Siete millones de españoles ya padecen artrosis. Y con el aumento de la esperanza de vida y la llegada de los ‘baby boomers’ a la cincuentena, este dato se va a disparar. Invalidante y dolorosa, médicos e investigadores buscan respuestas a una enfermedad degenerativa que convierte el día a día en una pesadilla. Por Ixone Díaz-Landaluce

• Tengo 50 años: ¿cómo me preparo frente a la artrosis?

“Siento como si mis manos fueran de cristal y se me fueran a romper”«Lo paso fatal cuando voy a un sitio y sé que me van a presentar a un montón de gente». Marta García Solano tenía 38 años cuando empezó a notar dolor articular en las manos. El primer síntoma del caso grave de artrosis que padece. En poco tiempo, cualquier actividad se convirtió en un problema. «Hasta ponerme una pinza en el pelo me provocaba dolor», cuenta. Ahora tiene 54 años y lo ha intentado todo. «He probado todo tipo de terapias. Empecé con las picaduras de abeja, porque su toxina tiene un gran potencial antiinflamatorio, pero me daba miedo sufrir un shock anafiláctico y lo dejé», recuerda. Luego, le hablaron de la terapia neural, que consiste en pinchar un anestésico local en cada una de las articulaciones afectadas. Además de tomar precursores del colágeno, hincharse a cúrcuma o jengibre, probó un antiinflamatorio de última generación que le prescribió su reumatólogo, pero después de seis meses dejó de hacerle efecto.

Ahora acaba de someterse a su primera sesión de radioterapia. Farmacéutica de profesión, admite que su eficacia no está científicamente probada, pero la primera sesión recibida de las seis que tiene programadas le ha aliviado mucho el dolor. «No podía seguir aumentado la dosis de antiinflamatorios porque ¿adónde voy a llegar? Hablé con un par de médicos y me dijeron que la radioterapia no tendría efectos secundarios. Quizá cuando tenga 70 años, pero para entonces puede que ya no esté aquí…», se lamenta. El caso de Marta ilustra la desesperante realidad de los enfermos de artrosis, que buscan, a menudo sin demasiada fortuna, la calidad de vida perdida.

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Marta Solano empezó con los síntomas de la artrosis con 38 años. Ha probado todo tipo de terapias, sin éxito.

Pero la verdadera dimensión del problema está en la estadística. Un solo dato sirve para entenderlo: casi la mitad de las radiografías de rodilla practicadas en la población mayor de 50 años muestran signos de artrosis. Y otro más: el 47 por ciento de las mujeres (y el 40 por ciento de los hombres) sufrirá artrosis a lo largo de su vida. De hecho, siete millones de personas ya la padecen en España, según el estudio Episer. «Con la esperanza de vida actual, la prevalencia va a ser cada vez mayor. Es un desafío enorme», explica el doctor Marcos Paulino, portavoz de la Sociedad Española de Reumatología (SER) y reumatólogo en el Hospital General de Ciudad Real.

Los mecanismos moleculares implicados en la artrosis siguen siendo un gran misterio para los científicos

La artrosis se produce por la degeneración progresiva del cartílago, que, con el paso de los años y el uso, va desgastándose. «El cartílago es una especie de tejido conectivo de goma que protege a los huesos para que no rocen entre sí cuando se produce el movimiento. Con la artrosis, ese cartílago empieza a agrietarse y con el tiempo se va adelgazando. Los huesos empiezan a estar como desnudos y comienzas a notar dolor; fricción de los tejidos; rigidez; articulaciones hinchadas, calientes, enrojecidas…», explica de manera gráfica el doctor Paulino.

En etapas más avanzadas, las articulaciones se deforman. Y la movilidad se va perdiendo de manera progresiva. La artrosis de rodilla es la más común de todas, aunque también es frecuente en las manos, los pies, la columna vertebral o la cadera.

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«La edad es determinante. A partir de los 40 aumenta mucho la prevalencia. Pero la obesidad también es un factor de riesgo y no solo por el peso que supone sobre las articulaciones, sino porque hay factores metabólicos asociados», asegura José Luis Pablos, reumatólogo en el Hospital Universitario 12 de Octubre. Sin embargo, a veces también puede deberse a un exceso de ejercicio. De hecho, muchos deportistas profesionales suelen padecer artrosis prematura en las rodillas. El problema es que, más allá de mantenerse en un peso adecuado o hacer deporte sin cometer excesos, no hay manera de prevenirla.

Crónica, degenerativa y, de momento, irreversible, el tratamiento de la artrosis es tan frustrante para los pacientes como para los especialistas. Y consiste fundamentalmente en paliar los síntomas. Sobre todo, el dolor. «Y en muchos casos ni siquiera conseguimos controlarlo del todo por falta de fármacos eficaces», se lamenta Pablos. No hay un arsenal terapéutico al alcance de los pacientes, sino, más bien, un reducido botiquín de primeros auxilios. Es decir: analgésicos como el paracetamol, antiinflamatorios y, cuando el dolor aprieta de verdad, opiáceos, cuyo uso indebido –apunta el doctor– «puede generar más problemas de los que resuelve». Cuando eso no funciona, existen un par de opciones más. Como las terapias intrarticulares, que consisten en inyectar fármacos para reducir el dolor, o la cirugía. «Es una medida drástica y agresiva, pero es muy eficaz tanto en la cadera como en la rodilla», explica Pablos. Sin embargo, no es una solución para la artrosis en las manos, una de las afecciones más comunes e incapacitantes.

