Empresas robóticas apuestan por humanizar el aspecto de las máquinas, pero tanto parecido puede provocar rechazo. Por C.M. Sánchez

Se llama Fred y quiere ser uno de los nuestros. Fred es un robot humanoide creado por la compañía británica Engineered Arts. Su piel tiene poros, vello facial y corporal. Sus pupilas se encogen y dilatan y buscan el contacto visual de los humanos cuando su sensor de movimientos los detecta. Lleva incorporado un software de inteligencia artificial que le permite mantener una conversación. Motores hipersilenciosos para torcer el cuello. Vértebras mecánicas y algo parecido a músculos faciales que lo dotan de cierta expresividad.

Tiene vello, vértebras, músculos faciales y puede seguirnos con la mirada

Fred pertenece a una línea de androides de alta gama denominada Mesmer que recuerdan por su realismo extremo a los de la serie Westworld.

La gran pregunta es saber si Fred superará el rechazo innato que muchas personas sienten hacia cualquier réplica antropomórfica que se parezca demasiado al ser humano. Esta aversión está documentada desde los años setenta, cuando la detectó el pionero de la robótica japonés Masahiro Mori. No hay problema si el robot tiene pinta de… pues eso… de robot. O cualquier otra pinta. Pero las empresas que se dedican al mercado de humanoides suelen tener problemas para comercializarlos porque antes deben superar el valle inquietante, como se llama científicamente a esta reacción negativa. En cualquier caso, este inconveniente no ha desanimado a Fred… ni a sus creadores, que fabrican estos robots Mesmer (nombre que reciben por su parecido con los humanos) con fines educativos y de entretenimiento. No es difícil imaginar que dejarán obsoletos a los museos de cera.

Un robot asequible

¿El precio? La empresa no da cifras para Fred, pero modelos anteriores, menos sofisticados, rondaban los 70.000 euros. Por lo menos, el mantenimiento es barato, aseguran. Puede ser controlado y programado a distancia desde cualquier lugar del planeta.

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