John Douglas es el mayor experto del mundo en asesinos en serie. En su día, sus revolucionarios métodos de investigación inspiraron ‘El silencio de los corderos’. Por Ixone Díaz Landaluce 

John Douglas, ahora, se ha convertido en una serie de televisión de Netflix. Le contamos su infalible sistema para atrapar el mal.

John Douglas fue agente del FBI entre 1970 y 1993. En 1995 escribió Mindhunter, que se acaba de editar por primera vez en España, coincidiendo con el estreno de la serie de Netflix

Sabía cómo funcionaban estos tipos, lo había visto infinidad de veces. Sentían la necesidad de dominar a su presa. Me mantendrían con vida mientras el cuerpo aguantara, me reanimarían cuando me desmayara o estuviera a punto de morir, siempre infligiéndome el mayor dolor posible. Querían demostrarme que tenían el control. Cuanto más gritaba y suplicaba alivio, más alimentaba sus oscuras fantasías. Les encantaría que implorara por mi vida o sufriera una regresión y llamara a mi mamá. Era mi ‘recompensa’ por seis años a la caza de los peores hombres sobre la faz de la Tierra».

En 1983, John Douglas luchaba por su vida en un hospital de Estados Unidos. Tenía 38 años y había sufrido una encefalitis severa. Permaneció días en coma mientras sufría terribles pesadillas en las que era torturado por violadores y asesinos en serie.

Aunque se recuperó y retomó su trabajo en el FBI, diez años después se retiró del cuerpo. Había oído y visto demasiado. Se había divorciado por culpa del trabajo. Había estado a punto de morir. Pero, por el camino, Douglas revolucionó la forma de investigar del FBI. Por algo se lo conoce como el Mindhunter (o Cazador de Mentes).

Douglas es, para muchos, el mayor experto del mundo en criminales en serie. Autor de varios ensayos y de un conocido manual para investigar crímenes violentos, en 1995 escribió Mindhunter, que ahora se acaba de editar por primera vez en España (editorial Crítica) coincidiendo con el estreno de la serie homónima de Netflix.

Un investigador de película

No es la primera vez que su trabajo inspira un personaje de ficción. Además de asesorar el rodaje de El silencio de los corderos, el personaje de Jack Crawford -que aparece en la serie literaria escrita por Thomas Harris sobre Hannibal Lecter- fue modelado a partir de sus experiencias. De hecho, la relación entre Clarice Starling y Lecter se inspiró en las entrevistas que Douglas mantuvo con asesinos en serie tan célebres como sanguinarios.

Douglas descubrió que todos los asesinos en serie habían sufrido abusos y tenido relaciones complicadas con sus madres. “El criminal se hace, no nace”, concluye

De joven, Douglas quería ser veterinario. Pero sus planes se torcieron después de un par de encontronazos con la Policía y terminó abandonando la carrera. Un día conoció a un agente del FBI en un gimnasio. Le habló del cuerpo, lo animó a probar suerte y, en 1970, Douglas se convirtió en agente del FBI. Empezó trabajando como francotirador y, más tarde, como negociador en casos de secuestros. Así, poco a poco, empezó a estudiar Psicología Criminal y terminó formando parte de la Unidad de Ciencias del Comportamiento en el cuartel general del FBI en Quantico.

Resultó que Douglas tenía una capacidad de deducción extraordinaria. Estudió miles de casos. Analizaba hasta el último detalle de las escenas del crimen, pero también del pasado de las víctimas. «Si quieres entender a Picasso, antes tienes que estudiar su obra. Si quieres comprender la personalidad de un criminal, debes estudiar su crimen», reflexiona.

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Jonathan Groff (a la derecha) interpreta a Holden Ford, un agente del FBI, basado en Douglas y que reproduce su labor de investigación en los años setenta en la serie de Netflix

De esta forma era capaz de adentrarse en las mentes de los criminales y de anticipar sus siguientes movimientos. A partir de esa información, él y sus colegas trazaban un perfil del culpable: edad, raza, ocupación, estado civil. Pero sus métodos no eran convencionales y no estaban bien vistos dentro del FBI. «Por aquel entonces, nadie pensaba que lo que luego se conocería como ‘elaboración de perfiles’ fuera una herramienta válida para resolver crímenes», escribe Douglas.

