La imprenta de tipos móviles de Johannes Gutenberg inauguró una nueva era. Sin ella no habría habido Renacimiento ni Ilustración. Por Fátima Uribarri

Gutenberg recibió recompensa por su éxito. En 1465, Adolfo II de Nassau -arzobispo y elector de Maguncia- lo incluyó en su séquito, lo que significaba una agradable exención de impuestos. Pero Gutenberg no murió rico. Los socios se enzarzaron en pleitos. Fust y Schöffer se separaron de Gutenberg y continuaron imprimiendo por su cuenta.

Muchos expertos hacen hincapié en la importancia del trabajo, como cajista y tipógrafo, de Peter Schöffer. Fue quien ideó la regleta utilizada en el taller de Maguncia y luego fue pionero en incluir notas marginales y en imprimir los títulos en color. Su labor fue crucial, pero ha quedado ensombrecida por la fama de Gutenberg.

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También hay quien sostiene que el padre de la imprenta con tipos móviles metálicos no fue Gutenberg, sino el holandés Lorenz Coster que se habría adelantado 20 años al de Maguncia.

Los que se habían adelantado fueron los chinos, que imprimían con tipos móviles de madera desde el siglo XI, y los coreanos, que fueron los primeros en utilizar caracteres móviles de metal. Pero sus trabajos fueron minoritarios y no se expandieron: no había demanda para sus textos; en China solo pedían libros desde el palacio del emperador, así que el invento se quedó ‘escondido’ en Asia. Hasta que llegó Gutenberg, un hombre audaz que con su creación inauguró una era que ha durado siglos.

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