Un 80 por ciento de los adolescentes hace un uso ‘intensivo’ del móvil. Y un 24 por ciento reconoce estar conectado «casi constantemente». Esta adicción se ha convertido en un problema que muchas veces requiere asistencia profesional. Entramos en el centro pionero en España. Por Daniel Méndez.

• Adolescentes hiperconectados

Los padres de Mario, de 14 años, recibieron un aviso de la escuela: su hijo llegaba muy cansado a clase. Un poco sorprendidos, alegaron que debía de ser un proceso propio de la adolescencia, porque el chico se acostaba temprano, como el resto de la familia. Pero los profesores tenían otra sospecha: ¿se lleva el móvil a su habitación? «Sí, claro, pero sabe que no debe usarlo por la noche». Miren a ver… Esa misma noche, la madre de Mario se levantó sigilosamente a las dos de la madrugada y abrió la puerta de la habitación de su hijo. Una luz inconfundible iluminaba sus ojos, concentrados en la pantalla hasta el punto de no reparar en la presencia de su progenitora. El «¡¿pero qué haces?!» inicial sacó a Mario de su ensoñación y metió a toda la familia en una pesadilla. Porque la restricción del uso del móvil que vino a continuación llegó acompañada de unos accesos de ira que nadie imaginaba que Mario pudiese albergar en su interior. Y es que el chico tenía que ‘desengancharse’, con todas sus consecuencias, ‘mono’ incluido.

NO SIN MI MÓVIL

El nombre utilizado es falso. Pero el caso es un ejemplo de las situaciones que se han encontrado en el Servicio de Atención en Adicciones Tecnológicas de la Comunidad de Madrid (SAAT). Un servicio pionero en España que se puso en marcha en abril del año pasado y que atendió entre abril y diciembre a más de 1700 familias por la adicción de adolescentes a las redes sociales y videojuegos.

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José Moreno Ortiz, psicólogo y director del Servicio de Atención en Adicciones Tecnológicas de Madrid. Solo hay otros cuatro centros de este tipo en el mundo

«Solo otros cuatro países tienen centros públicos especializados en este tipo de casos», explica José Moreno Ortiz, psicólogo sanitario y director del centro, que atiende a adolescentes de entre 12 y 17 años con conductas de uso inadecuado, abuso o dependencia de las nuevas tecnologías. Las estadísticas dejan poco espacio para las dudas. Nueve de cada diez chavales entre 14 y 16 años disponen de entre dos y cinco dispositivos digitales. Un 80 por ciento reconoce que hace un «uso muy habitual e intensivo» del teléfono.

“Normas claras y coherentes. Que los hijos tengan claro que quienes deciden son los padres. y que estos asuman que esos límites van a frustrar a sus hijos”

Las encuestas internacionales son aún más alarmistas. Una del centro norteamericano Common Sense Media recoge que el 72 por ciento de los adolescentes siente que debe responder a las notificaciones y mensajes en redes sociales de inmediato, lo que implica que no pueden estar más de una hora sin mirar el móvil. Un 24 por ciento reconoce estar conectado «casi constantemente».

Aunque los expertos se muestran muy cautos con las distinciones por temas de género, la realidad les ha demostrado que los chicos suelen tener más problemas con videojuegos y las chicas, con abuso de redes sociales.

EL TRABAJO EMPIEZA CON LOS PADRES

En el centro madrileño trabajan cuatro psicólogos y dos educadoras sociales. Devi Uranga es una de las psicólogas sanitarias del centro. «Una de las cosas que lo hace tan especial es nuestro modelo de trabajo. Tenemos clarísimo que lo fundamental es que haya un trabajo de toda la familia.

“Los adolescentes creen que el problema no es de ellos, sino de toda la familia. ¡Cuando descubren que estamos de acuerdo, alucinan!”, cuenta la psicóloga del centro

Los adolescentes se sorprenden mucho cuando llegan, porque desde su punto de vista el problema no lo tienen solo ellos, sino también sus padres y el resto de la familia. ¡Y, cuando descubren que estamos de acuerdo, alucinan!». Pero el trabajo empieza con los padres. En el centro dan por hecho que el adolescente no va a acudir voluntariamente. Por eso, el primer paso es una entrevista con los padres. «En ella evaluamos la situación y diseñamos un plan de intervención con las herramientas a nuestro alcance: talleres para padres, para adolescentes, terapias individuales, de grupo y familiares, que aplicamos según cada caso», explica José. Siempre siendo conscientes del estado de vulnerabilidad en que se encuentra quien acude a pedir ayuda al SAAT.

