El sentimiento del amor ha sido uno de los temas más representados a lo largo de la historia del arte; desde el siglo XVI hasta hoy, Cupido siempre fue muso de artistas. Por Suzana Mihalic

¿Qué es el amor sino una bendita explosión de las emociones? Simple o compleja, pero siempre ‘instinto inexplicable’; un sentimiento que escritores y artistas han plasmado con palabras y colores: el rojo es la pasión, la ira; el verde, la serenidad, la felicidad; el amarillo, la energía o el valor, la luz, la alegría; el azul, lo sombrío y gótico; el blanco, la pureza, el bien; el negro, lo siniestro, el mal, la tristeza…

Los artistas lo han plasmado en colores: el rojo es pasión, el verde, serenidad; el amarillo, energía; el blanco, pureza; el negro, el mal…

Para el psicoanalista y pensador Erich Fromm, autor de la célebre obra El arte de amar, «el amor es un arte y, como tal, una acción voluntaria que se emprende y se aprende, no una pasión que se impone contra la voluntad de quien lo vive». De ese modo, el amor es decisión, elección y actitud; pese a que Oscar Wilde considerase que, tanto en el arte como en el amor, «la ternura es lo que da la fuerza».

Y es que éste tiene muchas caras. Una madre ama a su hijo y no con la pasión de los amantes. Sus mil y una formas han sido presentadas una y otra vez desde los principios de la humanidad: el amor imposible, el amor como sufrimiento, sinónimo de muerte y desesperación; el amor desgraciado, cantado por trovadores; el amor a Dios y su exaltación en el Barroco; el amor a la proporción, a lo bello, a lo armónico, en el Renacimiento; el propio, el prohibido… todos y más han tenido su escultura o su lienzo.

Adán y Eva, Orfeo y Eurídice, Venus y Adonis, Romeo y Julieta. La historia del arte se ha dejado seducir por el amor convirtiendo a conocidas parejas bíblicas, mitológicas o profanas en el centro de su obra. Para todo artista, ha sido y sigue siendo un tema tan versátil -felicidad, dolor, plenitud o decepción- difícilmente superable por otros motivos. La iconografía es de gran relevancia, sobre todo en los siglos XVI y XVII, en los que los símbolos permiten adivinar las novelas amorosas de sus personajes. Así, un perro simboliza la fidelidad; una cama insinúa matrimonio e hijos por llegar, y objetos tan curiosos como medias rojas de una joven, tocando un instrumento junto con su amado en un cuadro de Jan Molenaer, hacen referencia a la relación íntima entre ambos.

¿Habría pintado Goya ‘La maja desnuda’ si no hubiera estado perdidamente enamorado de la duquesa de Alba?

Para hablar del amor en el arte habría que empezar en la Antigüedad, viajar milenios hasta el Renacimiento temprano -con sus alegorías, véanse las obras de Botticelli- hasta llegar al Renacimiento tardío -con sus grandes pintores y escultores, como Leonardo da Vinci, Tiziano, Miguel Ángel, Durero o Cranach-, para seguir en la historia hasta el Barroco y el Rococó, la Escuela Flamenca y así hasta el siglo XIX con obras tan emblemáticas como El beso, de Rodin. Esta obra parece dialogar con El abandono, de Camille Claudel, escultora, musa, modelo y amante del gran maestro; su larga y complicada relación llegó a enriquecer sus obras.

A diferencia de otras grandes parejas del arte como Gala y Dalí o Modigliani y Jeanne Hébuterne, ambos fueron creadores. Acaso más que la felicidad, suelen ser las relaciones dramáticas e imposibles, llenas de tristeza, las que inspiran la creación de cualquier artista. Así, Rodin mantuvo otra relación que no quiso abandonar ni cuando Camille se quedó embarazada de un hijo que finalmente no nacería. El sufrimiento y el dolor inspiraron una de las obras más importantes de Camille, L’Age Mur (La edad madura), en la que la propia artista, desnuda, arrodillada y suplicante, dirige sus manos hacia un Rodin, también desnudo, que le da la espalda mientras una mujer vieja, medio ángel, medio bruja, se lo lleva.

Un siglo más tarde, todavía otro beso emblemático, El beso, de Gustav Klimt, marcaría un hito en la historia del arte. Esta obra, la más famosa del pintor austriaco y cumbre de la llamada fase dorada, parece estar protagonizada por el propio Klimt con su gran amiga Emile Flöge; se trata de un acto de amor o reconciliación junto a un precipicio, símbolo este de peligro y amenaza a su relación. Y ya en el siglo XXI, una escultura de Marc Quinn -de nuevo un beso- nos muestra una pareja de discapacitados que se besa en la desnudez, pretendiendo mostrar las menos amables, pero reales, caras de la pasión y el amor de nuestra sociedad.

Las musas y amantes ejercieron una gran influencia sobre los artistas y gracias a ellas nacieron algunas de las grandes obras maestras del arte. ¿Así, por ejemplo, habría pintado Goya La maja desnuda si no hubiera estado perdidamente enamorado de la duquesa de Alba? Dalí no sería Dalí sin Gala y la obra del obsesionado Dante Rossetti no existiría sin Elizabeth Siddal. Pero no sólo las mujeres han ejercido como amantes y musas, también hay ‘musos’. No hay más que recordar la extraña relación existente entre Van Gogh y Gauguin… por lo menos en lo que al primero respecta.

Pero no sólo de lo real vive el arte. La ficción, la fantasía y los seres míticos y misteriosos también se apoderan de la imaginación y obsesión de los artistas. Parte de la Suite Vollard, de Picasso -la serie del Minotauro-, tiene relación directa con los seres mitológicos. El Minotauro aparece en situaciones muy dispares: en la cama con una joven mujer o dormido bajo la mirada tierna de otra. Mitad hombre, mitad toro, el monstruo aparece dócil y tierno en algunas ocasiones y agresivo, sádico y cruel en otras. Una metamorfosis, una faceta muy personal del genio de Málaga, en la que da total rienda suelta a su fantasía. La contradicción, la pasión, la violencia, que lo libera, de esa manera, de la trágica dualidad experimentada en el amor y en la vida.

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