Camino de Kumano (IV) El lĂmite del dolor
(Durante mi visita a un camino de peregrinación en Japón descubro el Shugendo, práctica ancestral de usar la naturaleza para el aprendizaje espiritual).
Estamos en lo alto de una montaña, al lado de una columna de piedra con algunas inscripciones. Desde aquà arriba puedo divisar un templo en medio del bosque.
-Ese es uno de los tres santuarios que el peregrino tiene que visitar, y, cuando llega aquĂ, siente una inmensa alegrĂa al saber que ya está cerca de uno de ellos -dice Katsura-. SegĂşn la tradiciĂłn, ninguna mujer podĂa pasar de este punto si estaba en su periodo menstrual. En cierta ocasiĂłn, una poetisa llegĂł hasta aquĂ y vio el templo, pero, debido a su menstruaciĂłn, no podĂa continuar. ComprendiĂł que no tendrĂa fuerzas para esperar cuatro dĂas sin comer y decidiĂł darse la vuelta sin alcanzar su objetivo. EscribiĂł una poesĂa dando las gracias por los dĂas que habĂa pasado caminando, se preparĂł para regresar a la mañana siguiente y se acostĂł para dormir. La Diosa se le apareciĂł entonces en sueños. Le dijo que podĂa proseguir, porque sus versos eran bonitos. Como puedes ver, hasta los dioses pueden cambiar de opiniĂłn movidos por las bellas palabras. En la columna de piedra está escrito su poema.
Katsura y yo comenzamos a caminar los cinco kilĂłmetros que nos separaban del templo. De repente, me vinieron a la memoria las palabras del biĂłlogo que habĂa conocido. Si la Diosa quiere que practiques Shugendo el camino del arte de la acumulaciĂłn de experiencia, ella te mostrará lo que tienes que hacer .
-Voy a quitarme los zapatos le digo a Katsura.
El suelo es pedregoso, el frĂo es cortante, pero Shugendo es la comuniĂłn con la naturaleza en todos sus aspectos, inclusive en el del dolor fĂsico. Katsura tambiĂ©n se quita los zapatos; comenzamos a caminar.
Ya al dar el primer paso, una piedra puntiaguda se me clava en el pie y siento que el corte ha sido profundo. Reprimo el grito y continĂşo. Diez minutos despuĂ©s estoy caminando a la mitad de la velocidad inicial; el pie herido duele cada vez más y pienso por un momento que aĂşn me queda mucho viaje por delante, puedo sufrir una infecciĂłn, mis editores me esperan en Tokio, hay entrevistas y encuentros concertados. Pero el dolor enseguida aleja estos pensamientos; decido dar un paso más, y otro, y continuar hasta donde me sea posible. Pienso en los muchos peregrinos que pasaron por allĂ practicando Shugendo sin comer durante muchas semanas, sin dormir durante dĂas. Pero el dolor no me deja tener pensamientos profanos o nobles -apenas hay dolor, un dolor que ocupa todo el espacio, que me asusta, que me obliga a pensar que tengo un lĂmite y que no lo voy a conseguir-.
De todas maneras, aĂşn puedo dar un paso más, y otro. El dolor ahora parece invadir el alma y me debilita espiritualmente, porque no soy capaz de hacer lo que mucha gente hizo antes de mĂ. Se trata de un sufrimiento fĂsico y espiritual al mismo tiempo, no parece una boda con la Madre Tierra, sino un castigo. Estoy desorientado, Katsura y yo no nos cruzamos ni una palabra, todo lo que existe en mi universo es el dolor de pisar en las piedras pequeñas y cortantes que señalan el camino entre los árboles.
Entonces ocurre una cosa muy extraña. el sufrimiento es tan grande que, en un mecanismo de defensa, me parece que estoy flotando por encima de mĂ mismo e ignorando lo que estoy sintiendo. En el lĂmite del dolor hay una puerta a un nivel diferente de conciencia y ya no hay lugar para nada más, apenas para la naturaleza y para mĂ mismo.
Ahora ya no siento más el dolor, estoy en un estado letárgico, los pies continĂşan siguiendo el camino automáticamente y yo entiendo que el lĂmite del dolor no es mi lĂmite; puedo ir más allá. Pienso en todos los que sufren sin desearlo y me siento ridĂculo por estar flagelándome de esta manera, pero he aprendido a vivir asĂ -probando la gran mayorĂa de las cosas que tengo delante-.
Cuando paramos, reĂşno valor para mirar mis pies y ver las heridas abiertas. El dolor, que estaba escondido, regresa con fuerza; creo que el viaje ha terminado aquĂ, y que no me será posible caminar durante muchos dĂas. Mi sorpresa fue mayĂşscula al dĂa siguiente al descubrir que todo habĂa cicatrizado; la Madre Tierra sabe cĂłmo cuidar de sus hijos.
Y las cicatrices van más allá del cuerpo fĂsico; muchas heridas que estaban abiertas en mi alma fueron expulsadas por el dolor que sentĂ mientras caminaba por el sendero de Kumano hacia cierto templo del que no recuerdo el nombre. Existen ciertos sufrimientos que solo se logran olvidar cuando podemos flotar por encima de nuestros dolores. (Continuará ).





