Meghan Markle y Wallis Simpson: dos americanas en la corte de Inglaterra

Norteamericanas, divorciadas y con fuerte personalidad. El escritor Andrew Morton, biógrafo de Lady Di, da las claves de por qué Wallis Simpson y Meghan Markle, dos mujeres con tanto en común, han sido acogidas de manera tan diferente por la familia real británica. Por Andrew Morton

Cuando Meghan Markle se dirija al altar de la capilla de San Jorge en el castillo de Windsor el próximo 19 de mayo, valdrá la pena escuchar con atención por si se oye un rumor sordo por debajo de los cánticos del coro. El duque y la duquesa de Windsor -enterrados en Frogmore, en los terrenos del castillo- podrían estar revolviéndose de rabia en sus sepulcros. La duquesa fue la última estadounidense que se casó con un miembro de la familia real británica, pero su destino fue muy distinto del de la carismática Markle. Sus vidas muestran cómo ha cambiado Gran Bretaña y la Casa de Windsor.

Wallis Simpson  fue duquesa de Windsor al renunciar su marido, el príncipe Eduardo, al trono por amor

Las une el tema del divorcio. Pero Meghan, antigua actriz y divorciada del productor Thomas Engelson, ha sido acogida con calidez en el seno de la realeza. Incluso recibió el saludo, indirecto, de la reina en su discurso navideño a la nación. Por el contrario, cuando el rey Eduardo VIII dijo que era incapaz de reinar sin «el respaldo de la mujer a la que quiero» -como detalló en su discurso de abdicación- la familia real condenó al ostracismo a la pareja. Se vio obligada a deambular por el mundo -París, Nueva York, las Bahamas o el sur de Francia-, sin que el Gobierno británico hiciera caso alguno a las súplicas del duque con las que mendigaba un empleo medianamente útil. Aunque la decisión de abdicar fue cosa de Eduardo y de nadie más -«no se puede ser más imbécil», le espetó su futura esposa cuando el rey le reveló su decisión-, Wallis Simpson fue señalada como la culpable.

Wallis, la mala de la película

La madre de Eduardo VIII creía que Simpson era «una mala pécora» que había engatusado a su hijo; el Gobierno sospechaba que era espía de los nazis; y en la alta sociedad corría el rumor de que había seducido al soberano con exóticas técnicas sexuales aprendidas en Hong Kong y Shanghái. «Calumnias venenosas», repetía la mujer situada en el centro de tan feas especulaciones.

Han pasado 80 años, y la siguiente americana que va a casarse con un príncipe corre serio peligro de convertirse en un tesoro nacional. Sus maneras amables y su belleza me recuerdan ya sabes a quién, y su gusto por cocinar en casa con prendas cómodas y una copa de vino en la mano, así como el hecho de ser una ‘currita’, llevan a pensar en una persona más normal que cualquier otro miembro de la familia real… Y aunque hasta la fecha se ha limitado a sonreír y estrechar manos, Markle ha realizado esos tontorrones deberes como si fuera aristócrata de nacimiento.

En la familia de Meghan, los divorcios son la norma. Ella misma puso fin a su matrimonio a los dos años, de forma tan rápida como discreta

Estas dos norteamericanas conocieron a sus futuros maridos reales a los 34 años. Ninguna tenía ni idea entonces de cómo funcionaba la familia real… ni el país que iba a modelar sus existencias. En la entrevista que concedió al hacerse público el compromiso, Meghan reconoció que no sabía mucho del príncipe antes de salir con él por primera vez en julio de 2016. Por esa época pusieron a prueba sus conocimientos sobre el Reino Unido en una televisión canadiense y no tuvo empacho en reconocer que era incapaz de identificar los animales representativos de Inglaterra, Gales y Escocia (león, dragón y unicornio). Y puso cara de sorpresa cuando le preguntaron por el significado de la expresión apples and pears en el argot londinense (respuesta: «escaleras»).

