Momentos de locura, actos heroicos, deserciones, ataques inútiles e incluso paradas en medio de un bombardeo para tomar el té… El prestigioso historiador británico Antony Beevor nos cuenta la batalla de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial. Por Antony Beevor, historiador militar

Hoy nos decimos que la victoria del día D en la batalla de Normandía estaba cantada, en vista de la superioridad aérea y naval de los aliados.

Sin embargo, en la historia nada está predeterminado. En aquel momento no estaba clara la línea entre el triunfo y el desastre absoluto.

El domingo 4 de junio, el general norteamericano Eisenhower se reunió con los mandos aliados en su puesto de mando de Southwick House, al norte de Portsmouth. Debían tomar una decisión crucial: aceptar la predicción de los meteorólogos de que el tiempo borrascoso iba a mejorar el 6 de junio -no mucho, pero lo suficiente para entrar en acción- o posponer todo el operativo. Eisenhower se decantó por seguir adelante. Si hubiera decidido retrasar el desembarco dos semanas, la enorme flota invasora se habría topado con la peor tempestad del canal de la Mancha en los últimos 40 años. No me gustan las especulaciones históricas basadas en preguntas del tipo ‘¿Qué hubiera pasado si…?’, pero es de justicia reconocer que el mapa europeo de la posguerra podría haber sido muy diferente si la gran flota aliada se hubiera visto dispersada por la tormenta. Habría sido necesario emprender nuevos preparativos partiendo de cero otra vez.

Eisenhower leyó el parte meteorológico y decidió actuar el día 6. Si lo hubiera pospuesto, una tempestad habría arruinado la operación

Winston Churchill tenía además otras razones para estar de los nervios. Nunca le había gustado el plan de invadir Alemania por el noroeste de Europa. Se lo habían impuesto Stalin y Roosevelt en la reunión de Teherán del noviembre anterior. Desde el siglo XVIII, Gran Bretaña siempre había preferido ‘la estrategia periférica’: valerse de la Royal Navy para desgastar al adversario numéricamente superior. El sueño de Churchill era partir desde Italia y avanzar por el centro de Europa para prevenir una ocupación soviética; pero los americanos ahora estaban al mando y defendían ‘la estrategia continental’: el choque masivo de fuerzas terrestres para destruir al enemigo frontalmente.

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Ingleses con una guía de Francia antes de desembarcar. Los americanos se asombraban de que los británicos disfrutaran de pausas regulares para tomar el té. Además, habían desarrollado una mentalidad sindicalista, dice el historiador, y se limitaban a hacer la labor asignada

Todos los que formaron parte del día D -soldados, marinos o aviadores- nunca olvidarían la imagen previa al desembarco. La flota reunida para la invasión era la mayor de la historia: 7.700 barcos y 12.000 aeronaves. Los pilotos contaron después que, desde el cielo, el mar estaba tan atestado de embarcaciones que parecía posible llegar a Francia andando.

Seguimos considerando el día D y los enfrentamientos de Normandía como una lucha enconada de americanos y británicos contra alemanes. Pero se trató de la batalla más multinacional de la guerra. Una división canadiense desembarcó en la playa de Juno. Comandos franceses se lanzaron al asalto de Ouistreham, y paracaidistas franceses cayeron sobre Bretaña. Hubo navíos de nueve países, así como escuadrillas aéreas tripuladas por canadienses, neozelandeses, australianos, rodesianos, polacos, franceses, belgas, holandeses, noruegos…

El dolor de la población francesa

Hay que tener en cuenta el sufrimiento experimentado por los civiles franceses durante la invasión de Normandía. Eisenhower y los estrategas de la invasión sabían que los aliados se encontrarían con graves dificultades justo al pisar la orilla, porque los alemanes tratarían de reforzar rápidamente sus tropas con blindados Panzer. Por ese motivo idearon la llamada ‘Operation Transportation’; el plan era acordonar y sellar el área de la invasión mediante el bombardeo de los puentes del Loira, en el sur, y los del Sena, al este… y destruir los pueblos y ciudades que llevaban a las playas.

Al enterarse de la estimación de bajas civiles, Churchill se horrorizó. Trató de establecer un límite de 10.000 muertos, pero, por insistencia del general Eisenhower, Roosevelt finalmente tuvo la última palabra. Las víctimas civiles reales fueron 15.000 muertos y hasta 100.000 heridos tan solo durante los bombardeos preparatorios. Otros 20.000 fallecieron en los enfrentamientos de Normandía entre el 6 de junio y mediados de agosto.

desembarco de normadia dia d

En algunos lugares de Normandía, el bombardeo aliado de cascos urbanos no solo fue evitable, sino que fue contraproducente. Dificultó el avance, sin perjudicar a los alemanes. Saint-Lo en agosto de 1944. Foto: Getty Images (Coloreado de Marina Amaral)

La ciudad de Caen fue hecha trizas por los bombardeos el 6 de junio y el 7 de julio. Los soldados británicos que observaron el espectáculo sentían que la tierra temblaba como un flan bajo sus pies. Daban por sentado que la ciudad normanda había sido evacuada, pero no era el caso. Un periodista preguntó más tarde a uno de los civiles la sensación vivida durante el bombardeo. El hombre respondió: «Imagínese a una rata metida dentro de un balón de fútbol durante un partido internacional. Así era como nos sentíamos».

