Ahora hay solo 50.000. Pero en 40 años podrían estar extinguidos. A estos primates, que comparten el 97 por ciento del ADN con los humanos, los matan a balazos y machetazos, destruyen su hábitat y se eluden las leyes que los protegen. ¿Quiénes son sus asesinos? Por Joachim Rienhardt/ Fotografía: Ulet Ifansasti

La inteligencia de los grandes simios: ¿por qué son tan humanos?

Al orangután solo le quedaban unas horas de vida. Se encontraba a 15 metros de altura, en la copa de un árbol en los márgenes del Parque Nacional de Kutai, al este de Borneo, cerca del Ecuador. Kaluhara II gritaba, arrancaba ramas y las lanzaba hacia abajo. Intentaba así alejar a los cinco hombres que lo apuntaban con sus rifles de aire comprimido y disparaban despiadadamente.

Nazir -un pequeño agricultor de la zona-, su hijo, su cuñado, un sobrino y un vecino recargaban sin parar, diez disparos cada vez, calibre 4,5 milímetros. Kaluhara II, como después se llamó a este orangután, tenía unos siete años de vida. Es la edad a la que estos animales se separan de sus madres e intentan abrirse camino por sí mismos.

En los últimos 16 años han muerto 100.000 orangutanes. O los matan o mueren en los incendios provocados para ganar hectáreas dedicadas al aceite de palma

A pesar de los continuos disparos, el joven primate consiguió bajar del árbol y llegar a un pequeño lago. En sus aguas abundan los cocodrilos. Los orangutanes no saben nadar.

En 40 años no habrá ningún orangután: ¿quiénes son sus asesinos? 2

Al orangután Kaluhara II le dispararon 130 balas, 74 de ellas en la cabeza, varias en los ojos.

Le tienen miedo al agua y también a los cocodrilos. El aterrorizado Kaluhara II buscó refugio en un árbol caído que sobresalía en medio del agua. Se aferró a una rama mientras sus perseguidores seguían disparando. Algunos proyectiles le impactaron en los ojos. Ya estaba ciego cuando, de repente, se hizo la calma. Nazir y sus acompañantes, tras 150 disparos, se habían quedado sin munición.

Kaluhara II es uno de los miles de orangutanes que son cazados por los seres humanos. Solo en los últimos
16 años han muerto 100.000. La mayoría son víctimas de los incendios y las talas, pero también mueren abatidos a tiros, ensartados, asesinados cara a cara. Una lucha desigual, humano contra animal, un animal que comparte el 97 por ciento del ADN de sus cazadores.

En condiciones normales, Nazir no habría tenido nada que temer por disparar a Kaluhara II. Nadie se habría enterado de su muerte. Los cocodrilos lo habrían devorado. Y aunque su cruel cacería hubiera llegado a oídos de alguien, este tipo de hechos apenas se persiguen. Sin embargo, Kaluhara II todavía seguía aferrado a una rama al día siguiente, cuando Comaria -una prima de Nazir- se acercó al lago para pescar. Cuando lo vio allí, sacó su móvil e hizo varias fotos y vídeos.

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También matan a las madres para robar a las crías, domesticarlas y usarlas para tareas de limpieza.

Voluntarios de la organización Centre for Orangutan Protection acudieron a toda prisa al rescate. Fueron ellos los que colgaron las imágenes del primate moribundo en la Red y le pusieron el nombre de Kaluhara II, en recuerdo de un congénere encontrado muerto dos años antes flotando en las aguas del mismo río. A aquel ejemplar lo llamaron Kaluhara, ‘hormiga de fuego’. En aquel caso, como en la práctica mayoría, no se encontraron rastros que pudieran llevar a los asesinos. En el de Kaluhara II, la cosa fue diferente.

Nazir sintió pavor la primera vez que Kaluhara II entró en sus tierras, el año pasado. Hasta entonces, nunca había visto un orangután vivo. Colocó espantapájaros para alejar al intruso. Pero el orangután volvía. «Tenía un hambre voraz. El orangután me comió más de 5000 piñas», dice este agricultor de 63 años. Cuando su vecino Muis le ofreció ayuda para cazar al intruso, Nazir no se lo pensó dos veces.

Presión policial

«Este tipo de casos son más difíciles de resolver que el asesinato de una persona», asegura el comisario Yuliansyah Tita. «Nunca hay testigos. Los monos no saben hablar. Y, cuando se trata de orangutanes, los campesinos mienten siempre». La presión a la que estaba sometido el comisario era inmensa.

Hay un programa en colaboración con el Gobierno indonesio para salvar al orangután: Pero la corrupción y la deforestación alientan el exterminio

El aceite de palma es la principal exportación de Indonesia, unos 17 millones de habitantes trabajan en la industria del aceite de palma. Se calcula que el producto de su trabajo está presente en la mitad de los artículos que se venden en nuestros supermercados. A partir de 2030, el aceite de palma ya no se podrá usar en la Unión Europea para elaborar biocombustibles, pues la planta de la que procede es la principal culpable de la destrucción de las selvas. En respuesta a esta prohibición, el Gobierno de Indonesia amenaza a la Unión Europea con un boicot comercial y con la salida de su país del Acuerdo del Clima de París.

