Los piratas no eran unos tipos tan insensibles como creíamos. Investigaciones recientes demuestran que fueron maridos cariñosos y atentos padres de familia. Por Frank Thadeusz

Las palabras que el viudo capitán William Morris escribió a su madre poco antes de morir todavía resultan conmovedoras. Le rogaba que fuese «padre, madre y abuela a un tiempo para mis amados y dulces hijos». Poco después, el marinero moría ahorcado por pirata en el Muelle de las Ejecuciones de Londres.

Los historiadores están desmontando la leyenda que describe a los piratas como aventureros crueles aislados del resto de la comunidad

La ternura que desprende la última misiva del capitán choca de lleno con la imagen de hombres temerarios y sedientos de sangre que se nos viene a la cabeza cuando se habla de piratas. Sin embargo, actitudes como la de Morris estaban mucho más extendidas en el mundo de los bucaneros de lo que hasta ahora se creía.

Edward Low tiene fama de ser uno de los hombres más crueles que jamás hayan navegado bajo la bandera de la calavera. Uno de los relatos que nos han llegado de él cuenta que al capitán de un barco apresado le cortó los labios, los hizo cocinar y luego se los dio a comer a otro prisionero. Low encarnaba el prototipo de monstruo que sembró el terror en los siete mares. Ahora sabemos que no fue del todo así.

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Se dice que Edward Low cortó los labios a un capitán apresado, los asó y se los hizo comer a otro preso. Su fama de sádico choca con su faceta de sensible padre de familia

Low trabajaba en los astilleros de Boston a principios del siglo XVIII. Casado y con dos niños, su esposa murió nada más nacer su segundo hijo, que tampoco sobrevivió mucho tiempo. Aquel drama destrozó la vida de Low, que perdió el norte y acabó haciéndose a la mar. Algunos testigos contaron más tarde que el duro capitán lloraba convulsivamente cuando le asaltaba el recuerdo de su tragedia personal.

 

Una legión de expertos y estudiosos se ha planteado derribar el mito de criminales sin escrúpulos levantado en torno a estos hombres. De presuntos asesinos inhumanos a espíritus libertarios dueños de una delicadeza desconcertante, a ese punto llega la rehabilitación de su imagen. La escritora Daphne Geanacopoulos, por ejemplo, describe al capitán Low como un hombre tan sensible que se negaba a enrolar a padres de familia, alegando que no podía desear a otros el lastre que para él era verse separado de su esposa e hijos.

El sanguinario capitán Low no enrolaba a piratas que tuvieran hijos para no separarlos de sus familias

En el último número de la revista History Today, la historiadora norteamericana Rebecca Simon también elogia a criminales condenados como William Morris, a los que califica de esposos fieles y atentos, «muy conscientes de las terribles consecuencias que su muerte podría tener para sus familias».

Ahí está el caso de Walter Kennedy, recogido por Simon en su artículo. Este pirata inglés, que regentó un burdel tras dejar el oficio del sable, fue condenado a morir en la horca en 1721. Al pie del cadalso insistió en alabar a su esposa como dechado de virtudes y mujer que siempre había desaprobado sus muchos vicios, con la intención de ahorrarle problemas con la Justicia.

Nuevos documentos testimonian que la piratería se organizó gracias al apoyo de las esposas en tierra

Por su parte, el historiador John Appleby -de la Hope University de Liverpool- ha llegado a una sorprendente conclusión tras años de investigaciones: todo el sistema de la piratería organizada de los siglos XVI a XVIII se habría venido abajo de no haber contado con el apoyo de las esposas en tierra.

A grandes rasgos, los piratas que entonces infestaban las aguas internacionales respondían a dos tipologías: por un lado, corsarios con autorización estatal, que atacaban a las flotas de los países enemigos con el beneplácito de sus monarcas; por el otro, aquellos cuyo destino más probable era acabar balanceándose en el extremo de una soga.

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Muchos de los que terminaron colgados en cadalsos eran delincuentes que vulneraban las leyes comerciales con las que la Corona inglesa oprimía a sus colonias en América. Los pioneros del Nuevo Mundo solo tenían permitido intercambiar mercancías con Inglaterra, y en unas condiciones enormemente desfavorables para ellos. Para poder sobrevivir económicamente, muchos norteamericanos decidían correr el riesgo y burlar las leyes, afirma la escritora Daphne Geanacopoulos.

No eran pocos los habitantes de las ciudades portuarias de Inglaterra y de la propia América que veían con buenos ojos a estos delincuentes. «Los piratas llevaban dinero a sus comunidades y daban trabajo a los marineros, constructores de barcos y artesanos locales. En aquella época, el estigma que hoy los acompaña no existía entre la población», cree Geanacopoulos.

Historias de amor

Gracias a nuevas fuentes y testimonios, los historiadores están desmontando la leyenda que los describe como aventureros fuera de la ley y alejados de cualquier vínculo con el resto de la comunidad. Antiguas cartas y actas de interrogatorios están haciendo posible una reconstrucción por fin realista de las vidas de aquellos hombres, a los que la prensa de la época presentaba poco menos que como bestias con forma humana.

