En 1518, hace ahora 500 años, tuvo lugar el juramento de Carlos I como rey de Castilla y León en las Cortes que se celebraron en el Colegio de San Gregorio de Valladolid. Por José Segovia

Una vez que finalizó la ceremonia, los procuradores dirigieron al monarca 88 peticiones, entre las cuales figuraba su rechazo a contribuir económicamente al plan del rey de ser nombrado emperador del Sacro Imperio Germánico -conocido como Carlos V-, así como su negativa a que la Corona extrajera metales preciosos y utilizara fondos dinerarios o caballos en proyectos reales fuera de Castilla y León.

Cien comuneros fueron ejecutados; entre ellos, el arzobispo Acuña, que controló la ciudad rebelde de Toledo

A las exigencias que planteaba Carlos I se añadieron otros problemas. El monarca llegó a Valladolid sin hablar castellano y trayendo consigo a un gran número de nobles y clérigos flamencos que causaron inquietud en la ciudad castellanoleonesa, cuyos nobles temieron perder poder y estatus social.

Todo ese cúmulo de agravios desembocó en la rebelión de los comuneros, cuyos principales líderes fueron Juan Padilla, Juan Bravo y Francisco Maldonado. Los tres rebeldes, Padilla, Bravo y Maldonado, encontraron candidato alternativo al trono en la figura de la supuestamente incapacitada Juana la Loca -la madre del emperador-, aunque ella nunca dio su consentimiento al levantamiento.

En Segovia se produjeron los primeros incidentes: los comuneros ajusticiaron a dos funcionarios reales. El conflicto pasó de ser una protesta contra la presión fiscal de la Corona a una auténtica revolución en el centro de la Meseta y en otros lugares como Murcia. En Galicia, el País Vasco y Andalucía, el levantamiento no prosperó.

Tres años después de iniciarse la rebelión comunera comenzaron a oírse voces discrepantes en sus filas, especialmente en Burgos, que poco después decidió desligarse de los rebeldes. Pocos meses después, los dos bandos se enfrentaron en Villalar el 23 de abril de 1521, una batalla que se saldó con cerca de mil bajas entre los rebeldes y el apresamiento de sus tres cabecillas, Padilla, Bravo y Maldonado, que fueron decapitados horas después.

El 1 de noviembre, Carlos I promulgó el Perdón General, que amnistiaba a los que habían participado en la rebelión. Pese a todo, cien comuneros fueron ejecutados; entre ellos, el arzobispo Acuña, que controló la ciudad rebelde de Toledo junto con María Pacheco -mujer de Padilla-, quien pudo escapar a Portugal y salvar su vida.

Consecuencias económicas

La industria textil del centro de Castilla quedó muy dañada y las indemnizaciones que tuvieron que pagar las ciudades rebeldes por los daños causados mermaron sus economías durante décadas.

Homenaje a los sublevados

En la Transición se comenzó a conmemorar el 23 de abril la derrota de los comuneros en Villalar, una fecha que poco después pasó a ser el día de la comunidad autónoma de Castilla y León.

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