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En Indonesia se han destruido 24 millones de hectáreas de bosque según Greenpeace.

Es en este contexto en el que las imágenes del moribundo Kaluhara II empezaron a circular por Internet. Para las autoridades de Indonesia, demostrarle al mundo que el país hace todo lo posible por proteger a los orangutanes era una prioridad. El jefe de la Policía amenazó con hacer rodar cabezas si el caso no se resolvía en dos semanas. El comisario Tita organizó tres grupos de investigación, 27 hombres en total, tres veces más que en un asesinato normal.

En un primer momento, Nazir no le pareció sospechoso. Había colaborado en las labores de rescate. Hasta pareció afectado cuando, días más tarde, llegó la noticia de que el intento de una veterinaria de operar de urgencia a Kaluhara II había fracasado.

En el cuerpo de Kaluhara II se hallaron 130 proyectiles, 74 de ellos en la cabeza. Los incisivos del lado izquierdo de la mandíbula inferior estaban rotos por los disparos. El testículo derecho presentaba heridas por corte. En las plantas de los pies había huellas de machetazos.

El juicio que llevó a Nazir y a sus cómplices a la cárcel fue rápido. Nazir confesó los hechos. No tenía abogado. La excusa de que no sabía que los orangutanes eran animales protegidos no lo ayudó demasiado.

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Huyen de las talas y se acercan a las aldeas, donde los campesinos los matan para que no se coman sus cosechas.

En Indonesia está prohibido capturar, herir o matar ejemplares de especies protegidas. La pena máxima es de cinco años. Nazir fue condenado a nueve meses de prisión. Los medios de comunicación de todo el país lo presentaron como el asesino de orangutanes. El Gobierno celebró el veredicto. Pero, en realidad, las condenas por vulneración de la ley de especies protegidas emitidas entre 2007 y 2017 no llegan a las diez, aunque, según los estudios, cada día mueran de media cuatro orangutanes en ataques como el protagonizado por el campesino Nazir.

Hay temporadas en las que no pasa una semana sin que se recoja alguna cría de orangután huérfana. «Hallar a cada una de estas crías significa que una madre ha muerto -afirma Maria Voigt, la autora del estudio del Instituto Max Planck-. Una madre orangután nunca abandonaría a sus hijos». Muchas veces, estas crías acaban como mascotas en casa de los nativos, donde aprenden a limpiar los retretes. Los padres y madres muertos son arrojados a los ríos. Sus casos nunca salen a la luz.

Corrupción

«Tengo un certificado que me autoriza a plantar aquí», dice Nazir, que ha salido de la cárcel hace poco. Como siempre, recorre descalzo el pequeño campo situado detrás de su casa, una cabaña de madera construida sobre postes para protegerse de los animales salvajes. «He estado nueve meses sin poder venir a cuidar mis piñas. Ahora tengo que volver a arreglarlo todo -cuenta-. La cárcel era un infierno. Y ahora me toca volver a empezar desde el principio».

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Hay un programa en colaboración con el Gobierno indonesio para salvar al orangután. Pero la corrupción y la deforestación alientan el exterminio.

A sus espaldas, las plantaciones de palma se extienden hasta donde alcanza la vista. Algunas de ellas son propiedad de los guardas del parque nacional. El propio Nazir está preparando un campo para unos policías de la comisaría cercana. Es su pago a cambio de no ser molestado. Añade que también le habrían soltado de la cárcel dos meses antes, pero no pudo reunir el dinero que le pedían. «Los policías son peores que los cocodrilos», reconoce Nazir.

Prácticamente a diario oye el rugido de las motosierras que hacen sitio para nuevas plantaciones. Y el sonido sordo de las detonaciones en las minas de carbón limítrofes con el parque. Los orangutanes poseen una extraordinaria capacidad de adaptación. «Cuando hay explosiones -comenta Nazir-, vienen huyendo a nuestros campos». Es lo que volvió a pasar hace dos semanas. «El orangután llegó hasta la puerta de mi casa», dice Nazir mientras recolecta las piñas con su machete.

Nuevas tierras

Oficialmente, en el país está en vigor una moratoria que impide las roturaciones para crear nuevas plantaciones. Pero los empleados de la industria del aceite de palma siguen buscando pueblos apartados en mitad de la selva para embaucar a sus jefes y convencerlos de que les cedan sus tierras.

Los habitantes de la selva nunca talaban los grandes árboles por miedo a los espíritus malignos. Pero el temor ha cedido ante el poder seductor del dinero. La deforestación avanza, al igual que la extinción de los orangutanes, por mucho que el Gobierno indonesio haya presentado recientemente cifras que demostrarían que sus poblaciones están creciendo. En realidad, el recuento se refiere a zonas protegidas donde se han puesto ejemplares en libertad.

Todavía quedan unos 50.000 orangutanes. Según algunas estimaciones, en 40 años como muy tarde podrían estar totalmente extinguidos.

PARA SABER MÁS

Programa para la conservación del orangután de Sumatra

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