Ese hilo que nace en los telares de Jotán puso en marcha a las caravanas por una de las rutas comerciales más largas y fecundas de la historia de la civilización, la Ruta de la Seda

Este camino de comercio comenzó a utilizarse hacia el año 100 a. C. cuando el emperador chino Wudi, de la dinastía Han, sometió mediante conquistas y alianzas extensos territorios de Asia central. La estabilidad que esto supuso y la construcción de numerosas calzadas, permitieron el tráfico de caravanas que desde la capital china de entonces, Chang’an, llegaban hasta los puertos mediterráneos de Alejandría y Antioquía después de cruzar las cordilleras del Pamir y el Karakorum, y atravesar las regiones de Sogdiana y Bactriana.

Por ella viajaban la apreciada seda y las especias cruzándose con el oro, la plata y la lana del Imperio romano. Sin embargo, cuando pasada la primera mitad del siglo XIII, Marco Polo recaló en Jotán, la seda ya no era el principal objetivo de este camino. Los tiempos habían cambiado.

Hacia el siglo V la Ruta de la Seda había experimentado un fuerte declive debido a la fragmentación del Imperio romano y agudizado por la aparición del Islam. El Profeta había sentenciado: «No os ataviéis con prendas de seda o brocado», aunque había dejado fuera de esta prohibición a las mujeres. A los desobedientes, el Corán les excluía del paraíso: «Sólo se revisten de seda quienes no tomarán parte en la vida futura». Lo cierto es que, por éste y otros factores, los Polo iban buscando otras mercancías diferentes. Por las narraciones de la época sabemos que la seda había dejado de jugar el papel principal en esta serie de caminos que llevan su nombre (por lo demás completamente moderno; la expresión «Ruta de la Seda» no figura ni en las narraciones de la Edad Media ni en las de la Antigüedad).

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