Nuestro planeta está en constante interacción con el espacio exterior. Se estima que cada año caen a la Tierra unos 500 pequeños meteoritos, de algo más de medio kilo. La mayor parte se precipita al mar.

El peligro es mínimo; en los últimos dos siglos sólo se han documentado un centenar de casos de impacto de estos cuerpos contra seres humanos, animales y objetos hechos por el hombre.

Sin embargo, una vez cada pocos cientos de años entra en la atmósfera un NEO de unos 70 metros de diámetro, similar al de Tunguska en 1908, que sin llegar a impactar contra el suelo explotó a 8.000 metros de altura y arrasó más de 2.000 kilómetros cuadrados de bosque siberiano.

Cada millón de años se produce el impacto de un asteroide de más de dos kilómetros, suficiente para devastar un gran país. Y cada cien millones de años colisiona un meteorito similar al que causó la extinción de los dinosaurios hace 65 millones de años. Se calcula que este objeto, que originó el cráter de Chicxulub, en Yucatán, medía unos 15 kilómetros de diámetro, aunque un cuerpo mucho menor, de 1,5 kilómetros, es suficiente para cambiar el clima global bruscamente y provocar desórdenes biológicos.