‘Despacito’ en el Gran Ducado

Palabrería

Trapicheo. El Gran Ducado, de pocos kilómetros cuadrados y desproporcionada renta per cápita, había sobrevivido en medio de Europa gracias a la habilidad de los grandes duques, estirpe de aristócratas-banqueros reconvertidos en políticos a medida que la democracia se imponía como tolerada manera de control. Abrazaron esa forma de gobierno prematuramente porque intuyeron que los legitimaba para el trapicheo: ofrecer cobijo a las fortunas y empresas en un territorio soberano. La democracia, una gran y preciosa tela de terciopelo negro para escamotear el abuso.

Guillotina. Que los celosos países de mayor tamaño metieran mano en sus asuntos secretos era algo que antes o después sucedería, amenaza que desempolvaban de vez en cuando en los despachos de las autoridades europeas, pero mientras bajaba la guillotina a un paso tan lento que jamás lograría cortar una cabeza, el Gran Duque, el título honorífico del presidente elegido por las urnas, y sus ministros ofrecían silencio y cajas fuertes.

Frontera. A los habitantes del ducado con pasaporte, una minoría de ricos atendidos por trabajadores de los países vecinos que cada día cruzaban la frontera de juguete, lo que legislara el Ejecutivo les importaba un bledo, siempre que no pusiera en peligro el chorro de dinero. Así, cuando por los altavoces repartidos por la ciudad-Estado sonó la canción Despacito, les hizo gracia, sonrisas que aumentaron con las repeticiones en aquella tarde de primavera que recordarían siempre.

Esmoquin. Por la noche, el Gran Duque, con el Toisón de Oro destellando sobre el esmoquin, vestuario reservado para los momentos decisivos, apareció en la tele pública para comunicar que habían decidido que la canción sería el himno de la patria, pues la marcha militar con la que se los reconocía no era adecuada para los tiempos en los que los movimientos de capitales demandaban paz. Después de consultar con reputados musicólogos, habían optado por Despacito, pues era una tonada alegre, pegadiza y popular, muy adecuada para sacarse de encima la fama de país aburrido, previsible y más serio que una operación cardiaca.

Bipartidismo. Coincidió el anuncio con la celebración del día de la patria, durante el que estrenaron el himno, cantado por un coro de notables, hombres y mujeres que se repartían el Gobierno y los consejos de administración. Unas pocas familias se alternaban en el poder con un bipartidismo de derechistas y liberales que eran la misma cosa. El Gran Duque lloraba por la dicha de escuchar la letra inmortal: Despacito / Quiero desnudarte a besos despacito / firmo en las paredes de tu laberinto. «Qué enigmáticos y bellos versos del gran poeta Fonsi», pensó. Una lágrima de oro rodó sobre el Toisón. Los policías municipales, pues el Gran Ducado no disponía de Ejército, desfilaron ante el coro con las porras en alto y las gorras de plato encajadas hasta las cejas sin dejarse llevar por la agitación general.

Trompeta. Llegado el verano, el Gran Ducado se llenó de turistas de un día. Los atraían los símbolos del gran poder: el castillo en la roca, la gran plaza rodeada de palacios, el laberinto de la ciudad medieval. En cada esquina, en cada rincón, en cada plazoleta, un solista, un cuarteto de jazz, un grupo balcánico, unos bailarines de hip hop, unos violinistas, unos raperos. Y cada uno con una versión de Despacito. Triunfaban los gitanos con su esplendor de trompetas. Moverse era escuchar lo mismo contado de manera diferente. Con el otoño se largaron los músicos, si bien verano tras verano regresaban con esa canción única, que los moradores del Gran Ducado ya no podían soportar. Era escuchar Despacito y querer invadir Bélgica.

Fastuoso. Años después falleció el Gran Duque responsable de que la melodía fuera la marcha nacional. Se le despidió con un funeral fastuoso, en el que una orquesta con músicos de los tres países que rodeaban el ducado tocó la canción de Luis Fonsi una y otra vez. Al cabo de unas semanas, el nuevo Gran Duque promulgó una ley que prohibía la reproducción del tema bajo pena de latigazos en la plaza. Se plantearon seriamente poner a punto la vieja horca.