Los Premios Ondas en Sevilla

ARENAS MOVEDIZAS

Tengo el honor de contar con algunos Premios Ondas, que exhibo sin pudor en la repisa de las cosas importantes y que muestro a las visitas así se descuiden al entrar en casa. Es cierto que por escalafón y antigüedad, más que por indiscutibles méritos (momento modestia), he sido distinguido con el caballo alado en varias ocasiones, pero para aquellos que hemos dedicado la vida a la radio juntar nuestro nombre con el de indiscutibles maestros del medio, hombres y mujeres, significa algo más que recibir un premio. No tengo para olvidar la primera vez que el jurado de Radio Barcelona inscribió mi nombre en el historial: era el año 87 y el alcalde Pascual Maragall me entregó la estatuilla con motivo del programa que entonces realizaba en la SER dedicado a las coplas, noche a noche, cuando daban las diez. Fue el ‘inolvidado’ Tomás Martín Blanco el que me espetó un día: «¿Qué se te ocurre que podamos hacer antes de Hora 25?»; le sugerí que podíamos poner a la Piquer y compañía y, después de un indisimulado asombro, me dijo: «Adelante». Año 85. La copla no gozaba lo que se dice de un gran momento, pero entre mi querido Antoñito Guerrero y yo le hicimos un boca a boca cariñoso e irónico que, para sorpresa de propios y extraños, la revitalizó. Nos lo pasamos muy bien con aquello durante los ocho años que duró el invento, debo decir. Manuel Tarín Iglesias, grande del periodismo barcelonés -como demás miembros de su saga-, creó los Premios en los cincuenta y concedió los primeros a Ayuso, Iglesias El Zorro y el gran Boby, lo cual no es una mala forma de comenzar. Después de ellos, un carrusel inagotable ha ido pasando por los diversos escenarios donde se han desarrollado las galas: a buen seguro no están todos los que merecieron ser, pero sí es seguro que son todos los que están y han estado. Entre los profesionales del medio, los Ondas gozan de aprecio: son Premios amables, no polémicos y se desarrollan desde hace años con un protocolo que te tiene entretenido durante unas horas llenas de reconocimiento. El Ayuntamiento barcelonés ofrece desde hace años una comida de recepción en el palacete Albéniz y también desde hace un tiempo se desarrolla la entrega en una gala muy completa en el Liceo barcelonés. La nueva estatuilla, por cierto, pesa un quintal, tanto que para la entrega simbólica en el escenario te dan uno de cartón piedra para que lo puedas alzar y mover sin tener que tomarlo con las dos manos y poner cara de estreñido.

Si a mí o a cualquiera de los conocedores del ceremonial del premio nos hubieran dicho que los Ondas iban a dejar, temporal o definitivamente, su Barcelona natal, habríamos pensado que una bomba nuclear ha borrado del mapa la Ciudad Condal y no han tenido más remedio que buscar otro lugar a mano para entregar los caballitos. Sin embargo, la inestabilidad del escenario catalán, el desbarajuste al que han sometido a Cataluña aquellos que irresponsablemente han arruinado la convivencia y han movilizado empresas a la fuga, todo junto y más, ha hecho que la SER, PRISA y tal y tal se lleven los Premios a Sevilla, escenario idóneo por su trascendencia radiofónica dentro de la cadena que alberga a la histórica emisora de la calle González Abreu. De todas las empresas que han abandonado Cataluña, sólo la que elabora medicamentos genéricos para la Junta de Andalucía se ha venido a Sevilla. La suma de los Ondas, a los que damos la bienvenida más calurosa, completa el número de dos. Al parecer, la entrega se realizará en Fibes el 12 de diciembre. Lo lamento y lo celebro. Lo lamento por la tradición de radio barcelonesa, en la que me formé como profesional, y lo celebro por la sevillana, en la que comencé y en la que continúo. Ignoro si es una raya en el agua o si llegan para quedarse, pero, sea lo que sea, que sepan que es un honor para la ciudad en la que grandes de la radio han dejado escritas y habladas horas y horas de prodigio recibir a premiados de la categoría de Isabel Gemio, Susanna Griso, Angels Barceló o mi admirado Josep Cuní, maestro de esta cosa del micrófono. Están, lo saben, en su casa. Por muchos años, si así lo desean.