Sin embargo, a mediados de los setenta había más de 50 asesinos en serie activos en Estados Unidos y las autoridades eran incapaces de detenerlos. Douglas tuvo una idea: conocer la opinión de los «expertos». Y esos no eran otros que los criminales más peligrosos de Estados Unidos, los asesinos en serie y violadores que cumplían largas penas en las cárceles de todo el país. «Podíamos intentar hablar con ellos, preguntarles por qué lo hicieron, averiguar cómo era a través de su mirada», escribe. Douglas empezó a visitar a presos famosos y elaborar un estudio sobre su comportamiento.

Infancias rotas

Inauguró su investigación con Ed Kemper, que había asesinado a sus abuelos siendo adolescente. Después de diagnosticarle un trastorno esquizofrénico y ser puesto en libertad, mató y practicó la necrofilia con siete personas más, incluida su propia madre. «Tenía un coeficiente intelectual de 145 y durante las muchas horas que pasé con él temí que fuera más listo que yo», relata Douglas.

Muchos de aquellos asesinos, como Kemper o Ted Bundy -que confesó 30 asesinatos en los años setenta, pero que probablemente cometió muchos más-, eran encantadores. «No sería sincero si no admitiera que Ed me caía bien. Era simpático, abierto, sensible y tenía sentido del humor», explica Douglas.

Entrevistó a los criminales más famosos del mundo, como Ed Kemper, que practicó la necrofilia con siete personas. “Era encantador. Me caía bien”, recuerda Douglas

Las conclusiones del estudio resultaron tan fascinantes como aterradoras. Durante aquellas entrevistas, Douglas describió los patrones de comportamiento más comunes en este tipo de criminales. Algunos rasgos eran invariables: los asesinos venían de familias disfuncionales, habían sufrido episodios de abusos durante la infancia y tenían relaciones complicadas con sus madres (curiosamente los padres no representaban una influencia tan determinante). También era habitual que hubieran mostrado un comportamiento sádico hacia los animales durante la infancia, una especial inclinación por el fuego y hubieran mojado la cama hasta más tarde lo habitual. Ese esquema era tan común que Douglas terminó bautizándolo como ‘triada homicida’. Asimismo, muchos de ellos sentían una especial fascinación por las fuerzas del orden: o habían tratado de ser policías (y acababan como guardias de seguridad) o tenían amigos en el cuerpo. La explicación era sencilla. la Policía representa el poder, el respeto y entrañaba la posibilidad real de matar.

«Las tres motivaciones más comunes de los violadores y asesinos en serie son la dominación, la manipulación y el control», explica Douglas. Por eso, algunos de ellos buscan a sus víctimas entre mendigos, prostitutas, drogadictos y otras personas vulnerables. Además, según el exagente del FBI muchos de los mitos representados por Hollywood acerca de los asesinos en serie son ciertos. la inclinación por guardar objetos personales de las víctimas como trofeo macabro, las visitas a las tumbas de sus víctimas o los escenarios de sus crímenes y la estadística. prácticamente el cien por cien de los asesinos en serie son hombres. «Puede tener una relación directa con los niveles de testosterona o puede que tenga una base hormonal o química. Lo único que podemos decir como autoridad con experiencia es que las mujeres asimilan sus factores estresantes. En vez de atacar a los demás, tienden a castigarse a sí mismas a través del alcoholismo, las drogas, la prostitución o el suicidio», reflexiona. Pero, para conclusiones poderosas, la que Douglas utiliza para cerrar su fascinante narración: «Veinticinco años de observación me dicen que los criminales ‘se hacen’ más que ‘nacen’, lo que significa que en algún momento alguien que ejerció una influencia profundamente negativa podría haber ejercido en cambio una profundamente positiva. Así que lo que de verdad sé es que, además de más dinero, policía y cárceles, lo que necesitamos es más amor».

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