Los ayudantes de Hitler no se atrevieron a despertarlo la mañana de la invasión. El Führer se había reservado el control de los Panzer

En algunos lugares -sobre todo en Caen-, el bombardeo del casco urbano no solo fue evitable, sino que resultó contraproducente, ya que dificultó el avance aliado sin perjudicar a los alemanes. En su conjunto, lo sucedido saca a relucir una importante paradoja. Los ejércitos de las democracias muchas veces terminan por matar a mayor número de civiles, por la sencilla razón de que sus mandos se ven sometidos a la presión de la prensa y del parlamento en la retaguardia; la insistencia en reducir al mínimo las bajas entre sus tropas les lleva a exagerar en el uso de la artillería y los bombardeos aéreos.

Rommel fue el primero en emplear la expresión ‘el día más largo’. Quería subrayar con ello el hecho de que los alemanes solo tendrían la oportunidad de derrotar a los invasores en el curso de las primeras 24 horas. Comprendía que, una vez que los aliados estuvieran bien asentados en las playas, los alemanes estaban condenados a la derrota final. El colosal apoyo aéreo y la poderosa artillería de los barcos aplastarían cualquier contraataque a gran escala. Rommel tuvo la idea de desplegar divisiones Panzer cerca del litoral, pero se encontró con la oposición de sus colegas, que insistían en mantenerlas en los bosques del norte de París. Hitler al final tomó cartas en el asunto y decidió controlarlas en persona desde su refugio del Berghof, en Alemania… pero sus asistentes no se atrevieron a despertarlo durante la decisiva mañana de la invasión.

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En los ataques aliados a pueblos franceses hubo 15.000 muertos y hasta 100.000 heridos solo en los bombardeos preparatorios. Getty Images (Coloreado de Marina Amaral)

Las divisiones alemanas de infantería adscritas al 7º Ejército defensor de Normandía no contaban con hombres suficientes, estaban mal armadas y habían sido adiestradas de forma deficiente. En pocas palabras, no eran lo bastante fuertes para plantar cara a los aliados. La invasión pronto se convirtió en una batalla de desgaste. El 10 de junio, solo cuatro jornadas después del día D, los aliados y los alemanes se encontraron con el avance bloqueado.

Una masacre brutal

Se suponía que la carnicería se produciría el mismo día D, pero sucedió más tarde y en el interior de Francia. Fue entonces cuando las bajas británicas superaron en un 80 por ciento las estimaciones de los mandos, para angustia de Montgomery y del Secretariado de Guerra. Churchill comenzó a preguntarse si quedaría un ejército británico en pie cuando los aliados llegaran a Berlín. En el curso de la batalla de Normandía, los combates fueron tan sangrientos como en el frente ruso. De hecho, las bajas mensuales alemanas por división duplicaban el promedio registrado en Rusia.

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Churchill quería partir desde Italia y avanzar por el centro de Europa para evitar una ocupación soviética. Pero tuvo que claudicar con el desembarco: mandaban los americanos

Los voceros de la propaganda soviética posteriormente insistieron en que los aliados en Normandía tan solo tuvieron que hacer frente a los despojos del ejército alemán. Pero la realidad fue que británicos y canadienses se encontraron ante la mayor concentración de divisiones Panzer de las SS desde la colosal batalla de Kursk.

Los combates en tierra normanda resultaron mucho más duros de lo previsto por el mando aliado. Se suponía que los alemanes estarían desmoralizados y aterrados por las incursiones aéreas, pero la mala visibilidad de ese mes de junio extrañamente lluvioso redujo mucho la superioridad aérea aliada. El alto mando también había subestimado la capacidad del enemigo para defenderse en un terreno como aquel. En el bocage, el claustrofóbico paisaje normando de pequeños campos y setos espesos, los alemanes se las arreglaban para infligir fuertes bajas a fuerzas muy superiores atrincherándose y utilizando el camuflaje con astucia.

Bajas psiquiátricas

Otras veces, las bajas eran causadas por la ‘fatiga de combate’, lo que hoy se llama ‘trastorno de estrés postraumático’. Los números cantan. En el bando aliado, el número de bajas por motivos psicológicos fue muy alto, unos 30.000 casos solo en el 1er Ejército estadounidense. Por el contrario, los psiquiatras militares americanos y británicos no entendían cómo tan pocos prisioneros alemanes parecían sufrir fatiga de combate, a pesar de los intensos bombardeos que llevaban tiempo soportando. Sospechaban que era por el adoctrinamiento nazi. Un médico militar alemán hecho prisionero, el doctor Damman, consideraba que «la propaganda alemana que insta a los hombres a la salvación de la patria ha contribuido a limitar el número de bajas por causas neuropsiquiátricas».