La primera boda de Wallis Simpson fue con Earl Winfield Spencer Jr., un piloto millonario, alcohólico y de carácter violento

Wallis hubiera entendido bien su desconcierto. Cuando llegó a Londres era la mujer de Ernest Simpson, un consignatario de transporte marítimo con quien contrajo matrimonio en 1928 (antes había estado casada con el piloto Earl Winfield Spencer), y no apreciaba al pueblo inglés especialmente. Lo que menos entendía era su fascinación por la familia real. «Que un país entero viva obsesionado por una familia determinada -no demasiado interesante, por otra parte- me parecía incomprensible», escribió en sus memorias.

Un encuentro casual

La descripción hecha por Wallis de su primer encuentro con el príncipe de Gales en una fiesta en 1931 se ha hecho famosa. Según su autobiografía, Eduardo quiso romper el hielo mencionando el fastidio que la falta de calefacción en las mansiones rurales inglesas solía provocar entre los visitantes estadounidenses. La respuesta fue fulminante: «Señor, acaba de decepcionarme. Es la misma pregunta que se hace a todas las americanas. Esperaba que el príncipe de Gales viniera con algo más original». Para el futuro rey, esta respuesta descarada era un refrescante antídoto contra la deferencia que lo rodeaba.

Meghan Markle se convertirá en duquesa de Sussex después de darle el ‘sí, quiero’ al príncipe Harry

Unos cuantos decenios después, el príncipe Harry ha reconocido que se vio obligado a mejorar sus dotes de conversador tras conocer a Meghan. A primera vista parece una chica californiana poco complicada, pero detrás de esa fachada se esconde una mujer con éxito profesional, que puede llegar a ser fría y acerada y con un perfil solidario, que ha llegado a participar en un foro sobre las mujeres organizado por la ONU.

La familia de Wallis hizo fortuna gracias a la esclavitud. La madre de Meghan tuvo que soportar que la insultaran «¡negra de mierda!»

Hasta la abolición en 1865, la familia de Wallis -los Warfield- acumuló una gran fortuna gracias a la esclavitud. En su correspondencia, Wallis se refería a los afroamericanos haciendo gala de un lenguaje que hoy consideraríamos insultante. Desde su punto de vista habían nacido para servir. Más tarde confesaría que la primera vez que estrechó la mano de una persona de color fue en la Segunda Guerra Mundial, cuando el duque de Windsor era gobernador de las Bahamas.

En 2013, Meghan puso fin a sus dos años de matrimonio con el productor Trevor Engelson «por diferencias irreconciliables»

En lo referente a la cuestión racial, Meghan ha hablado con franqueza; ha recordado que, cuando era pequeña, la gente confundía a su madre «de pigmentación morena» con su niñera. También que, en su época de universitaria, a su madre le espetaron «¡negra de mierda!» durante una discusión de tráfico. «Al oír el insulto, enrojecí y miré a mamá. Los ojos se le humedecieron de rabia», escribió en un artículo sobre el problema racial para Elle. También ha contado que en su época de actriz «no me consideraban lo bastante negra para los papeles de mujeres negras ni lo bastante blanca para los papeles de blancas. Estaba en el medio, como un camaleón étnico que no terminaba de encontrar trabajo». No obstante, terminó por descollar como estudiante de Relaciones Internacionales en la prestigiosa Northwestern University y como actriz.

Wallis, sin embargo, dedicó sus años de juventud a buscar marido y a divorciarse. Tras separarse de su primer esposo, Spencer, un alcohólico con fuertes altibajos emocionales, su tío Sol le recordó con solemnidad que era la primera Warfield que se divorciaba en 300 años. Una década después se divorció por segunda vez, de Ernest Simpson.

Por contraste, en la familia de Meghan, los divorcios son la norma. Su padre, Thomas, de 73 años, tenía dos hijos de otro matrimonio cuando conoció a la madre de Meghan, Doria, en un plató de televisión donde trabajaba como iluminador. Doria era empleada temporal en el estudio. Tuvieron a su hija y también se divorciaron cuando la pequeña contaba seis. Y, en 2013, Meghan puso final a sus dos años de matrimonio con Engelson, de forma tan rápida como discreta; nunca ha explicado las razones; habla solo de «diferencias irreconciliables».

