El 49 por ciento de 2000 mujeres encuestadas por la Asociación de Mujeres para la Salud en España respondió ‘sí’. Muchas del 51 por ciento restante refirieron situaciones desagradables. Hablamos con pacientes y especialistas sobre una polémica que en Francia ya ha llegado hasta el Gobierno de Macron. Por Priscila Guilayn

¿Te has sentido violentada en una consulta ginecológica? (Cuéntanoslo en nuestro foro)

Me sentí una mierda de mujer. La enfermera gritándome para que me desvistiera; la ginecóloga, también a gritos, tratándome como si fuera una cobarde…». La escena que relata Esmeralda, una mujer de 48 años, ocurrió recientemente en un hospital de Aranjuez. La paciente había acudido a Ginecología para someterse a una histeroscopia. Ya conocía el procedimiento -se introduce un instrumento óptico por el cuello uterino- y solicitó sedación. «Les dije que ya me habían hecho esa prueba antes sin analgesia y que había sido horrible. Me hice pis encima, vomité, perdí el conocimiento y tuve que ser reanimada, pero no me creyeron». Ante los gritos y las negativas de las profesionales, Esmeralda abandonó la consulta. Mientras se alejaba por el pasillo, siguió escuchando comentarios desagradables. No podía haberse sentido peor y denunció ante El Defensor del Paciente el maltrato.

“El ginecólogo me dijo que solo las prostitutas se hacen tantos chequeos”

Muchas mujeres como Esmeralda sufren situaciones similares; de hecho, la mitad de todas las que en España pasan por una consulta ginecológica, según una encuesta de la Asociación de Mujeres para la Salud (AMS), especializada en salud mental e integral femenina. A la pregunta: «¿Te has sentido violentada en un servicio de ginecología?», el 49 por ciento de las 2000 entrevistadas, desde adolescentes a ancianas, respondió: «Sí». Entre el 51 por ciento restante, muchas refirieron situaciones desagradables. Y no son las únicas. En Francia, la polémica sobre los «abusos ginecológicos» ha dado luz a un movimiento que ha llevado al Gobierno galo a tomar cartas en el asunto.

Un libro negro

Todo empezó, tímidamente, en 2011. Una española radicada en Londres creó The Roses Revolution (La Revolución de las Rosas) y, desde entonces, cada 25 de noviembre mujeres de todo el mundo quedan a través de Facebook para depositar una rosa y una nota donde relatan casos personales de «violencia obstetricia» en plazas de numerosas ciudades. En 2014 llegó el siguiente gran paso. Lo dio una estudiante de Farmacia francesa de 25 años al crear un hashtag animando a las mujeres a relatar experiencias de «abuso ginecológico». Siguieron documentales, debates y la publicación, el año pasado, de El libro negro de la ginecología, una minuciosa investigación sobre el tema. La secretaria de Igualdad del Gobierno de Emmanuel Macron, Marlène Schiappa, dio entonces la voz de alarma al revelar que el 75 por ciento de los partos en el país vecino se realizaba con episiotomía -incisión de la vulva hacia el ano para evitar desgarros durante el parto-, una cifra que multiplica casi por cuatro las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Schiappa encargó a continuación un estudio sobre la praxis ginecológica, cuya conclusión, conocida este verano, fue que los actos «sexistas», sin ponerles cifras, están «relativamente extendidos».

Con espíritu similar, la AMS lanzó en España su investigación Los servicios de ginecología que deseamos las mujeres, que incluye testimonios tan reveladores como estos: «El ginecólogo -cuenta una de las mujeres encuestadas- me dijo que solo las prostitutas se hacen tantos chequeos ginecológicos». «Me preguntó si era virgen, le dije que sí, me miró con cara de no creerme y me dijo: ‘Eso espero, porque cuando te explore veré si es verdad’», relata otra. Y los ejemplos prosiguen: «Me dijo que me daba el alta, pero que seguiría conmigo encantado, mientras me miraba las tetas con alto contenido sexual»; «cuestionó el dolor que sentí en las pruebas con comentarios del tipo. ‘Si cuando estás con tu chico te comportas así, pobre, lo compadezco’»; «fui tratada como si fuera inferior o no fuera capaz de entender lo que me pasa»; «en pruebas muy molestas y dolorosas me gritaban y me decían que era una histérica»…

“Me preguntó si era virgen, le dije que sí y me respondió: ‘Eso espero, porque ahora veré si es verdad'”

