El inodoro de cristal

Artículos de ocasión

Hace unos días traté de consolar a una joven actriz, frustrada porque una de las entrevistas que protagonizaba no resultaba de su agrado. Recordé los tiempos en que concedí mis primeras entrevistas y me di cuenta de que lo mejor era aprender a decir lo que quieres decir y cruzar los dedos porque la profesionalidad del periodista sirviera para comunicarlo y no tergiversarlo. Uno aprende a delimitar lo que quiere decir cuando descubre que una entrevista puede dar una idea global de tu persona y conviene ser preciso y eficaz en el retrato. Casi siempre una mala entrevista es culpa del entrevistado, que no ha sabido ofrecerse como pretende. Pero en el caso de la joven actriz lo que más le perturbaba es que la revista había utilizado frases suyas no entresacadas de la conversación con el periodista, sino de sus redes sociales. Una frase aquí, una declaración allá, una foto con alguien colgada en sus portales de exhibición particular. Ahí me temo que pecó de ingenua, porque la gente que dice entender mucho de nuevas tecnologías suele comportarse como un idiota cuando se expone de manera impúdica y luego pretende que nadie se haga eco de ello.

Ha pasado algo parecido con el relevo en los gobiernos de Madrid y Cataluña. Los elegidos para la presidencia eran dos desconocidos para el gran público. Así que los perfiles de prensa necesariamente escarbaron en sus redes sociales y encontraron unos cuantos mensajes de cuando no pensaban llegar tan lejos en la política. Craso error, porque en la política uno llega lejos no por méritos propios, sino por accidente, por incomparecencia del rival y por fracaso del socio. En sus frases entresacadas había de todo, insultos, groserías, desprecio a rivales. Lo normal en estos días cuando uno escarba en las redes sociales. Lo sorprendente es que esa exhibición sea voluntaria. Alcanza un grado de estupidez notable quien se explaya dialécticamente sin cuidado ni mesura y luego pretende disculparse sin reformar su pensamiento íntimo. Lo perdonamos porque en estos primeros 25 años de redes sociales la gente es como un bebé que no sabe usar la tecnología que tiene a mano, y nadie culpa a un niño por mordisquear unas llaves de coche o manchar de papilla el teléfono que le presta un adulto.

Las frases que se cuelgan en las redes tienden en demasiadas ocasiones a parecerse a las deposiciones que uno hace en su inodoro cada mañana. A nadie se le ocurriría hacer un reportaje sobre un nuevo cargo o una persona recién llegada a la fama y mostrar sus heces o su imagen sacándose mocos y orinando en una cuneta. Sin embargo, en eso es en lo que consiste mucho de lo activado en la Red, la caca mental puesta al fresco, a la vista de todos. En ocasiones incluso sorprende el grado de subconsciencia que la gente es capaz de expresar en público, sin darse cuenta de que las masas no son un psiquiatra discreto, sino un festivo rebaño que pondrá altavoz a sus rebuznos. Ya les pasa a muchos aspirantes a un empleo, que son rastreados en las redes por los responsables de recursos humanos de la empresa y allí pasa a tener tanto valor el máster que exhibe en el currículum como las vacaciones sudorosas en Ibiza o el jolgorio etílico en los encierros de su pueblo.

El mundo del espectáculo ha invadido todas las esferas de la vida, pero la más curiosa apropiación tiene que ver con la vida privada. A partir de la información de cotilleo del corazón, ya normalizada en toda la prensa seria, las redes sociales invitaron a las personas, sin distinción, a ser partícipes de este espectáculo, y todos se han entregado felices, como agentes de prensa de su carrera personal. Los dueños del negocio festejan que la gente permita exponer su vida privada a la vista de todos. Ya no es raro ver en reportajes todo un álbum de fotos familiares, de momentos íntimos, de posados entre amigos. La negación de la vida íntima es muy grave, porque en la intimidad se producen los sentimientos sinceros y la única verdad posible. Lo demás es exhibicionismo lleno de falsedad y cosmética emocional, esta es la ruina de nuestro tiempo.