Pelotas duras, pelotas blandas

Palabrería

Poliestireno. En vísperas del Mundial de Fútbol, hubo un gran número de reuniones en las sedes de las diferentes federaciones. La totalidad de los participantes en los encuentros furtivos compartían el rostro de Luna llena. Eran decenas y decenas de globos fabricados con variados materiales: de cuero e inexactamente redondos los más viejos, de poliestireno y de perfecta curvatura, los jóvenes. Cada cuatro años, se encontraban antes de comenzar la competición sin tomar ninguna medida que condicionara tan siquiera el partido inaugural. Los más saltarines y rebotones defendían la huelga, el no presentarse, al menos, a los partidos importantes, quedarse quietos, por ejemplo, ante equipos con gran poder simbólico como Brasil: «¡Quien quiera chutar que se compre una sandía!».

Higo. Los más mayores, con las costuras abiertas y la piel agrietada, eran partidarios del diálogo, probablemente porque hacía mucho que nadie los coceaba, aunque habían sufrido más que los modernos, a los que despreciaban por las coberturas sintéticas, lisas y sin costuras. Les parecían delicados y quejicas. Señoritos del césped malcriados por la última tecnología. No habían conocido a los veteranos cañoneros con pólvora y tacos en las botas, capaces de destriparlos de un bombazo. Conscientes de la mejora de la especie y de que a su lado eran higos secos, la tersura y gallardía los ponían nerviosos.

Balompié. En desacuerdo permanente, unos y otros, o unas y otras, pues no tenían sexo, dejaban pasar oportunidades y ventanas mediáticas para denunciar el maltrato que padecían desde la invención del balompié. Las trataban a patadas: era un comportamiento tan obvio que a nadie importaba. Ah, y los secuestros, cuando un jugador se la llevaba a casa sin permiso al terminar el encuentro, separándola para siempre de la familia, olvidada en un cuarto oscuro al lado de las camisetas usadas y los trofeos afeados por el paso del tiempo. Odiaban a Messi y a Ronaldo, que en su mundo no eran héroes, sino matones.

Manco. Durante años habían defendido a los porteros por su buena conducta, pues las cogían con las manos y ¡con guantes, qué delicadeza! Pero desde que algún entrenador probablemente manco decidió que los porteros también tenían que utilizar los pies, el sufrimiento dejó de tener tregua. En el mundo de las pelotas había dos corrientes: la de las duras y la de las blandas, y entre las segundas, las que pasaban de mano en mano y las que iban a puntadas. Las de balonmano y baloncesto eran insolidarias con la lucha de las de fútbol: su reino era el aire, aunque de vez en cuando también tocaban la pista. Las de golf, billar o bolos se consideraban indestructibles, capaces de hacer daño más que de ser dañadas. Las de waterpolo y voleibol playa siempre caían sobre blanduras. Las de tenis de mesa no acaban de comprometerse: la estructura rígida ayudaba a soportar el dolor. Solo las de béisbol, desplazadas a garrotazos, entendían la protesta y se adherían a cualquier acción que amortiguara los golpes. Intentaban que los bates fueran cubiertos con bayetas, con la contundente negativa de la liga profesional.

Zapatilla. Tras horas de brincos, rodaron hasta un acuerdo. Se declararon en huelga permanente. Comunicaron a la FIFA que no se presentarían a ningún partido a menos que sustituyeran las botas por zapatillas de andar por casa. O que jugaran descalzos para fortalecer los pies y el espíritu. ¿Acaso no se los consideraba guerreros o semidioses?

Chut. Por supuesto, el mundial se celebró. La FIFA encontró una solución atroz. ¿Una pelota acostumbrada a los golpes, a los malos tratos y que volara a gran velocidad tras un chut devastador? Encontraron la respuesta en el rugby. Fue el peor campeonato de la historia. Los balones de rugby se movían por los campos con trayectorias erráticas. No hubo manera de encadenar un pase eficaz ni de meter un gol hermoso.