El estudio de la AMS ha sido bien recibido por la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO). «Me parece un trabajo muy interesante y, en lo general, estoy de acuerdo con él. Teniéndolo en cuenta se mejoraría mucho la asistencia en las consultas -opina Txantón Martínez-Astorkiza, presidente de la SEGO, aunque descarga de responsabilidad a los ginecólogos-. Muchas veces no se hacen las cosas bien no porque los médicos sean malos y sí porque las condiciones no son buenas». La breve duración de las consultas en la sanidad pública -en cinco horas se examina, como mínimo, a 24 pacientes- o las instalaciones hospitalarias insatisfactorias figuran entre estas condiciones subrayadas desde la profesión. Las pacientes, por ejemplo, deberían contar con un espacio reservado para cambiarse y con una sábana para cubrirse si el hospital no dispone de batas suficientes. Muchas veces, sin embargo, tienen que desvestirse ante el facultativo y no siempre reciben algo para taparse.

ginecologos mala praxis especulo

Espéculo vaginal roto. “Muchas ves o se hacen las cosas bien no porque los médicos sean malos, sino porque las condiciones no son buenas”, dicen desde la Sociedad Española de Ginecología

Los testimonios recogidos en el estudio de la AMS subrayan, sin embargo, como quejas más comunes otro tipo de problemas: infantilización o paternalismo en el trato, desinterés por la opinión que la paciente tiene de sus propios síntomas, faltas de respeto y de información… «Esto pasa en otros servicios, pero en Ginecología te encuentras más expuesta, desnuda ante un desconocido -subraya Pilar Pascual, psicóloga y coordinadora de la entidad que firma la investigación-. Necesitamos un trato que tenga en cuenta esa vulnerabilidad».

«No te va a doler»

Quizá así puedan evitarse situaciones como la que vivió Lucía, una diseñadora gráfica de 39 años. Hace diez, sin haber estado nunca embarazada, su ginecólogo le recomendó ponerse un DIU. «Me dijo que no me dolería nada; que no necesitaba ibuprofeno ni cosas de esas. Sencillamente, aseguró, no me enteraría. Esas fueron sus palabras -rememora Lucía-. Cuando me pinzó el útero vi las estrellas, pero él me decía. ‘No puedes estar sintiendo nada, quédate quieta o acabaré haciéndote daño’. Llegué a dudar de mí, de mi dolor, y le pregunté a la auxiliar, situada detrás de él, si ya había visto a mujeres sufrir así al ponerse el DIU. Ella afirmó con la cabeza y, entonces, me puse a llorar mientras el médico seguía negando que ponerse un DIU produjera dolor. Al acabar, me encerré en el baño, encogida en un rincón. Nunca olvidaré aquella sensación. Estar con las piernas abiertas, engañada, sufriendo y sin poder moverme; me sentí violentada».

“Cuestionó el dolor que sentí en las pruebas con comentarios como: ‘Si cuando estás con tu chico te comportas así, pobre, lo compadezco'”

El maltrato y la desconsideración son a veces situaciones menos evidentes, como dejar a la paciente tumbada sobre el potro, muchas veces sin nada que la cubra, y con otros facultativos entrando y saliendo de la consulta. «Esto se da muchísimo en España. Parece una romería -afirma Carmen Flores, presidenta de la asociación El Defensor del Paciente-. Te mueres de vergüenza, pero te callas, porque si te quejas te lo recriminan».

Una pasividad o desconcierto que, para la psicóloga Pilar Pascual, de la AMS, tiene su raíz en la educación. «A las mujeres nos enseñan a ser sumisas, no a ser asertivas. Además, ponemos al médico en un pedestal. Se dirige a ti en plan. ‘Tú verás lo que haces, yo soy el que sabe’, y te callas por falta de formación». La presidenta de El Defensor del Paciente cuenta, sin embargo, que las pacientes denuncian cada vez más los comportamientos dudosos, aunque las estadísticas al respecto brillan por su ausencia. Las pocas que hay, además, no discriminan entre los diferentes tipos de reclamaciones por mala praxis ginecológica. La más reciente, de la Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia, se concluyó en 2004 y recoge datos de diez años en los que uno de cada tres ginecólogos -hombres en el 70 por ciento los casos- fue denunciado por sus pacientes.

