Filósofo, viajero, diplomático, juez, consejero y , sobre todo, historiador. La obra del tunecino Ibn Jaldún resulta vital para entender la historia y las culturas del Mediterráneo en el siglo XIV. Por Rodrigo Padilla/Fotos: Cordon 

Siglo XIV. El Medievo está dando sus últimos coletazos y comienza el empuje de la Europa cristiana, que arrebatará al islam la iniciativa política y cultural que había ostentado durante siglos. Al tunecino de ascendencia sevillana Ibn Jaldún, a quien se le considera el primer historiador moderno, el fenómeno no le pasó por alto y por entonces escribió: «El futuro y el pasado se parecen como dos gotas de agua».

Abú Said Abderramán ibn Jaldún al-Hadramí nació el 27 de mayo de 1332 en Túnez, aunque su familia, de origen yemení, había residido en Sevilla. Como era habitual en la élite musulmana hispana, recibió una intensa formación y empezó a trabajar al servicio de varios gobernantes del Magreb, zona conocida como Ifriqiya. En 1363, instalado en la corte nazarí de Granada, el último bastión musulmán en España, se hizo cargo de una delicada misión diplomática: concertar un tratado de paz con el rey castellano Pedro I. Por entonces, el reino de Granada era poco más que un protectorado castellano, obligado a pagar tributos y a ver cómo las treguas y acuerdos de paz acababan con la pérdida de alguna plaza, en un avance que iba reduciendo el territorio bajo control musulmán.

Ibn Jaldún, el primer historiador moderno 1

Durante cuatro décadas, Ibn Jaldún recorrió todo el Mediterráneo, el norte del Magreb, los reinos nazaríes de la Peninsula, Siria, Arabia y Egipto, donde murió

En Sevilla, Ibn Jaldún se empapó de aquella cultura mestiza y de un presente que ya poco se parecía al que relataban sus lecturas. Pero las  desavenencias con sus protectores lo llevaron de vuelta a Ifriqiya. Pasó por las ciudades de Bugía y Biskra antes de instalarse en el castillo de Qalat-Ibn-Salama, en Argelia, donde estuvo cuatro años estudiando el desmembramiento político y social que asediaba al islam. Fue allí donde inició la redacción de la Muqaddima, o Prolegómenos, la primera de las tres partes de que consta su monumental Historia universal, un repaso de las peripecias de los pueblos del Magreb acompañado por análisis históricos de otras civilizaciones, como asirios, griegos o romanos, y completado con un relato de su trepidante vida. Pero es precisamente en la Muqaddima donde se encuentran los principios que explican su original concepción de la historia y que, para muchos expertos, hacen de Ibn Jaldún el primer historiador moderno e, incluso, el padre de la sociología histórica.

Crítico con la falta de objetividad de sus predecesores, intentó hacer de la historia una ciencia útil para extraer enseñanzas del pasado

La geografía y la historia eran dos disciplinas muy populares en el mundo musulmán. La amplitud de los territorios conquistados y la obligación de peregrinar a la Meca llevaron desde muy pronto a la elaboración de libros de viajes, descripciones de rutas y narraciones de andanzas personales. Las crónicas que recogían conquistas, gestas bélicas, genealogías y biografías de grandes personajes estaban también a la orden del día. Sin embargo, lo que hizo Ibn Jaldún fue ir un paso más allá. Por un lado, criticó la falta de objetividad de muchos de sus predecesores, que recopilaban leyendas y narraciones sin comprobar su autenticidad. Por otro, intentó hacer de la historia, «que se distingue –decía– por la nobleza de su objetivo, su utilidad y la importancia de sus resultados», una ciencia útil que permitiese extraer enseñanzas del pasado. Mientras otros autores creían que son los individuos quienes van creando la historia, él sostenía que es la sociedad la que crea el futuro, y que los individuos no son más que frutos de esa sociedad. Por tanto, a su juicio, el historiador debía conocer «los principios de la política, del arte de gobernar, la naturaleza de las entidades, el carácter de los acontecimientos y las diversidades que ofrecen las naciones», porque ésos son los factores que marcan el desarrollo de los acontecimientos y permiten responder a los retos del presente.

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Campo de batalla de Tamerlán y el rey de Egipto

Es probable que estas reflexiones le surgieran al constatar el declive del islam que observó en sus viajes. Los años de la gran expansión islámica quedaban lejos; el apogeo de los siglos IX y X, también; todo era ya un pobre reflejo de anteriores tiempos de gloria. Finalmente, llegó al convencimiento de que el relevo lo estaba tomando la Europa cristiana, una sociedad mucho más pujante y dinámica, decidida a avanzar frente a un islam estancado.

Los posteriores viajes de Ibn Jaldún le permitieron seguir profundizando en sus ideas y acumulando experiencias, que, como dijo, eran la base de su pensamiento, «la experiencia es la linterna que ilumina el camino recorrido». En 1382 pisó el Egipto de los mamelucos para residir en Alejandría y El Cairo, donde ocupó el cargo de gran cadí, o juez supremo, mientras continuaba con sus estudios y escritos. Después, tras cumplir con la peregrinación a la Meca se instaló en Damasco, donde vivió el ataque de los mongoles de Tamerlán. La ciudad cayó, pero él salvó la vida gracias al respeto que el caudillo sentía por los eruditos. Y finalmente regresó a El Cairo, donde ejerció como magistrado y profesor en la Universidad de Al-Azhar hasta su muerte, en marzo de 1406. Estos viajes le permitieron conocer la realidad del mundo árabe, con todos los pueblos y las culturas que se apostaban en sus orillas y aplicar sus conocimientos en la redacción de Historia universal, su obra cumbre.

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