Fletando El Pilar

Neutral corner

Una de las cosas que más me gustaron de nuestra última mudanza fue que por fin podría disponer de un pequeño habitáculo con vistas al parque en el que armarme un despacho. Los lectores veteranos de esta página saben cuán importante es esto para mí porque vengo de una situación en la que mi actual esposa llegó a sugerirme que si tan pedante y caprichoso iba a ponerme en cuanto a la soledad y el encuentro con las musas siempre podría instalarme un despacho en el trastero de la casa anterior. Me llevó a verlo y todo con una cinta métrica. Cabíamos el escritorio y yo, pero no al mismo tiempo. Por no hablar de que no me refiero a un trastero como metáfora: lo era de verdad, en el sótano, en un pasillo como de mazmorras, sin ventanas, con una bombilla colgada de un cable pelado.

A raíz de eso, comenzó un trasiego laboral por cafeterías de todo Madrid. Hasta que por fin tuve mi despacho en casa. De todos modos, sigo bajando a menudo a las cafeterías, más que nada porque los niños han aprendido técnicas de los GEO para el derribo de puertas y las musas me han comunicado que no entrarán en casa mientras ellos anden sueltos. La más quejosa es Calíope porque siempre la vacilan con que la corona que lleva de reina de las artes y la elocuencia en realidad es la del Burger King. Se me desquicia, la musa, y empieza a buscar tabaco por los cajones. Con todo, la posesión de un despacho, por más que me lo profanen con frecuencia, me ha hecho sentir menos desposeído que antes, más escritor con atrezo, con decorado propio. Más burgués y aposentado, ahora que el malditismo de espejos distorsionadores no me pega ni con la edad ni con la situación familiar.

Tanta ilusión me hizo el despacho que decidí decorarlo con pósteres y objetos que reflejaran mis gustos, mis pasiones, mi pequeño mundo interior. En realidad, para reflejar mi pequeño mundo interior basta con poner un calendario de Samantha Fox, pero me esforcé por pensar otras cosas para darme pisto e impresionar a las visitas. Debo confesar que me he pasado. De tanto meter prolongaciones de mí mismo, de tanto llenarlo con todo lo que podría considerarse la panoplia de mi existencia, ya sólo me falta tumbarme en el suelo con los brazos cruzados sobre el pecho. Porque me he diseñado sin querer mi propia tumba vikinga. Con meter la moto a modo de caballo y una stripper en el papel de esclava sacrificada ya estoy listo para que durante unas excavaciones arqueológicas de dentro de mil años me confundan con un caudillo guerrero que ríete tú de los de las máscaras micénicas.

El otro día estuve a punto de hacer una incorporación fetichista que, sin embargo, salió mal. Brujuleando por Amazon, encontré una réplica de El Pilar, el barco cubano de Hemingway que permanece expuesto en seco junto a Finca Vigía. Es, además del de las partidas de pesca, el barco de Islas en el golfo con el que, una vez artillado con una ametralladora, el escritor y su banda salían a completar aquellas expediciones borrachuzas y delirantes de caza de submarinos nazis. Se trataba de una maqueta italiana, pero en el detalle de la compra ponía «Construto», por lo que inferí que venía ya montado. Qué va. Ahora sé que, en italiano, ‘construto’ significa modelo para armar de una complejidad apabullante, jódete. Hasta aclaran cuántos vatios de potencia necesitaba el soplete adecuado para combar la madera. ¡Vatios!, a mí, que una vez descubrí por electrocución que hay que cortar la luz antes de tocar los cables para instalar un casquillo.

El Pilar permanece desguazado en mi despacho. Como un recordatorio de mi fracaso como hombre ducho en bricolaje, como armador de barcos y como idólatra de Hemingway. Dispongo de sólo mil años, hasta que los arqueólogos den con mi tumba, para acabarlo. Y no sé ni siquiera empezar porque lo más hábil que he logrado hacer con las manos es sacarle el envoltorio a un chupa-chups (mentira, lo saqué con la boca). ¿Hay algún hacedor de maquetas en la sala? Por favor, ayuda. Razón aquí.