenes como si todos fueran enemigos, cuando muchos de ellos pueden convertirse en nuestros aliados”.

Los trastornos en nuestro ecosistema microbiano, como una reducción en su diversidad o una proliferación anormal de gérmenes ‘malos’, nos predisponen a sufrir infecciones y enfermedades crónicas e incluso a la obesidad. Algunos investigadores creen que también es una de las causas del incremento de enfermedades autoinmunes en los países occidentales. Nuestros microbios residentes ayudan al sistema inmunológico a distinguir entre amigo y enemigo, para que no se vuelva loco a la hora de tratar con toda clase de alérgenos en potencia. Y dificultan la irrupción de los patógenos mediante la ocupación de nichos potenciales o haciendo que el entorno resulte inhóspito a los invasores.

Una hipótesis considera que el origen de las enfermedades autoinmunes está en el epitelio que recubre nuestro conducto digestivo; una piel interna cuya superficie bastaría para recubrir una pista de tenis y que ejerce de mediadora en nuestra relación con el mundo exterior. Por allí pasan unas 50 toneladas de alimentos en el curso de una vida. Si atacamos a los microbios que regulan la barrera epitelial, esta se torna más permeable y se originan brechas y filtraciones. Patógenos, residuos tóxicos y proteínas pueden abrirse paso hasta la sangre y hacer que el sistema inmunológico reaccione de manera desmedida.

Los científicos comienzan a hablar de una ‘ecología de la recuperación’; no de bosques tropicales, sino de nuestras tripas

¿Por qué hemos ‘subcontratado’ un sistema tan crucial para nuestra vida a un puñado de microbios?, se pregunta Pollan. “Porque ellos evolucionan con mucha mayor rapidez que nosotros (una generación nueva cada veinte minutos) y pueden responder a los cambios y amenazas en el entorno con más agilidad. Las bacterias son capaces de intercambiar genes y fragmentos de ADN entre sí”.

Pero llevamos desde los tiempos de Louis Pasteur, allá por el siglo XIX, en guerra contra los gérmenes, sin distinguir entre justos y pecadores. Nadie duda de la aportación de los antibióticos a la civilización: nos han ayudado a vencer enfermedades infecciosas y a incrementar nuestra esperanza de vida. Pero esta contienda ha tenido daños colaterales, como la ‘deforestación’ del microbioma occidental. Los científicos comienzan a hablar de una ecología de la recuperación; no de bosques tropicales, sino de nuestras tripas.

Catherine Lozupone, microbióloga en la Universidad de Denver, ha publicado en Nature un estudio sobre las distintas comunidades microbianas en las barrigas de los habitantes de países industrializados y de comunidades rurales de África y Sudamérica. Resultado. menor biodiversidad en Occidente. ¿Causas? Mayor consumo de antibióticos, alimentos procesados en la dieta, toxinas ambientales y menor exposición a las bacterias en la vida cotidiana. Todo esto puede ayudar a entender por qué, si bien estas poblaciones rurales son más propensas a enfermedades infecciosas y tienen menor esperanza de vida, a la vez padecen menos enfermedades crónicas, como alergias, asma, diabetes o dolencias cardiovasculares.

María Gloria Domínguez-Bello, de la Universidad de Nueva York, ha viajado a parajes remotos del Amazonas con poco contacto con los occidentales. “Queremos saber el aspecto de la flora microbiana humana antes de los antibióticos y la dieta moderna”. En sintonía con Lozupone, llega a la conclusión de que el microbioma prístino tiene una mayor biodiversidad que el actual. Una bacteria en peligro de extinción es la Helicobacter pylori, que la medicina trata de exterminar desde los años ochenta pues la considera culpable de las úlceras estomacales. El problema de eliminarla es el precio que se debe pagar: aumentan los casos de reflujo ácido, que puede llevar a sufrir esófago de Barrett y, con el tiempo, cáncer de esófago.

Otro de los pioneros de esta disciplina, entre la biología y la ecología, es Rob Knight, de la Universidad de Colorado. Sus trabajos sobre genética microbiana lo llevan a conclusiones reveladoras. Por ejemplo, los gérmenes de una familia que vive bajo el mismo techo son parecidos, lo que apunta a la importancia del entorno. La presencia de un perro en el hogar tiende a mezclar las comunidades microbianas asentadas en la pos miembros, por efecto de los lametones y las caricias.

El polvo doméstico contiene heces, que favorecen la resistencia a las alergias. Ya se habla de terapias como los trasplantes fecales

La colonización microbiana en el intestino de un bebé es sorprendente. Es una pizarra en blanco en el útero. El proceso empieza durante el parto, que expone al bebé a una amplia gama de microbios maternos. Los niños nacidos por cesárea -un proceso más estéril en comparación- no adquieren los microbios presentes en la vagina y los intestinos de la madre. En consecuencia, sus sistemas inmunológicos pueden desarrollarse de manera deficiente.

Una de las ventajas insospechadas de la leche materna es que está diseñada no solo para alimentar al bebé, sino a los microbios de su barriga; por esa razón contiene oligosacáridos, unos carbohidratos complejos que los bebés no pueden digerir porque aún no tienen las enzimas necesarias; pero que sirven de ‘abono’ a su flora bacteriana. Esta se estabiliza hacia los tres años de edad. Y ya es parecida a la de los adultos. Pero un cambio de dieta o el consumo de antibióticos pueden modificarla o incluso arrasarla. Adquirimos de nuestros padres los microbios iniciales, pero los siguientes proceden del entorno. “El mundo está recubierto por una fina pátina de heces”, explica Stanley Falkow, microbiólogo de la Universidad de Stanford. Incluso el polvo doméstico contiene partículas fecales. Paradójicamente, la exposición desde pequeños a cierta suciedad puede fortalecer la comunidad intestinal y hacer que estas personas sean más resistentes a las alergias y enfermedades autoinmunes que otras que han crecido en entornos más higiénicos.

Las bacterias también contribuyen a la producción de neurotransmisores, como la serotonina, que regulan los niveles de estrés y pueden cambiar el carácter, como se ha comprobado en experimentos de trasplante de microbios intestinales en ratones. Por cierto que estos microbios cuidan de sus propios intereses, y uno de ellos es el de conseguir alimento suficiente. Ellos mismos regulan nuestro apetito. Y que tengamos una buena digestión depende de que ellos queden satisfechos.

Por cada célula de nuestro cuerpo hay diez microbios. Su desarrollo es rapidísimo: una nueva generación cada 20 minutos 

La dieta occidental también está alterando el microbioma estomacal de forma inquietante; en especial, la falta de fibra. Nuestro régimen de azúcares y grasas que absorbemos con rapidez lleva a que billones de microbios carezcan de sus alimentos preferidos: los carbohidratos complejos y las fibras vegetales fermentables. “El gran problema es que muchos alimentos han sido procesados para su rápida absorción, de forma que casi nada llega al intestino inferior. Pero una de las claves para la salud es que la fermentación tenga lugar en el intestino grueso”, recomienda Stephen O’Keefe, gastroenterólogo en la Universidad de Pittsburgh.

Se vislumbran algunas terapias novedosas, como los trasplantes fecales, esto es, la instalación de microbios de una persona sana en el intestino de un enfermo para combatir de esa manera patógenos resistentes a los antibióticos; el cultivo de especies microbianas especializadas en reparar lesiones o luchar contra ciertas toxinas; o los alimentos terapéuticos. “Mientras estas nuevas terapias llegan -sugiere Pollan-, empecemos por cultivar nuestro descuidado jardín interior”.

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