La de Samuel Bellamy, por ejemplo, es una historia que daría para una película, pero de amor. Era un joven sin oficio ni beneficio que pululaba por las tabernas de la península del cabo Cod, al sureste del Massachusetts del siglo XVIII.

En una de sus noches de juerga, Bellamy se enamoró perdidamente de la joven Maria Hallet. Ambos jóvenes comenzaron un apasionado romance. Sin embargo, los padres de Maria se oponían a su relación: en ningún caso aceptarían que su hija tuviese tratos con un vividor de su ralea.

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Maria Hallet, la amada de Samuel Bellamy. Su romance acabó en tragedia

Bellamy se marchó en busca de fortuna, para una vez rico volver a por su amada. Por su parte, la desconsolada Maria descubrió que se había quedado embarazada. Mientras la deshonrada hija de los Hallet se veía desterrada al rincón más miserable del cabo Cod, Bellamy se convirtió en un temido capitán pirata. A partir de la primavera de 1716, Bellamy capturó tal cantidad de barcos que decidió regresar.

En abril de 1717, en el viaje de vuelta a cabo Cod, una funesta tempestad se cruzó en su camino. El buque esclavista que el capitán pirata había capturado poco antes y con el que regresaba a su hogar se hundió con las costas de la península ya a la vista. Solo sobrevivieron dos marineros. Bellamy no era uno de ellos. De haber conseguido llegar a tierra, en lugar de una joven lozana, Bellamy se habría encontrado con una mujer destrozada. Maria Hallet había dado a luz a un hijo, que murió cuando todavía era un bebé de pecho. La desgraciada muchacha fue víctima de las sospechas de sus vecinos, que la acusaban de brujería, y sufrió enormes penalidades.

Correspondencia

El pecio del buque de Bellamy no ha sido rescatado, pero a lo largo del tiempo han aparecido en la costa cercana alrededor de doscientos mil objetos y restos de todo tipo que pudieron pertenecer a su barco.

Los historiadores han descubierto que los piratas mantenían una relación epistolar con sus esposas

Bellamy no escribió cartas de amor a su amada. Sin embargo, los historiadores han constatado que estos criminales mantenían un activo y bien organizado intercambio epistolar con sus esposas y queridas.

Vidas privadas

Cuando el filibustero Samuel Burgess cayó en manos de cazadores de piratas en 1699, llevaba a bordo cartas selladas con lacre rojo. Los historiadores se percataron de su valor siglos más tarde.
Aquellos textos abren una ventana única a la vida privada del entorno presuntamente más cruel de la época. «Querido Jacob -le escribe a su marido una mujer llamada Sarah Horne-, aprovecho con alegría la ocasión de participarte que tu hijo y yo misma nos encontramos bien». «Nuestros conocidos y amigos también se encuentran todos bien de salud y te mandan sus saludos», le decía unas líneas más adelante a un esposo que surcaba las olas al otro lado del océano. La carta, fechada el 5 de junio de 1698, seguía en manos de Burgess, que actuaba como mensajero, cuando fue apresado un año más tarde. Jacob Horne nunca leyó las dulces palabras de su esposa.

En algunos casos, el papel de las mujeres de las familias de los piratas no se quedaba en un mero apoyo espiritual, afirma el historiador Appleby.

Las mujeres desempeñaban un papel destacado en las redes locales que sostenían a los piratas. En muchas ciudades portuarias regentaban tabernas y posadas, locales cuya principal función era la de servir como almacenes para los bienes robados.

Madres, hijas y esposas actuaban como encubridoras y cómplices que se encargaban de vender las mercancías en el mercado negro. «Ayudaban a sus compinches con los botines que estos llevaban a tierra», dice Appleby.

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Ante las severas restricciones comerciales, algunos ‘honrados’ colonos americanos se vieron obligados a piratear

A partir de 1540, la Corona inglesa se vio enfrentada a la cada día más acuciante cuestión de qué hacer con esa piratería de tierra firme. Esta preocupación dio pie a la acusación de Anne Piers, obligada a comparecer ante el Consejo Real en 1581.

John, un hijo de Anne Piers, había conseguido cierta fama como pirata. La madre fue forzada a confesar que había recibido de sus manos bienes robados, entregados en el puerto en mitad de la noche. Sin embargo, durante el juicio el foco acabó centrándose en el hecho de que Piers estuviese en la calle a horas tan indecentes. El tribunal desestimó la acusación de brujería, pero mantuvo la de ser «una mujerzuela de vida licenciosa».

Leyendas de ‘glamour’

La existencia de los piratas tenía mucho menos glamour que el transmitido por las habituales representaciones mitificadoras, resume John Appleby. En la mayoría de los casos de piratería juzgados por el Tribunal Supremo del Almirantazgo inglés no aparece ni rastro de esos aventureros lanzados al abordaje sable en mano. Sirva como ejemplo el juicio a Thomas Billinge, celebrado en la primavera de 1598. este delincuente de poca monta se coló en un barco anclado en el puerto y robó, entre otras cosas, un vestido de mujer, unos pantalones y un sombrero de tela.

PARA SABER MÁS
The pirate next door. The untold story of eighteen century pirate’s wives, families and communities, de Daphne Geanacopoulos. Carolina Academic Press.

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