Lo cierto es que el ejército de Hitler sencillamente no reconocía la fatiga de combate como una dolencia. Sus oficiales seguramente se hubieran hecho cruces de lo blandengue de la disciplina entre los aliados. Sus nuevos soldados llegaban a punta de bota. Y si se disparaban en la mano o el pie, eran ejecutados sin más. Un Obergefreiter asignado a la 91ª División Luftlande, relataba en una carta fechada el 15 de julio: «Krammer, un muchacho competente y valeroso, ha cometido la estupidez de pegarse un tiro en la mano. Ahora van a fusilarlo».

La carnicería no se dio el día D, sino luego, en el interior de Francia. Los combates fueron tan sangrientos como en el frente ruso

Las unidades alemanas tenían un problema muy distinto. El odio visceral generado por las muertes de amigos en combate, de novias o de familiares fallecidos bajo las bombas aliadas produjo el fenómeno de los verrückte Helmuts, ‘los Helmuts locos’. En casi todas las compañías había al menos uno de estos personajes, convencidos de que ya no tenían razones para seguir viviendo, a la vez que obsesionados con matar para vengarse.

No todos los soldados alemanes eran fanáticos o miembros de las SS. En las divisiones de infantería, las actitudes podían ser muy distintas. Eberhard Beck, integrante de la 277ª División de Infantería, escribió: «Teníamos claro que la guerra había terminado tiempo atrás. Lo único que nos importaba era sobrevivir. Por mi parte siempre estaba pensando en lo mismo». Y agrega: «Una herida, hospital de campaña, hospital en Alemania, el hogar, el final de la guerra… Lo único que me interesaba era escapar de aquella desolación».

El valor en el combate

La cuestión del valor en el combate reviste inmensa importancia. Hay muy pocos hombres que no sepan lo que es el miedo; de hecho, los valientes son aquellos que llegan a superarlo. Un informe británico realizado poco después de la invasión de Normandía dejaba claro que, en un pelotón de unos 30 hombres, un pequeño puñado acostumbraba a asumir el peso del combate, otro reducido grupo hacía lo posible por evitar la lucha y hasta por desaparecer del combate, mientras que la mayoría situada entre ambos grupos secundaba a los luchadores si las cosas iban bien… pero se dejaba llevar por el pánico y se escaqueaba cuando iban mal dadas.

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Se reunieron 7700 barcos y 12.000 aeronaves. Los pilotos narraron después que había tal cantidad de embarcaciones que parecía posible llegar a Francia andando

Montgomery se quedó tan anonadado al leer este documento que hizo que lo suprimieran. Sin embargo, sus conclusiones eran veraces en lo fundamental, y así lo confirmaron otros estudios realizados por otros ejércitos. En general, los soldados incluso se abstenían de disparar sus armas durante el combate. Curiosamente, en los archivos rusos he encontrado indicios de que los oficiales del Ejército Rojo sospechaban lo mismo de sus propios hombres. Un oficial muy condecorado llegó a decir que sería cuestión de revisar todos los fusiles inmediatamente después de entablar la lucha con el enemigo y de fusilar en el acto como desertor a todo soldado cuya arma no hubiera sido disparada.

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Los alemanes no se desmoralizaron ante el enorme despliegue aliado: se atrincheraron y camuflaron muy bien. En la foto, una víctima aliada del desembarco. Foto: Getty Images (Coloreado de Marina Amaral)

Los alemanes pronto advirtieron que los británicos eran muy arrojados al defenderse pero cautos en la ofensiva. El fenómeno se explicaba por numerosas razones, pero conviene recordar que, en 1944, el país llevaba casi cinco años en guerra, por lo que el cansancio era considerable. Y a medida que se acercaba el final de la contienda, cada vez más hombres querían salir vivos como fuera. Además, soldados y suboficiales también se habían politizado mucho más que en la Primera Guerra Mundial. Como resultado desarrollaron una mentalidad ‘sindicalista’ que influía en lo que, a su modo de ver, podía exigírseles o no. Una mentalidad que les llevaba a limitarse a hacer la labor asignada y punto. Un canadiense observó que los zapadores británicos consideraban que eso de disparar al enemigo no iba con ellos y que la infantería se negaba «a cubrir un cráter o echar una mano cuando un vehículo tenía problemas para avanzar». Dicha actitud era prácticamente desconocida en los ejércitos alemán o estadounidense.

En un pelotón de 30 hombres solo unos pocos asumían el combate, según señalaron informes británicos y americanos

Los observadores americanos y canadienses también se quedaban atónitos al ver que el soldado británico encontraba muy normal disfrutar de pausas regulares para tomar el té o fumar. El mismísimo día D, un número asombroso de británicos, exhaustos al llegar a la orilla, consideraron que se habían ganado un merecido descansito. Un oficial estadounidense de enlace comentó que «muchos de ellos se decían que, con llegar a tierra, ya habían hecho bastante, que tenían tiempo de sobra para fumar un pitillo, y hasta para beberse una tacita de té, en lugar de seguir adelante con la misión de desmantelar las defensas del enemigo y adentrarse en el sector».

PARA SABER MÁS

El día D. La batalla de Normandía, de Antony Beevor. Editorial Crítica.

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