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Devi Uranga, psicóloga especializada en disfunciones derivadas del uso y abuso de nuevas tecnologías

Devi Uranga lo explica con otras palabras: «El tema de la adicción o uso irresponsable de las nuevas tecnologías es muy novedoso. Y los padres vienen con la angustia que genera cualquier ceguera, cualquier cosa desconocida». No saben qué pasos dar ni cómo combatir un problema que implica a unos dispositivos que están muy integrados en nuestra vida y que cumplen, además, funciones muy importantes y positivas: sirven para comunicarse, para entretenerse, están insertos en el modelo educativo…

EL CASTIGO ES EL ÚLTIMO PASO

A menudo, los padres vienen con prisa: «Llegan con una demanda muy clara –continúa Devi–. Cómo modificar la conducta de su hijo. ¿Cómo puedo castigarlo? ¿Qué límites establezco? ¡Ese es el último paso de todos! Suelo decirles en ese momento que el castigo es un arma para la que todavía no tienen licencia». El tratamiento tiene una duración de tres meses, requiere paciencia y participación de todos los involucrados: el adolescente, sí, pero también sus padres deben participar en el proceso. Y no siempre es fácil, subraya José Moreno: «Un proceso terapéutico no es sencillo porque se trata de un proceso de introspección, de autoanálisis, donde vas a evaluar tu parte de responsabilidad en una situación que genera malestar».

¿CÓMO EMPIEZA TODO?

Domingo Malmierca es neurólogo, director adjunto de la Fundación Aprender a Mirar y autor de tres guías orientativas que la Comunidad de Madrid ha puesto a disposición de padres y adolescentes. En una entrevista con XLSemanal explica el proceso que se despierta en el adolescente al interactuar con la pantalla.

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Domingo Malmierca, neurólogo especializado en problemas asociados al uso de las nuevas tecnologías

«Al ponerse a jugar, a su cerebro le ha gustado la experiencia. Y cada vez que hacemos algo que nos gusta, las hormonas del placer –la dopamina, las endorfinas– nos informan de que es una actividad placentera. Bastará con pensar en una partida o en subir una foto a una red social para que esas hormonas se vuelvan a disparar». Y el cerebro empieza a reclamar esa dosis hormonal cada vez con más frecuencia.

“Si un niño pequeño coge una rabieta, puede resultar efectivo a corto plazo distraerlo con un vídeo de Youtube, pero a largo plazo tiene consecuencias negativas. Es mejor el enfado”, dice el neurólogo

José Moreno hace hincapié en otro aspecto. «Muchos de los chavales vienen de una educación en casa donde se les han puesto muy pocos límites desde pequeños. No han aprendido a convivir con la frustración y en la adolescencia esto es una bomba de relojería». Pone un ejemplo muy claro de un mal uso de la tecnología por parte de los padres: cuando usamos los dispositivos electrónicos para modificar el estado emocional de los más pequeños. Si un niño pequeño se coge una rabieta, puede resultar efectivo a corto plazo distraerlo con un vídeo de YouTube, pero a largo plazo tendrá consecuencias negativas. «El mejor enfado –resume– es el que se expresa, no el que se calla o se oculta».

EMPATÍA Y COMUNICACIÓN

¿Herramientas? Devi insiste en la comunicación entre padres e hijos, en los límites y en el valor del esfuerzo. «Normas claras y coherentes», explica. Que ambos padres remen en la misma dirección. «Antes de adquirir un nuevo dispositivo, que la familia hable del uso que se le va a dar. Y que todos tengan claro que quienes deciden son los padres. Que haya una autoridad sana y empática: que los padres asuman que esos límites van a frustrar a su hijo». Empatía y comunicación son dos de las palabras que más se repiten en la conversación. Dos armas que se encuentran en la base de un problema que, casi inevitablemente, irá a más en los próximos años.

EL TESTIMONIO DE UN PADRE: “¡MI HIJO NO ES UN SALVAJE!”

Mi hijo tiene ahora 15 años. El periodo más crítico fue entre los 13 y los 14. Era dependiente en todo momento del videojuego. Si no estaba sentado delante del ordenador, estaba con el teléfono. Jugaba cuatro o cinco horas seguidas, y hasta altas horas de la noche. Y tuvo consecuencias escolares. Yo empecé a notar que era dependiente cuando vi que no podía parar. No es que sea un mal chaval, pero te dice que no va a jugar y lo hace. Son muy jóvenes y no se dan cuenta de que han perdido el control. Cuando empecé a ponerle límites, se frustraba mucho, lloraba…

¡Pero no son salvajes! Ni mi hijo ni sus amigos, que también jugaban. A ellos los salvó en gran parte el deporte. Siempre andaban jugando y decidimos potenciar esto, actividades alejadas de la pantalla, para evitar que siguiera enganchado.
Por ejemplo, a él le gustaba mucho la robótica y ahora se ha apuntado a un curso.

Lo fundamental cuando un padre se encuentra con una situación de este tipo es implicarse. No puedes llegar solo con tu autoridad: ‘¡Deja de jugar porque yo lo digo!’. Yo opté por acercarme a él, por sentarme a jugar con él. Él se reía porque veía que era muy malo, pero yo aprendía en qué consistía, cuánto duraba una partida…

A la hora de restringir el uso, tienes más instrumentos. Pero todo esto implica un proceso de aprendizaje; son cosas que no conoces. Así que acudes a un centro donde te dan herramientas. Solo si como padres nos involucramos y buscamos alternativas de ocio, podemos ayudar a nuestros hijos».

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