«Los tratamientos que existen son paliativos o sintomáticos porque hasta ahora ninguno de los fármacos con los que se han hecho ensayos clínicos encaminados a detener su avance o, teóricamente, a regenerar el cartílago han funcionado», resume el doctor Pablos. Eso incluye, por ejemplo, ensayos clínicos con células madre que, según Pablos, «no han logrado convencer ni a las autoridades reguladoras ni a la comunidad científica de que sean eficaces». Otra de las dianas terapéuticas probadas en los últimos años han sido los conocidos como factores de crecimiento nervioso. «Se llegó a hacer un consorcio entre dos grandes compañías farmacéuticas para hacer estudios avanzados en fase 2. Pero los resultados han sido contradictorios: conseguían mejorar el dolor, pero el daño articular empeoraba a largo plazo», resume el doctor. Una nueva vía muerta. Mientras en otras enfermedades reumáticas, como la artritis, la investigación ha avanzado mucho en las dos últimas décadas, los mecanismos moleculares implicados en la artrosis siguen siendo un gran misterio para los científicos.

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La artrosis hace que se desgaste el cartílago que hay entre hueso y hueso.

También están las sysadoas, una familia de fármacos específicos para la artrosis que, aunque se comercializan desde hace muchos años, son muy controvertidos. «En España se venden dos preparados: el sulfato de glucosamina, que es un derivado del azúcar, y el condroitín sulfato. Están autorizados para el tratamiento del dolor y, en teoría, también para reducir la progresión del deterioro del cartílago», cuenta el doctor Pablos. Su principal ventaja es su seguridad frente a los riesgos que implica el consumo crónico de antiinflamatorios; su principal inconveniente, que su efectividad está en entredicho. «En la última década, varios estudios han demostrado que su efecto es pequeño e inconsistente. Otros han registrado un efecto positivo, pero no mucho mayor que el del placebo. Y eso deja la pregunta científica en el aire. Es un tema muy controvertido. En muchos países se comercializan como complementos nutricionales», explica el especialista.

En 2014, el Departamento de Salud del Gobierno vasco publicó un informe que concluía que, por «su nula o baja eficacia, las sysadoas no deberían ser empleadas en el tratamiento de artrosis». De hecho, varias comunidades autónomas han desaconsejado que sus facultativos las receten y, recientemente, se conocía que el Ministerio de Sanidad planea retirar su financiación pública para ahorrar 36 millones de euros al año. Esta decisión ha puesto en pie de guerra a las asociaciones de pacientes, como Aecosar, mientras la Sociedad Española de Reumatología defiende que los médicos puedan seguir recetándolos.

«En el mejor de los casos, su efecto es muy pequeño. No me parece que deban ser un recurso terapéutico fundamental, pero pueden prescribirse. Y no porque sean enormemente eficaces, sino por la ausencia de recursos terapéuticos. Que estén o no financiados es otra cosa y no me corresponde a mí decidirlo», manifiesta Pablos. El doctor Paulino coincide. «Si el paciente lo tolera bien y nota una mejoría sintomática del dolor y la rigidez y así se pueden evitar los opiáceos o los antiinflamatorios, soy partidario de mantener el tratamiento». Es el caso de Carmen Sánchez, de 84 años, que padece artrosis y osteoporosis desde hace años. A ella, las sysadoas siempre le han funcionado. «Me ayudan con el dolor de rodilla, que es lo que más padezco –refiere–. Aunque digan que es como el placebo, ralentiza la progresión de la enfermedad y ayuda con el dolor. Me parece muy mal que retiren su financiación pública porque son fármacos muy seguros que, además, no son excesivamente caros. De hecho, la medicación solo representa el cinco por ciento del coste de la asistencia a los pacientes de artrosis. Y, teniendo en cuenta que somos un colectivo de siete millones de personas, creo que ese es un dato que se debe considerar».

Según una estimación de la Fundación Internacional de la Artrosis (Oafi), solo el tratamiento de la artrosis de rodilla y cadera suponen 4738 millones de euros de coste asistencial para el sistema público. Y eso no es todo. La artrosis también es la primera causa de incapacidad permanente y la tercera de incapacidad temporal. Solo en el año 2010 se concedieron 800.000 bajas laborales por esta causa. ¿El coste para la Seguridad Social? Unos 1000 millones de euros. Y, teniendo en cuenta que su prevalencia está condenada a aumentar al mismo ritmo que nuestra esperanza de vida, la solución al problema parece cada vez más complicada. Sobre todo, mientras la investigación avance a un ritmo tan lento y con tan pocos resultados tangibles.

«El interés y el esfuerzo investigador son muy grandes, tanto por parte de los grupos académicos como por las grandes farmacéuticas –insiste Pablos–. Pero desgraciadamente aún no hemos encontrado el camino que nos lleve hasta el desarrollo de fármacos eficaces». Mientras tanto, pacientes como Marta o Carmen siguen luchando cada día para que el dolor no gane la batalla. Aunque para ello tengan que emplear estrategias que no están plenamente avaladas por la ciencia.

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