Wallis Simpson fue vista como una arpía por la familia real. En cambio, Meghan ha recibido el visto bueno de la reina y del pueblo británico

En lo que coinciden Wallis y Meghan es en sus dotes para establecer relaciones sociales adecuadas. Wallis se hizo famosa entre la buena sociedad londinense por importar la tradición estadounidense de la hora del cóctel. Su círculo de amigos -americanos en su mayor parte- solía acercarse a su piso para tomar copas y conversar a última hora de la tarde. La voz no tardó en correrse, y a su salón fueron acudiendo hombres de negocios, abogados y -con el tiempo- aristócratas. Tras conocer al príncipe de Gales, este también se convirtió en habitual.

Buenos contactos

El equivalente moderno del salón burgués es Instagram, Facebook, Twitter… Meghan se valió de su blog, The Tig, para contactar con mujeres como Ivanka Trump, a quien entrevistó en 2014 y describió como «espectacularmente guapa, claro que sí, pero también increíblemente despierta e inteligente». Cuando cerró sus cuentas de Internet, en noviembre pasado, Markle tenía ya tres millones de seguidores solo en Instagram.

Si hay un ámbito en el que Wallis y Meghan -y, claro, Diana- destacan es en el de la moda. El denominado ‘vestido de la venganza’ que Diana lució en un evento benéfico la noche que el príncipe de Gales reconoció su adulterio por televisión ha pasado a la historia como el icono de su liberación, de su declaración como mujer independiente. Wallis también usaba su armario como armamento, y su elegancia contrastaba con las ropas anodinas de su enemiga, la reina madre, a quien la americana apodó «la cocinera».

Wallis reconocía que no era una belleza, pero se aseguraba de que sus prendas reflejaran la condición de su marido como exmonarca y recurría a modistos como Dior, Chanel o Givenchy. Encabezaba los listados de mujeres mejor vestidas y lo que terminó siendo conocido como ‘el estilo Windsor’ le permitía hacer elegante ostentación de los diamantes y otras joyas que su esposo le regalaba con asiduidad. Lo extravagante de su forma de vida -tenía 25 sirvientes vestidos de gala en su mansión de Francia- contrastaba con el gusto funcional de los Windsor. Su venganza consistió en vivir bien y hacerlo con estilo.

Amantes de la moda

Para Meghan, el ingreso en la familia real supone la oportunidad de influir en su ejército de fans vistiendo prendas ‘responsables’. Antes del compromiso, usaba su blog para promocionar marcas como Conscious Step (un fabricante de calcetines que planta 20 árboles por cada par vendido). Ahora tiene presente que cualquier cosa que lleve va a ser escudriñada. Por eso durante su visita a Cardiff llevó un bolso de DeMellier, marca británica que destina un porcentaje de ventas a la financiación de vacunas «de vida o muerte», así como un abrigo de Stella McCartney confeccionado sin sufrimiento animal. Como cierta vez anotó en su blog, «eso de tener un aspecto fantástico está muy bien, pero hacer algo que beneficia al mundo entero está mucho mejor».

Simpson y Markle han transformado la monarquía o, por lo menos, la percepción que se tiene de ella. Suele decirse que la presencia de Wallis salvó al Reino Unido de tener un monarca proalemán al principio de la Segunda Guerra Mundial. La decisión de Eduardo VIII de abdicar situó la Corona en su hermano menor, Jorge VI, quien, junto con la reina madre, dejó claro su patriotismo. Por su parte, el duque y la duquesa de Windsor pidieron a los nazis en secreto que cuidaran de sus residencias en París y Cannes hasta el final de las hostilidades.

La primera duquesa de Windsor americana, Wallis, dividió a los británicos. A Meghan le ha bastado con ser ella misma -birracial, divorciada, americana y, desde luego, no de clase alta- para convertirse en una figura que llama a la unidad. Su sola presencia en las filas reales demuestra que la monarquía se ha convertido en una institución más inclusiva y más en sintonía con la realidad social que nunca, o eso parece.

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