Cuando la pureza se ensucia de realidad

Artículos de ocasión

Lo malo de las series es que están todas alargadas para llenar la vida de los espectadores. Las peores son las que más se prolongan. Siempre que me engancho a alguna calculo los capítulos de menos que podría tener y al final casi siempre la reduciría a tres horas o como mucho cuatro. Me gusta la medida de las películas. El otro día vi una serie documental que me interesó mucho. Las series documentales son documentales alargados en varios capítulos. En este caso eran sólo seis, pero, si hubieran sido tres, la serie sería perfecta. Se llama Wild wild country y cuenta la historia de un gurú de la India al que traen hacia 1980 a un pueblecito de Oregón sus fieles yanquis para montar una comuna de seres felices, entre amor libre, meditación y mucha albañilería. El suceso cobraba un interés desmesurado cuando la comuna, liderada por la indómita secretaria también india del gurú, desafiaba al condado y finalmente al Estado norteamericano. Cuando uno desafía al Estado, termina destruido. Te pasa incluso si te empeñas demasiado en protestar una multa. Acaba viniendo el Estado y te acusa de haber hecho un ventanuco ilegal, de no reciclar bien las basuras, de incumplir la escolarización de tus hijos, de ver pornografía infantil y de no respetar la linde de tu valla. Así que te destruyen la vida, aunque te hayan perdonado la multa inicial. Eso es un Estado.

Pero hubo un detalle de esta serie, altamente recomendable, aunque por desgracia sólo se puede ver en la por lo demás poco sugerente plataforma Netflix, que me obligó a reflexionar. En un momento dado, los dirigentes de la comuna happy deciden instalar junto con ellos a seis mil indigentes recogidos de las calles de Norteamérica y así ganar en votos el gobierno del condado. Con esa misma estrategia habían alcanzado la alcaldía de la pequeña ciudad de Oregón y hasta le habían cambiado el nombre por un impronunciable topónimo indio. Los sin techo son recibidos con todo el amor del mundo, les cortan el pelo, les arreglan las dentaduras y hasta les conceden dos cervezas al día. El problema es que el Estado les impide votar en las elecciones del condado y entonces los indigentes pasan a ser sólo una molestia. Algunos son violentos, varios están chalados y a los organizadores de la comuna feliz no se les ocurre nada mejor que drogarlos con calmantes e irlos largando por las calles de la zona como si fueran un lastre inservible.

Esa derrota moral de quienes pretenden hacer la caridad sin tener sentido de la medida me recordó a mi película favorita, Viridiana. Allí también la protagonista pretende sacar de la indigencia a un grupo variopinto de asociales, sin tener en cuenta que la justicia no tiene nada que ver con la caridad. Espoleado por el recuerdo volví a ver la película, siempre acompañado de menores de edad, que es como se disfrutan de verdad las películas buenas. Y he ahí que vuelve a parecerme una obra maestra, salvo los momentos subrayados de buñuelismo, que hoy me suenan a autoguiño, un poco forzados, pero que son el precio que hay que pagar por llegar a ser una marca artística. Lo sorprendente es que la película no ha perdido ni un miligramo de potencia y a quienes la descubrían ese día les produjo una honda impresión. La larga escena de la cena desoladora y anárquica, esa última cena brutal sin un gesto de honestidad ni bondad, esa secuencia que en 1961 provocó la censura vaticana y de la dictadura nacionalcatólica española, es hoy más vitriólica que cuando se rodó. La moral censora de nuestro tiempo ha aumentado y ya no es institucional, sino ciudadana; esto provoca que los clásicos del pasado que son transgresores de verdad vuelvan a disfrutarse con auténtica pasión. Qué gusto, qué disfrute poder ver un conjunto de escenas inadmisibles coronadas por un final donde la degradación y el placer se dan la mano. Es muy posible que el impulso censor que nos domina sufra igual derrota que las caridades mal entendidas que retratan ambas producciones y por la misma razón: la nula capacidad para entender la complejidad humana.