El ‘crack’
Escribo este artĂculo porque estoy convencido de que ningĂșn parroquiano del pub Rose and Crown, de Mayfield, East Sussex, Inglaterra, es capaz de leer en castellano. De lo contrario, jamĂĄs me arriesgarĂa a que una versiĂłn traducida fuera leĂda en voz alta a todos los habituales de la taberna, que sin duda se sentirĂan engañados al descubrir que durante años incorporaron a sus relatos una gloria falaz, la mĂa como gran futbolista. Puede decirse que, en coincidencia con el Spanish Liverpool, puse de moda en la isla al futbolista español.
Tuve en Mayfield un amigo que vivĂa en una casa colindante con un cementerio, entre cuyas lĂĄpidas desayunaba los dĂas de sol como si fuera su jardĂn. Admito que siempre sentĂ un recelo supersticioso al verlo untar las tostadas separado por apenas unos centĂmetros de piedra del esqueleto, probablemente vestido con un traje, de un tal Albert Moore, beloved husband (1911-1962). Una vez al año, los varones de Mayfield se subĂan a los coches y partĂan para disputar un derbi contra los no menos resueltos hombres de Rotherfield, un pueblo cercano. Las familias animaban desde la banda. Se jugaba duro, en serio, con ese modo inglĂ©s de practicar el tackling en el que los tacos silban como una bala perdida y la preservaciĂłn del tobillo pasa por soltar rĂĄpido la pelota. Como una visita mĂa de fin de semana coincidĂa con el partido, fui invitado a participar. ÂĄUn fichaje extranjero!
La vĂspera del derbi, cuando fui conducido al Rose and Crown para confraternizar ante retratos artĂșricos con los que iban a ser mis compañeros de equipo, no pude sino notar que mi entrada fue un pequeño acontecimiento que suspendiĂł las conversaciones. AtribuĂ a problemas con mi comprensiĂłn del inglĂ©s ciertas observaciones extrañas, como que era una lĂĄstima que una lesiĂłn de rodilla hubiera truncado mi carrera profesional, o quĂ© habĂa sentido cuando al menos lleguĂ© a debutar en el BernabĂ©u, aunque solo fuera durante los diez minutos en los que tardaron en quebrarme para siempre la pierna. Mi amigo el macabro, el untador de tostadas entre cadĂĄveres, habĂa difundido la tremenda mentira de que yo me habĂa formado en la cantera del Real Madrid y que solo un infortunio me impidiĂł tirar paredes con Butragueño. La expectaciĂłn por mi debut era enorme en al menos cuatro pedanĂas de East Sussex. Los hombres de Rotherfield tramaban modos de pararme, y ya saben ustedes lo que resulta de un inglĂ©s cuando es sometido a arenga. Me sentĂa como si me esperaran gurkas y como si Mayfield, despuĂ©s de encomendarme su honor, fuera a enterrarme vivo junto al señor Moore, para que me untaran tostadas encima durante toda la eternidad, una vez que descubriera que yo era un fraude.
Mayfield iba a vestir para el partido con unas camisetas retro, rojas, que imitaban las de la Inglaterra campeona del mundo en el 66. Me dieron la que tenĂa el dorsal de Bobby Moore. Nadie mĂĄs apropiado que tĂș para llevarla . Los compañeros me vigilaban cuando me ataba las botas, como si hasta eso tuviera yo que hacerlo como solo saben los cracks. ComenzĂł el partido. Ya en los primeros compases notĂ© el rigor del marcaje individual. un hombre por delante y otro por detrĂĄs, profiriendo ambos procacidades, buscando la colisiĂłn de los cuerpos, pisĂĄndome como al descuido. Entonces, ocurriĂł el milagro. Transcurridos tres minutos, me cayĂł una pelota llovida. AĂșn no sĂ© quĂ© me saliĂł de dentro, pero la dormĂ con el empeine, me deshice de la marca con un amago, y larguĂ© desde fuera del ĂĄrea un disparo parabĂłlico que entrĂł por la escuadra y arrancĂł un ÂĄooohhh! de los espectadores. El inconveniente era que quedaban 87 minutos que me delatarĂan, por lo que me llevĂ© la mano a la rodilla maltrecha, la que quebrĂł mi carrera en el Real Madrid, puse cara de otra vez no, por favor, y pedĂ el cambio. Ovacionado, dejĂ© atrĂĄs un ideal intacto y el orgullo para los parroquianos del Rose and Crown de haber presenciado en su derbi la repeticiĂłn de un suceso que formaba parte de la memoria del BernabĂ©u.