Libertad de elección

José Manuel Bajo Arenas, presidente de la SEGO en aquellos años, dice no tener conocimiento de quejas por tratos cuestionables, aunque admite que «alguna habrá». Según él, «la conclusión clara es que hay que actuar de acuerdo con el protocolo». Durante su mandato, de hecho, la Sociedad de Ginecología y Obstetricia formuló la exigencia de que el facultativo nunca se quedara a solas con la paciente durante la exploración. «Así, la auxiliar puede ser testigo de las conversaciones y actuaciones -explica Bajo Arenas-. La actuación médica protocolizada es fundamental para una buena praxis. Si además resulta que el ginecólogo o la ginecóloga tienen un trato agradable, pues miel sobre hojuelas. Pero eso se nos escapa de las manos. Es muy difícil de regular».

Dejar a la paciente sobre el potro, sin nada que la cubra y con facultativos entrando y saliendo… “Eso se da mucho. Parece una romería”, dice la presidenta de El Defensor del Paciente

La solución, sugieren desde la Asociación Española de Ginecología y Obstetricia (AEGO), sería que las mujeres pudieran elegir a su médico. «Con libertad de elección, si vas a un ginecólogo y no te gusta su actitud, te marchas, no vuelves más y no pasa nada. Nadie te obliga a estar ahí, pero tenemos una dictadura de gestión pública sanitaria», sostiene su presidente, Gerardo Serrano.

La falta de tacto, sin embargo, no es algo exclusivo de la sanidad pública. Patricia, de 47 años, contrató un seguro privado harta de los modos en la Seguridad Social, donde le introducían el espéculo con brutalidad -«una vez pasé casi una semana con dolores del daño que me hicieron»- y sin escuchar por qué razón había pedido cita. «Pero tampoco tuve suerte en la privada -revela-. Un ginecólogo me llamó ‘exagerada’ cuando le conté, meses después del parto, que me dolía incluso al ponerme el tampón. Otro, antes de examinarme, me dijo que el dolor era psicológico. Pasé por siete médicos hasta dar con una doctora con la que me siento cómoda».

“Muchas veces no se hacen las cosas bien no porque los médicos sean malos, sino porque las condiciones no son buenas”, dicen desde la Sociedad Española de Ginecología.

En este sentido, el presidente de la SEGO, Martínez-Astorkiza, lo tiene claro. «Son las mujeres quienes deciden si están ante un buen profesional -opina-. Un mal ginecólogo es el que no cumple su juramento hipocrático. estar bien formado; transmitir empatía, respeto e información a las pacientes; tomar su tiempo para explicar las cosas… Tiene que haber diálogo, decir qué vas a hacer y que te den permiso, así se reduce la ansiedad».

En Francia, la polémica sobre ‘abusos ginecológicos’ ha llevado al Gobierno a reconocer que los actos sexistas en consulta están “relativamente extendidos”

Ginecólogo desde hace más de 30 años -en el hospital vizcaíno de Cruces y en consulta privada-, Martínez-Astorkiza deja muy claro que las pacientes no han de desnudarse de forma integral. «Yo espero, y supongo, que la mayoría de los ginecólogos y ginecólogas traten a sus pacientes con respeto y no transgredan ninguna barrera -afirma-. Los ginecólogos debemos ser empáticos y transmitir confianza a las pacientes para que ellas hagan preguntas y aclaren sus dudas. Esto es muy importante. Es la base de la relación médico-paciente y hay que promoverla porque se está perdiendo».
Al contar sus intimidades, además, las pacientes jamás deberían escuchar juicios de valor de boca del ginecólogo. «Nunca se las debe regañar, aunque hagan cosas que no nos parecen bien -explica la ginecóloga María José Rodríguez Jiménez, especializada en menores, del hospital Infanta Sofía, de San Sebastián de los Reyes-. El ginecólogo tampoco puede ponerse en situación de igualdad, ir de colega o de ‘enrollado’ para ganarse la confianza de las adolescentes». En consulta, Rodríguez percibe, por el comportamiento de algunas chicas, que han pasado malos ratos durante exploraciones ginecológicas anteriores. «Hay niñas que se defienden, que tienen un verdadero pánico a ser exploradas. No me relatan malas experiencias, pero, por comentarios como. ‘Jo, ha sido mucho más fácil de lo que me esperaba’, se nota que en otras consultas no les respetaron sus tiempos para que se sintieran cómodas».

“Necesitamos un trato que respete nuestra vulnerabilidad”, afirma la psicóloga Pilar Pascual

Al fin y al cabo, lo que las mujeres piden, y así lo demuestra el estudio de la AMS, es sencillamente un trato sensato. «Me gusta cuando te tratan de forma relajada, hablando de la vida sin más o explicando lo que van a hacer en cada momento», señala una encuestada.

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